La sede del Ateneo de Jerez acogió este pasado martes la presentación de Maletas de Cartón. Memoria y relatos de emigrantes de Bedmar en Cataluña (1960-1973). Tras las palabras introductorias de María Gutiérrez, vicepresidenta del Ateneo, Francisco Morales, director de Ceain (ONG dedicada a la inmigración), dialogó con Teresa Fuentes, la autora de la publicación. Antes de comenzar la conversación, Fuentes nos proyectó un vídeo con una síntesis del contenido: “Estamos ante un libro que aborda, desde las propias vivencias de sus protagonistas, una historia silenciada, la historia de la emigración de andaluces a Cataluña durante la década de los años sesenta y parte de los setenta.  Más de cuarenta personas de un pueblo de la provincia de Jaén (Bedmar) han puesto palabras a esa experiencia de la que tan poco se ha escrito. Para ello nos acercan a las condiciones de vida en origen que explican muy bien por qué tantas familias decidieron coger sus maletas y embarcarse en una aventura migratoria que cambió sus vidas para siempre. La ciudad y el campo, dos mundos absolutamente diferentes, una adaptación difícil y distinta para cada cual, según la edad, la formación y las motivaciones personales y familiares.  Después de casi cincuenta años, pueden volver la vista atrás y valorar qué ganaron y qué perdieron en todo ese trascendental proceso vital”.

Uno de los objetivos de Ceain es recuperar nuestra memoria histórica. Porque parece que la emigración es algo que sólo les ocurre a los otros, explicó Francisco Morales. “La emigración es algo que nos ha pasado a nosotros y no hace mucho tiempo. En una sociedad donde la memoria es tan frágil, este libro tiene mucho sentido”. Es fácil encontrar estadísticas, estudios económicos…, sin embargo no encontramos la voz de sus protagonistas. No es fácil conocer esas historias de vida donde queda reflejada la mirada subjetiva de las personas que tuvieron que abandonar su tierra para ganarse la vida. Y “eso es precisamente lo que hace Teresa en este libro”, remarcó Francisco Morales.

Teresa Fuentes es una de esas personas que tuvo que salir de Bedmar. Tenía 15 años cuando marchó a trabajar a Barcelona. Es Licenciada en Historia Contemporánea. Ha trabajado como profesora de Trabajo Social en la Universidad Ramón Llull de Barcelona. Francisco Morales destacó el hecho de que Teresa entrara antes en el mundo del trabajo que en el mundo de la universidad. Su objetivo siempre fue poder tener estudios superiores. La curiosidad de Teresa es infinita, lo que le llevó a formarse en diferentes disciplinas: filosofía, antropología, ética… Esa curiosidad le conduce a esta investigación: conocer el fenómeno de la emigración a través de las historias de vida. Ya ha publicado anteriormente otros dos libros basados en esa metodología: Al hilo de la conversación. Voz, memoria y vida cotidiana de las mujeres del campo (2008) y El vuelo de la memoria (2016). En estos libros se recoge la voz de los protagonistas, su experiencia subjetiva. Es una metodología cualitativa, no cuantitativa.

No parte de datos estadísticos, sino de varios relatos personales. Desde que entró en la universidad, en antropología, Teresa fue tomando conciencia de lo que significaba ser emigrante. Se dio cuenta de que había interiorizado una imagen distorsionada de la realidad: “Ser una persona del campo significaba ser lo más bajo. Me di cuenta de que esa imagen me la habían transmitido en mi pueblo, donde había una estructura de clases muy desigual. Entonces me di cuenta de que lo que había vivido merecía la pena. Y comencé a realizar cada año de la carrera trabajos de investigación con entrevistas a personas emigrantes.” Nos contó que en el último año realizó una historia de vida de su madre. Así pues, ese interés por la emigración viene de lejos, de su propia experiencia vital. Ahora, cuando ha tenido más tiempo libre, ha visto que era el momento de escribir un libro.

Francisco Morales le preguntó sobre la objetividad y la subjetividad en este trabajo, donde ella misma es una de las emigrantes… Teresa nos explicó que hoy todo el mundo reconoce que cualquier indagación documental implica una selección subjetiva que parte de los intereses del investigador. Del mismo modo, en las entrevistas que ella realiza, los que hablan cuentan su experiencia, desde su memoria personal, siempre selectiva, interesada. “Lo importante ahí es la vivencia, lo que ellos explican”. A Teresa le ha llamado la atención que “los entrevistados a veces no han elaborado su propia historia, carecen de conciencia de lo que les ha ocurrido… Tenían más conciencia del origen, de la salida, que de los años en Cataluña, de la integración”.

En Bedmar casi todos vivían en los límites de la subsistencia. Se comía con lo que daba el campo, y tenían lo justo para sobrevivir, pero no había posibilidad de progresar, de dar unos estudios a los hijos. La mayoría de los entrevistados se encontraba en esa situación económica, por eso emigraron. Las madres no se contentaban con tener para comer. Querían un futuro para sus hijos. Salieron hacia Cataluña con los estudios básicos, con lo aprendido en la escuela unitaria. Para gran parte de los entrevistados aquella escuela fue un horror. Sin embargo, para Teresa fue algo muy positivo: aprendió mucho. Recuerda con enorme cariño a las maestras que tuvo. Además, con esos conocimientos luego pudo prepararse para entrar en la universidad, ya que no pudo ir al instituto.

El libro habla de las “redes de paisanaje”. Los emigrantes se ayudan unos a otros para encontrar trabajo, vivienda o cualquier trámite administrativo. En el libro se habla mucho de la vivienda. Teresa vivió en un piso por el que fueron pasando varias familias del pueblo. En cada habitación vivían cinco personas. Llegaron a vivir 25 con una cocina, una baño… En dos o tres años casi todos habían ahorrado lo suficiente para comprar su propio piso, a fuerza de echar horas… En Maletas de cartón también se habla del choque entre la vida del campo y la vida de la ciudad: ese fue el verdadero trauma, no el hablar o no catalán. “Venir del pueblo suponía venir de la pobreza, donde no había ni agua corriente”. En los años 60 al llegar a la ciudad, a Barcelona, tuvieron que aprender hasta a usar la vajilla… Era un aprendizaje constante. Fue muy duro. “Te sentías inferior al resto de la gente”, nos explicó Teresa, emocionada al recordarlo. Hubo emigrantes que sólo se relacionaban entre ellos, gente que únicamente se movió en el ámbito familiar que procedía del pueblo. Para ellos ese choque no existió. En el diálogo se habló de la integración en la cultura catalana y de las diferencias generacionales en ese proceso. Muchos de los que llegaron a Barcelona nunca aprendieron catalán ni asimilaron las costumbres. Los peligros de la vida moderna en la ciudad asustaron a las familias con hijas jóvenes… Los hijos y los nietos se han integrado con toda normalidad en la sociedad catalana, en su cultura, disfrutando de las mismas oportunidades que el resto de los ciudadanos. Por último, Maletas de cartón aborda el retorno al pueblo. La mayoría ha hecho en Cataluña su vida. Están ya instalados. Casi nadie se plantea volver. “Cuando vuelves, ni eres tú la misma ni el pueblo es el mismo”.

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