Julian Barnes ha dicho que se va, que con ochenta tacos cuelga (en su caso) la máquina de escribir eléctrica, que la que acaba de sacar va a ser su última novela. Lo de Barnes, para mucha gente, va a ser algo así como generacional. Muchos lectores que andan en los 60 años y que comenzaron a leer en los 80 (se entiende) se han lanzado a una especie de carrera por ser los primeros en tener y terminar Despedidas. Ahí dice que se va. Tiene un cáncer raro, tratable pero incurable: "no es más que el universo realizando su cometido", dice con fino sentido del humor al respecto, todo en la propia novela. Este cronista, to be honest, debe decir que todavía no la ha acabado, pero que le quemaba este artículo. Barnes es uno de los escritores de aquello que se dio en llamar grupo Granta en el Reino Unido, tomando el nombre de una revista literaria. En ese grupo estaban Martin Amis, Ian McEwan, Kazuo Ishiguro (Premio Nobel) y el propio Barnes, y es opinable la inclusión, o no, de otros escritores de la época como Salman Rushdie, William Boyd, Graham Swift o Jonathan Coe.
En España se puede decir, sin lugar a dudas, que los cuatro primeros, tal vez los canónicos del grupo, ya decimos, fueron también parte fundamental del éxito de Anagrama, con el firme apoyo desde el otro lado del Atlántico de los desaparecidos Charles Bukowski y Paul Auster; todos ellos y la inolvidable La conjura de los necios (Kennedy Toole) crearon el armazón de lo que fue aquella editorial en los 80 y los 90, la favorita, sin duda, de los moelnos de la época, bajo el firme timón de Jorge Herralde. Por eso decimos que para los lectores que estamos entre 55 y 65 se trata de un tema generacional: nadie lee de joven a su generación –es imposible, no está publicando– y cuando coge el vicio suele ser siguiendo a la anterior: pues de eso hablamos.
Pero volvamos a Barnes. Allá va una broma. Se puede decir, de entrada, que los lectores de Julian Barnes se dividen en dos: los que piden su obra pronunciando su nombre en un inglés aceptable, lo que vendría a ser algo así (en plan fonético): "¿señor librero, tiene lo último de Yulian Baarns?" o los que, de siempre, no sabemos si por haber ido a colegio público o simplemente por reduccionismo, preferimos pedirlo en un aceptable español, que vendría a ser: "¿señor librero, tiene lo último de Julián (repárese en el acento) Barnes?"... y todo el mundo tan feliz.
Para este cronista, sus obras preferidas de Barnes son, tal vez, El loro de Flaubert; Hablando del asunto; Inglaterra, Inglaterra; Amor, etcétera o El sentido de un final (a falta de ver qué hacemos con Despedidas). Su tercera novela, El loro de Flaubert (1984, varios premios, entre ellos el francés Medicis), es probablemente la mejor, porque es brillante y contiene todos los elementos de lo que será más adelante su narrativa, con ese punto de ensayo en el que revela su amor por Francia. Aunque si lo piensas mejor, es difícil profundizar en el menage à trois de la manera que lo hace Barnes en Hablando del asunto (no hace falta que les diga cual es el asunto), una novela de 1991, con unos personajes que volverán años después en Amor, etcétera (2000), en una novela que se puede leer perfectamente de manera independiente y que, aunque habla de qué ha sido esos personajes casi una década después, lo cierto es que el tono es muy distinto: en realidad, por eso, para los neófitos, es interesante leer las dos novelas de continuo, es una década transcurrida en la manera de escribir del autor, que se nota, y como son los personajes, cómo consigue Barnes que cambien por ser una década más mayores y también por vivir una década después.
Barnes es probablemente el más 'british' de toda esta generación. Siempre elegante, siempre escribiendo de la clase media... tan Oxford, aunque fuera con beca (vaya, que no era de familia rica) y tampoco tenga especial buen recuerdo de su paso por una universidad tan prestigiosa...
Este cronista debe decir ya que siempre ha sido más de Martin Amis que de Julian Barnes, pero son gustos, no imposiciones (ya saben que al final, el Nobel 'grupal' se lo llevó, de manera un tanto sorprendente, Ishiguro). Se da el caso de que Pat Kavanagh, esposa de Barnes, fue la agente literaria de Amis durante 22 años y ellos dos eran muy amigos. No sabemos bien qué pasó ahí –Barnes cuenta algo, que es la mejor manera de guardarse el resto– pero el caso es que la amistad saltó por los aires y Pat (debe molar llarmase Pat, nombre unisex e incluso unigénero) dejó de ser la representante de Amis, que no era ninguna tontería. En realidad, no es lo que están pensando (o no exactamente): Pat había decidido por entonces ver más de cerca qué proponen la L y la B del colectivo LGTBIQ+... y el resto ya es historia.
Pero vamos acabando. Pasada la mitad de Despedidas debo decirles que me está gustando, que no es una novela fácil, que tiene mucho de las tripas de lo que es la propia creación literaria y está narrada con ese sentido del humor desapegado tan británico. Eso sí, si no han leído antes nada de Barnes, cojan alguna de las novelas en que hemos insistido, es lo mejor para saber qué es exactamente Despedidas y como el amor, el tiempo, la memoria y la muerte –vaya, algunos de los grandes temas de la humanidad, fútbol aparte... que estamos hablando de ingleses–, cobran todo el significado en esta obra de despedida desde el título hasta la última letra...
