efemera
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Contemplen la obra El Partenón de los libros prohibidos, en Documenta 14. Leer contra el fanatismo, leer contra la irracionalidad, leer contra los prejuicios, leer contra uno mismo si es necesario. Leer porque sí, para demostrar que hay infinitos mundos, para mantener una mirada escéptica, condición necesaria de la tolerancia. En momentos de incertidumbre política, radicalismos intolerantes y líderes descerebrados, la lectura es un refugio nuclear.

Un libro en el que se subaste un diente de Enrique Vila-Matas, entre otras dentaduras célebres, no puede ser un libro cualquiera. La historia de mis dientes, de Valeria Luiselli (Editorial Sexto Piso, 2017), es una novela breve, pero de una intensidad creativa fuera de lo común. Es lo primero que leo de esta autora mexicana, y creo que no va ser lo último. Ha escrito ya varios libros de ensayo y ficción. El mismo día que me encontré con Valeria Luiselli también conocí a Antonio Ortuño, otro autor de México que no había leído. Por su puesto hablo de un encuentro en papel, no en carne y hueso, ni digital… Antonio Ortuño es el ganador del V Premio Ribera del Duero, de cuyo jurado formaron parte Sara Mesa, Juan Bonilla y Almudena Grandes. La vaga ambición (Páginas de Espuma, 2017) es un conjunto de relatos interconectados, con la escritura y la vida del propio autor como protagonistas, más o menos.

Que uno descubra tarde alguna obra considerada ya un clásico de la literatura no es malo, mientras se descubra. Aquí aciertan las nuevas editoriales, porque reeditan obras de excelente calidad olvidadas por los grandes grupos. Es un rescate que suele dar buenos frutos económicos y literarios, al menos para salir adelante. La editorial La navaja suiza ha publicado En el corazón del corazón del país, de William H. Gass (Fargo, 1924), traducido por Rebeca García Nieto. El libro es de 1968. Contiene dos novelas cortas y tres relatos. Heredero de la prosa de Faullkner, la obra es considerada ya un clásico de la literatura estadounidense.

Si alguno de ustedes ha leído La vida en el laboratorio. La construcción de los hechos científicos de Bruno Latour y Steve Woolgar (Alianza Universidad, 1995), recordará que esa descripción antropológica de lo que ocurre en un laboratorio cambió por completo su concepción de la ciencia. La editorial Arpa acaba de publicar Lecciones de sociología de las ciencias, de Bruno Latour. Los ensayos recogidos en este volumen son una excelente introducción a la sociología de la ciencia de tipo constructivista. El libro tiene tres partes. La primera está dedicada a la sociología de la técnica. Los objetos son mucho más que instrumentos funcionales. Llevan inscritas normas morales. Como las personas somos débiles y nos cuesta mucho seguir las normas, ciertos objetos técnicos nos obligan a cumplirlas. Analiza casos como el del cinturón de seguridad, la llave de Berlín o los pesados llaveros de los hoteles. La segunda parte estudia cómo se lleva a cabo el trabajo científico.

La ciencia es una red de inscripciones que circulan mediante traducciones y negociaciones. Nos explica cómo se construye un artículo científico, en qué consiste hoy la carrera de un científico, y cómo se construye el concepto de dinosaurio. La última parte recoge reflexiones sobre el papel de las imágenes en las prácticas científicas. Bruno Latour conoce muy bien cómo funcionan los laboratorios actuales. Pero hay prácticas científicas que ocurren fuera de ellos. En uno de los artículos nos describe el trabajo de varios investigadores sobre los suelos de Boa Vista, en la Amazonia. Refleja muy bien qué papel tienen las inscripciones, las muestras, los gráficos, los instrumentos… Hay una red, un alineamiento reversible, que va del suelo del bosque al artículo. Las viejas categorías dualistas dejan de tener sentido cuando se hace un seguimiento de esas inscripciones. No hay un mundo real por un lado y el lenguaje por otro. Existe un continuo, un conjunto de desplazamientos sin bordes.

La labor de las editoriales pequeñas es un elemento esencial del tejido cultural de nuestro entorno cercano. Detrás del logotipo hay personas que dedican todas sus energías a la tarea de promover la creatividad y construir nuevos espacios de diálogo. A esa labor se dedican Rosario Troncoso y Carmen Sotillo. Su editorial, Takara, tiene ya varias colecciones en marcha, como Wasabi y Helena. Hoy les hablaré de Wasabi, y más adelante de Helena y de la revista el Ático de los Gatos, que ya va por el número 7.

La colección Wasabi consta hasta el momento de cinco títulos. En ediciones limitadas, y estéticamente bien presentadas, Wasabi nos invita a degustar aforismos, poemas y microrrelatos. Se trata de tres géneros en auge. No sabemos si influidos por las redes sociales y blogs, por el desgaste de la novela o por el modo de vida posmoderno, los escritores y las editoriales han dado un buen empujón al formato corto. El editor sabe que se la juega. Cuanto más breve es un texto, más belleza condensada exigimos, más profundidad, más precisión, más densidad poética… Porque el lector va a rumiarlo sin piedad.

En Efémera, primer título de la colección Wasabi, José Manuel Benítez Ariza nos muestra una selección de aforismos y pensamientos. “La brevedad no es tanto un requisito como un hallazgo”, comenta el autor en el prólogo. Y es que estos textos no fueron pensados como aforismos, sino que son el destilado de ese diario íntimo, Columna de humo, que José Manuel mantenía en la red. “Hace años era uno de los últimos en abandonar cualquier fiesta; ahora soy de los primeros. En eso me parezco al pescador que ya ha aprendido que, si los peces no pican en la primera hora, no merece la pena pasarse toda la noche con el aparejo tendido, para volver de vacío”.

Artilugios, de Javier Sánchez Menéndez, reúne también aforismos, breves e incisivos unos, y más largos, próximos a la prosa poética, otros, como los incluidos en el capítulo “Instrucciones para vivir en otro planeta”. Un ejemplo de los primeros: “Los políticos ni construyen ni crean, ellos se limitan a interpretar el vicio”. Y de los segundos: “Prepare su maleta e incluya en ella todo cuanto no utilice en este mundo. Puede que en otro planeta los juicios de valor sean tan solo instintos”.

En cuanto a la poesía, la colección Wasabi nos ofrece antologías de Rosario Troncoso y José Luis Morante. Eternidad provisional reúne poemas seleccionados por Paco González Fuentes. Los escritos abarcan el periodo 2005-2015. Incluye también algunos ejemplos de su prosa poética, extraídos de su blog. Paco González nos dice en el prólogo que los lugares de la poesía de Rosario Troncoso son el mundo y la interioridad, y que “surge de un saber nacido de la tiniebla –de un recóndito lugar sagrado– y de la luz; su fuego tiene una llama doble”. Los primeros versos de Mi teología lo reflejan muy bien: “Mi teología es cada huella / de tus zapatos, / y en mi retina guardo / tu existencia entera”. José Luis Morante, en Pulsaciones, recoge poemas escritos entre 1990 y 2016. Según Rosario Troncoso “el poeta entrega su poesía más viva, el latido constante de su trayectoria poética, y se impone la reflexión, a modo de viaje interior hacia la más pura emoción, siempre contenida y hecha literatura”. Son poemas atravesados por la conciencia de finitud, de identidad y alteridad: “No sé nada de ti, pero me absorbe / este juego inocente de modelar tu ser”.

Los Microrrelatos domésticos de Elías Moro juegan con la perspectiva, con ese giro que nos obliga a contemplar el mundo desde otra posición. Porque, aunque muchos ni lo sospechen, lo que significan las cosas procede, en su mayor parte, de ese punto de vista necesariamente asumido. Los relatos se van desplazando desde las sorprendentes miradas de los objetos cotidianos hacia los momentos trágicos, cómicos o irónicos de nuestras existencias. El relato titulado De lo que piensan las cosas dice: “Estoy harta de tanta muerte inútil, esta es una guerra perdida de antemano”, se dijo la paleta matamoscas antes de arrojarse al fuego desde el borde de la repisa.

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