Miguel Ángel Poveda León, badalonés de 45 años de edad, 30 años de trayectoria artística, deja de ser varias veces Poveda, el rayo que no cesa, durante las dos horas y media de fulgurante espectáculo. En este mezcla parte del repertorio de su anterior disco, Enlorquecido, con pinceladas de cante clásico y del reciente trabajo discográfico que ha publicado para celebrar sus tres décadas en la música, El tiempo pasa volando. El artista total, el showman, el divo, el cantaor más mediático que escuchó lo flamenco (a. R., antes de Rosalía) aparece por unos minutos despojado de artificio, de flashes, de efectos visuales, de poses, de ademanes histriónicos… y llora. Y es más Miguel y menos Poveda. Y susurra y se estremece. Y jadea y aparece humano, demasiado humano. Mucha verdad tras tanta velocidad propia de la época y tanto fuego artificial mainstream.

Otro momento del concierto en Villamarta. FOTO: Manu García.

Entonces todo queda como más quieto. Y camina con cautela Miguel por un precipicio del que parece que no saldrá indemne, del que parece que no va a llegar a las notas más altas de la guajira que entreteje colmado de gusto con Miguel El Londro. O en la seguiriya que dedica a su difunto padre y donde parece por momentos que caerá en la lona en una pelea titánica con el cante. Y ese sabor a sangre se agradece. Ese pellizco en el estómago de no saber cómo acabará aquello.

En este triple mortal, más de Miguel que de Poveda, más en la inconsciencia de los inicios que en el lógico encorsetamiento del consagrado, salta al proscenio desenchufado, solo con la guitarra de José Quevedo Bolita como sostén y parte en dos las tablas del Villamarta a pulmón: "Al alto cielo, le pido a mi Dios bendito, que me deje hablar con mi pare, que esto no lo aguanto". Y remata, con fatigas y quebrantos, evocando el macho del Tuerto de la Peña: "Soltaron los cabos del muelle del vapor y se han llevado a mi pare Francisco de mi corazón". Emoción en estado puro. El duende, si existe, debe ser eso.

Miguel Poveda, en el Villamarta, con Lorca a sus espaldas. FOTO: MANU GARCÍA

Poveda, artista de los pies a la cabeza, ya llevaba con el público en el bolsillo desde hacía hora y tres cuartos de función, con solo aparecer en las tablas del Villamarta (por tercera noche consecutiva), pero con ese clímax terminaba de apretujar el corazón de los que aún pudieran cuestionar su jondura. No hablemos de su derroche y generosidad, presentes desde el minuto uno. Un dejarse la piel y un compartir que probablemente hayan sido dos de las cualidades que lo han hecho tan grande y carismático en este ya largo caminar por el arte.

Se deja la piel, traspuesto como una médium, poniendo versos de Federico en su boca (No me encontraron, El silencio, Carta a Regino Sainz de la Maza, Romance del amor oscuro, Los cuatro muleros, Anda jaleo, Son de negros en Cuba…); se rasga el chalequillo y se despeina sudando, pero siempre con arte y gracia andaluza-catalana, tendiendo puentes eternos ("me dicen que me parezco a Rufián, ¿tú te crees?") por soleares y en los tangos de Pastora; se acuerda de Manuel Alejandro en una impresionante versión de Voy a perder la cabeza por tu amor y hasta de Los Chichos, "las canciones de mi infancia", para hacer una especie de medley revalorizando otra parte de la música española ensombrecida (o directamente sepultada) por los prejuicios.

Ya en la recta final, cede el protagonismo a su elenco (colosal toque de Jesús Guerrero; magistral, una vez más, Amargós) para presentar a todos músicos, uno por uno, por bulerías e invitarles a dar una pataíta; menciona y pide un aplauso para los técnicos del espectáculo; saca a un pequeño jerezano, Manuel Jiménez, que es capaz de poner bocabajo Villamarta bailando por bulerías; y echa el telón entonando Los caminos se hicieron, donde a pesar de tener algún problemilla con la letra del villancico, recibe la calurosa ayuda de un público rendido y entregado totalmente a la estrella Poveda. Eso sí, si hay que elegir, yo me quedo con Miguel. Ay, se preguntaba Federico, quién pudiera entender los manantiales, el secreto del agua recién nacida... el más difícil todavía.

'Enlorquecido'. Cante: Miguel Poveda. Guitarra: Jesús Guerrero. Piano y teclados: Joan Albert Amargós. Bajo eléctrico: José Manuel Posada 'Popo'. Batería: Manuel Reina. Percusión: Paco González. Coros y palmas: Diego Montoya, Carlos Grilo, Londro, Dani Bonilla. Lugar: Teatro Villamarta Fecha: Sábado 14 de diciembre. Aforo: Lleno.

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