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'Habitantes del estante' revisa la obra de Mark Twain, para muchos considerada la gran novela americana.

Esta maravillosa historia forma un sistema binario junto con su hermana Las aventuras de Tom Sawyer. No obstante, pese a que su protagonista hace acto de presencia aquí también, pueden disfrutarse por separado y, si os soy sincero, no me embarqué en las andanzas de Tom. Sí lo hice a bordo de la balsa y de la canoa de Huck, quien baja el gran río, la vena que da la vida al centro de América, el Misisipi —recordad que en castellano podemos escribirlo sin tanta ese ni tanta pe— junto con el negro Jim, que huye de un futuro incierto y horrible hacia uno igual en potencia, pero que al menos tratará de encauzar.

Corrían mediados del siglo XIX y era una mala época para ser negro, como se constata, a veces con horror, pero siempre con ese tono despreocupado que deja Twain en su manuscrito. Y es que Huckleberry Finn está sembrado de atrocidades, es un campo de minas, pero sus protagonistas lo recorren con una ilusión, una entereza y un disfrute por las cosas pequeñas que de verdad nos hacen suspirar de felicidad. Twain fue un humorista, y talento no le faltaba. He disfrutado el libro como un niño pequeño y tiene en verdad partes desternillantes, que te plantan delante todo lo absurdo que puebla el mundo, todo eso que las personas se toman tan al pie de la letra y que gracias al autor ves desde fuera, con la sencillez con que merece ser contemplado de vez en cuando.

La narración es brillante, ligera, todo un compendio trepidante de aventuras. Huck se va para buscar una vida más desorganizada que la que le proporciona su madre adoptiva y, a la vez, para salvar su pellejo del caos absoluto —que hasta para él es excesivo, y que representa su padre—. Como él mismo piensa de sí, está hecho para la mentira y lo salvaje, tal vez por herencia. ¿Qué se puede esperar de un protagonista así? Pues mucha más nobleza de la prevista pero, ante todo, cualquier cosa imaginable. Y eso es lo que hace esta lectura entrañable e irrepetible. Tan pronto asistimos a la colisión de la balsa con uno de los enormes vapores que cruzan el río y la tragedia que desencadena, como somos público de burdas representaciones del teatro shakespeariano o encendemos la mecha de un ajuste de cuentas entre familias sureñas. No falta una hilarante puesta patas arriba de la cultura universal en este libro. Twain no solo sabe contar historias y clavarte personajes en el corazón después de dos míseros párrafos. Twain sabe del mundo en el que vive y también de lo que sucedió antes de que él llegase, casi de la mano del cometa Halley, e iluminase la literatura tanto como el astro los cielos. Dicen que se fue justo para cuando el Halley volvió a surcar el firmamento. Todo un épico ciclo de vida solo a la altura de grandes como él.

Si me tengo que dejar la voz o, más bien, los dedos diciendo que leáis el libro, lo hago. Leedlo. Es de lo mejor que vais a encontrar y muchos lo consideran la gran novela americana. Se lee bien con quince y con ochenta. Dejando a un lado pomposas etiquetas, pocas veces se ríe uno con tantas ganas como con la pasión loca que ponen tanto los villanos como los héroes de esta historia y con la poca vergüenza que tienen para lo bueno y lo malo. Pocas veces se le encoge a uno el pecho tanto como con las tempestades climáticas y sociales que deben superar, y con los afectos que profesa Huck a quienes le inspiran, así como con la maduración que experimenta en el viaje. Bajad el río con Huck y el negro Jim. Disfrutad y sufrid en el cogollo de América en tiempos convulsos.

"La conciencia ocupa más sitio que todo el resto de las entrañas de uno, y además no vale para nada".

"Sí, y yo soy rico ahora, si lo miras bien. Yo me pertenezco a mí mismo, y valgo ochocientos dólares. Me gustaría tener ese dinero; no querría tener más".

"Tenemos que inventar todas las dificultades".

"Me costó quince minutos de lucha conmigo antes de poder ir a humillarme ante un negro; pero lo hice, y nunca me he arrepentido de ello".

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