Luisa Triana, la bailaora que pinta a la que amadrinó Argentinita y Buñuel puso a doblar películas

A sus 86 años, la artista sevillana Luisa Triana rememora para lavozdelsur.es una vida apasionante entre el exilio y el arte. "Acabar sudando y agotada me gustaba", recuerda tras pasar toda la vida sobre los escenarios

Valla anunciando la actuación de la compañia de Carmen Amaya con Antonio Triana, en Hollywood Bowl, años cuarenta del siglo pasado.. Actuaban dos días y Frank Sinatra solo uno.
Valla anunciando la actuación de la compañia de Carmen Amaya con Antonio Triana, en Hollywood Bowl, años cuarenta del siglo pasado.. Actuaban dos días y Frank Sinatra solo uno.

A Luisa García Garrido (Sevilla, 1932), Luisa Triana, le brillan los ojos. A sus 86 años, nada más abrir las puertas de su retiro jerezano —semanas antes de regresar a su exilio californiano—, apenas tarda unos instantes en desplegar entusiasmada una recopilación de álbumes con recortes y fotografías donde se sintetiza la memoria de toda una vida dedicada a su gran pasión, el baile flamenco. Un legado heredado de su padre, Antonio Triana, exiliado en 1938 y pareja artística de Carmen Amaya, Argentinita y Pilar López, y de su tío Manuel García Matos, pianista flamenco y compositor.

A escasos metros de ahí, entre mobiliario exótico y objetos de enorme valor sentimental, Luisa enseña su estudio de pintura, su otro gran amor. Muestra un lienzo con un retrato de un joven Israel Galván y exhibe otros cuadros repletos de bailaoras y alusiones flamencas. "Las horas que yo me he puesto con el baile, no se las echo a la pintura. Pero como yo conozco, he estudiado anatomía, y sé la colocación, entonces las cosas que pinto de baile tienen un mérito por estar bien colocadas". El resto de su memoria sentimental se reúne en una finca que compró y diseñó "a mi gusto" hace unos 15 o 16 años en el centro de Jerez, ciudad en la que asegura que tiene raíces familiares y donde dice sentirse "en paz" y "como en casa". Como en su amada Triana.

De gran belleza y sonrisa afable en su cuerpo enjuto de octogenaria, la bailaora y pintora que debutó en un escenario de Buenos Aires, el Teatro Odeón, con seis años y de la mano de La Argentinita, la misma que dobló muchas películas de la etapa hollywoodiense de Luis Buñuel —"a menudo venía a casa, era muy amigo de mi padre—, o la misma que obtuvo un puesto como titular de la primera cátedra de baile de Estados Unidos, en la Universidad de Nevada, rememora su vida a trompicones, con lucidez y precisión en muchos detalles pero dando saltos temporales. Narra cómo por las vicisitudes de la Guerra Civil su familia sale huyendo de España, y cómo se organizan rodeados de dificultades en el extranjero, primero en Francia, luego en Estados Unidos.

Después de vivir parte de su adolescencia en México, donde actuaba en salas de fiesta, Luisa retorna a Estados Unidos y forma su propia compañía. "A mí me gusta mucho montar, me encanta. Me gustaba hacer coreografías para otros y para mí". Inicia su carrera como bailaora y coreógrafa en 1956 en el Carnegie Hall de Nueva York. Monta obras como El amor brujo, La vida breve y el Concierto de Aranjuez, y es nombrada Artista del Año, siendo premiada con el Governor's Arts Award en 1986. Todo esto le ha valido para ser una de las personas que más ha contribuido en la difusión del arte jondo en Norteamérica.

"La trayectoria de mi compañía —narra— es limitada porque me caso, tengo un hijo y ya no puedo viajar. Entonces lo que hacía era ir a sitios que no estaban muy lejos. A Santa Bárbara iba todos los años porque tenían una semana entera española. Entonces iba yo al teatro Novero. Y también a Las Vegas porque pagaban muy bien". Interrumpe su relato para mostrar otra fotografía en sepia: "Esto es recién llegada la compañía de Carmen (Amaya). Aquí está Sabicas; mi padre; Leo —la hermana de Carmen—; Carmen; Antonia, la otra hermana; Lola Montes, que estaba en la compañía; el padre de Carmen; y mi tío Manuel García Matos. Mi tío es uno de los primeros que tocó flamenco a piano. Y por necesidad, porque es que había muy pocos guitarristas...".

O sea, tuvo una trayectoria larga, pero no salió mucho del entorno por la situación familiar.

Exacto, porque mi marido era americano y le gustaba el baile, le gustaba el flamenco, pero no podía participar. Él era ingeniero de sonido, estaba en otro mundo. Había otras bailaoras allí que se habían casado con americanos, que las apoyaban y viajaban juntos. Pero como él no podía dejar su trabajo... Iba a Santa Bárbara mucho, y también a San Diego que tenía una orquesta sinfónica, y daba muchas clases de baile también.

La Argentinita, Luisa triana niña y su padre, Antonio Triana, actuando en Buenos Aires, 1939.

Mucha formación...

Sí. Tenía muchísimas alumnas y además pagaban muy bien. Y eso me iba muy bien.

¿Como acogían los estadounidenses el flamenco?

Me llamaban, me llamaban. Se corría la voz de que estaba yo y me llamaban. Yo tenía una academia, pero solamente daba clases los miércoles por la noche y sábados por la mañana. Eso eran los días de clases y los demás estaba en mi casa.

¿Dónde estaban, dónde vivían?

En California, en Los Ángeles.

¿Y qué noticias le llegaban de España...?

Con mi madre siempre... De vez en cuando hacía un viaje... Tuve una gira que fui a Roma y el barco paró en Barcelona y vino mi madre, porque mi madre vivía en Barcelona con mi hermana, y la pude ver. Esto era antes y fue una cosa muy fuerte, hasta que pudo venir a México. Pero cuando yo estaba casada las giras eran alrededor de California todo lo posible.

Las comunicaciones, viajar, el contacto... la diferencia con lo que es ahora todo será increíble...

Mucho más lento. El teléfono estaba amarrado en la pared. Si querías hablar por teléfono ibas a la pared. Y hablaba con España... mi prima tenía una centralita en su casa y yo ahí llamaba mucho.

¿Y los viajes eran la mayoría en barco, en avión?

En barco. Yo hice tres viajes en el mismo barco. El avión fue después. El viaje eran dos semanas larguitas.

Era otra medida de tiempo de que la que tenemos ahora.

Y nadie se asustaba de eso. Pero los primeros tres días para mí siempre era acostumbrarme.

"Ahora lo que pasa, para mí, es que zapatean mejor, técnicamente, hay más técnica, pero la hacen tan rápido, que no hay musicalidad, no hay matiz"

Al final imagino que eso influye también, esa manera que tenemos hoy, esa velocidad, ese contacto tan inmediato, influye también en el baile. El baile tambien tiene otra manera, otro tempo...

Digo. Porque ahora lo que pasa, para mí, es que zapatean mejor, técnicamente, hay más técnica, pero la hacen tan rápido, que no hay musicalidad, no hay matiz. Carmen Amaya tenía, para aquellos tiempos, una técnica increíble. Comparada con la de hoy, no es tan difícil, pero le sacaba un partido... (comienza a hacer los movimientos y sonidos como de un zapateado...) Nosotros también lo hacíamos a nuestra forma. Yo, para que no hubiera una comparación, yo no citaba a la guitarra. Entonces seguía con la guitarra, y si hacía algo de silencio, breve, para que no fuera una copia. Pero ella fue lo que introdujo eso, a un nivel increíble. Y ahora lo que pasa es que tienen una técnica increíble pero hijo mío, no matizan. Es que no me entero. ¿Ahora qué? Hacen una letra y se ponen a zapatear. Y no se sabe la diferencia entre una soleá, un tanguillo, una guajira, unas alegrías..., todo es como si fueran alegrías. Bueno, ahora está cambiando un poco creo, pero hemos pasado una temporada... Yo digo: esta clase de flamenco no me interesa. A mí me gusta el “arte” y no pueden expresar arte porque están los pobres ahí amarrados, por mucho arte que tengan. Y aun así, es muy difícil lo que hacen, lo reconozco.

De todas maneras, ha habido muchos creadores y creadoras en estas últimas décadas que han hecho evolucionar mucho la danza flamenca ¿Ha seguido ese proceso evolutivo?

A medias. Es que he viajado mucho. Cuando digo he viajado, es que he vuelto a América. Y ahora es cuando me he quedado una temporada. Y ahora ya me voy. Es que ya los años, es que tengo 86 años.

Luisa Triana enseñando antiguos recortes de prensa y fotografías. FOTO: MANU GARCÍA.

¿Cuándo vuelve de Estados Unidos? ¿Cuándo regresa a España?

Hace diecinueve años. Pero regresé a Sevilla, porque ahí tengo familia. Pero como también tengo ascendencia jerezana, como ves, y mi tío me lo había dicho, y yo tenía una cosa...Y vine a Jerez. Y tuve la suerte de que esto era en los tiempos de pesetas, y entonces el dólar tiene mucho mérito. Entonces compré pisitos, unos apartamentitos en Sevilla y en Jerez. Y entonces he ido vendiendo los pisitos poco a poco, hasta que me quedaba nada más que Sevilla y Jerez. Sevilla se vendió hace poco, y este lo venderé, pero todavía no. Porque quiero hablar con mi hijo y no sé si él quiere la responsabilidad de tener un alquiler aquí o si prefiere que lo venda. Eso hay que hablarlo.

¿Su hijo está en Estados Unidos?

Sí. Él nació allí, se casó allí, Y tiene su vida hecha allí. Es ingeniero, está en un mundo técnico que le va muy bien. Le gusta el arte y el baile y esas cosas, para verlo. Pero tengo una de mis nietas que le gusta muchísimo el baile. Toda mi familia está en Estados Unidos. Aquí me quedan una prima y una sobrina, Ángela, que la quiero muchísimo. Pero están en Sevilla. Aquí en Jerez no tengo familia. Tengo, pero no lo se donde están ni como se llaman. Mi tío no pudo encontrarlos.

Luisa Triana bailando en su juventud.

¿Y qué significa Jerez para usted?

Arte, arte, arte y tranquilidad.Yo cuando me hartaba de cosas en Sevilla me venía aquí y fíjate la piscina, el piso este, y el flamenco que hay aquí es buenísimo. Tiene su propio “look”, su propio tono. Es buenísimo y aquí lo disfrutaba.

De lo que no hay duda es de que el flamenco ha sido su vida.

Para mí el arte... he tenido la suerte de poder combinar el baile y la pintura. Yo soy una bailaora que pinta. Yo no soy una pintora. Porque los que pintan... yo sé la diferencia. Las horas que yo me he puesto con el baile, no se las echo a la pintura. Pero como yo conozco, he estudiado anatomía, y sé la colocación, entonces las cosas que pinto de baile tienen un mérito por estar bien colocadas.

Nos enseña una obra suya dedicada a Israel Galán, uno de los enfants terrible de la danza flamenca contemporánea. ¿Qué le parece? ¿Ha visto algo de él, de lo último que hace?

Últimamente no. Yo lo recuerdo cuando era un niño. Y me gustaba tanto como era, que no he querido... las cosas que me han dicho, digo bueno...

Pero sí sabe toda la polémica que hay con las cosas que hace él...

Ya lo sé. Pero no he tenido la oportunidad, la verdad. Yo prefiero recordarlo como era.

¿Es de las que llaman puristas?

No. Totalmente purista no. El baile tiene que evolucionar. Igual me gustaría mucho. Pero algunas fotos que he visto. Digo... el flamenco no necesita tanto... Pero él, es su personalidad. El flamenco lo utiliza para ser él. No es lo mismo.

Lo que pasa es que ahora los circuitos y los productores piden como un extra al flamenco, que tenga hilo argumental, escenografía... Pero realmente el flamenco no necesita eso, ¿no?

Para mí no lo necesita, lo que tienes es que entregarte. Cuando se entrega el artista, ya está.

"A mí no me gusta explicar los cuadros. Me gusta insinuar. Si se ponen muchos detalles, parece que no tiene movimiento"

Aunque su vida artística ha vivido abrazada a la danza casi desde siempre, desde jovencita  mostró un gran interés por la pintura, rodeándose de grandes artistas y recibiendo clases de prestigiosos pintores como Will Foster, Nicolai Fechin y Carlos Ruano Llopis. La impronta imborrable de estos maestros se halla en su trabajo. Aparte de haber donado varias obras al Centro Andaluz de Documentación del Flamenco (CADF), sus obras han conformado exposiciones en París, Las Vegas, Sevilla y Singapur. En 1997, la Cátedra de Flamencología le concede el Premio Nacional de Artes Plásticas.

¿Ha llegado un momento en que la pintura le gustara más que el baile?

No. El baile es más físico. Acabar sudando y agotada me gusta. Me gustaba.

¿Y qué pintura busca?

A mí no me gusta explicar los cuadros. Me gusta insinuar. Si se ponen muchos detalles, parece que no tiene movimiento, la vida que a mí me gusta. Ahí es donde yo me siento a gusto, suelta. Me gusta mucho la madera. Me gusta mucho que resista. Yo preparo la madera. Si se pinta directamente, los colores, se chupan, pero no todos por igual. Entonces yo tengo que prepararla y luego la tiño para que se vea igual que estaba. Es una preparación bastante compleja.

La bailaora y pintora en su casa del centro de Jerez. FOTO: MANU GARCÍA.

Salimos de nuevo del estudio, tras contarnos cómo conoció a Camarón o cómo tuvo que dejar el baile por un problema en la rodilla. Volvemos a tomar posiciones ante sus recortes y recuerdos. Colocados cuidadosamente sobre una mesa mexicana que le acompaña allá donde va desde hace 50 años. A Luisa le brillan los ojos. Abre su iPad y enseña una galería virtual con muchos de sus cuadros. Y sonríe. Y baila con la mirada. Y vuelve a hablar de su gran pasión...

A las nuevas generaciones de bailaores y bailaoras, ¿qué les recomendaría?

Que busquen la musicalidad y que se fíen de lo que ellos sienten.  Se comparan demasiado “si él hizo esto, yo tengo que superarlo...” Déjalo que haga él lo que quiera. Yo soy yo, y yo me voy a expresar mi arte. Eso es lo que yo creo que los artistas tienen que hacer, porque cada uno tiene lo suyo. Unos más altos, unos más bajitos, lo que sea. Como una mujer bonita. Pero hay muchas, Si todas quieren ser iguales, no lo van a conseguir y además no tienen la personalidad.

Buscar la personalidad en definitiva.

La personalidad propia. Lo que ellos sienten al bailar el baile que sea. Y respetar los palos. Las alegrías tienen su estructura. Antes había una parte que se llamaba la castellana, eso desapareció. Es un paso que se iba de lado a lado, y Carmen Amaya lo hacía. No hay que quitar y cambiar la estructura. Carmen lo hacía y lo hacía muy rápido. Ahora, Rosario lo hacía super lento. No tiene que cambiar el baile. Empezaron a quitarle cosas, y ya una alegría es una letra y se ponen a zapatear, muy rápido, y sin musicalidad. Yo digo, busca la musicalidad propia y ten fe en tu arte. Entonces tu personalidad domina el baile y no se va a parecer a la misma coreografía de otra persona. Cuando yo tenía compañía  y quería que cinco o seis mujeres todas estuvieran igual, es difícilísimo. Entonces, no hay que preocuparse de que el baile sea igual que el del otro. Eso sí, dos cosas: respetar la estructura y tener fe en uno mismo, y en su propio arte para influenciar la presentación.

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