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No recuerdo haber visto muchas veces el perfil de un cantaor en pleno recital. Retorciéndose, rebuscándose. Normalmente la posición en el patio de butacas de un teatro o la visión en una peña es frontal o escorada como mucho. Esta vez, en un rinconcito a la salida del camerino de la peña de La Bulería, en la orilla derecha del tablao de la calle Empedrada, prácticamente no vi a Jesús Méndez. Más cerca que nunca del artista en directo, apenas podía observar boquiabierto su impresionante chorro de voz de tenor gitano. Cómo expandió la garganta como si ya no estuviera allí, dejando únicamente en el escenario el eco de una voz como salida de las cavernas. Con una botellita de agua y sudando bajo los focos, demostró un grado de madurez cantaora superlativo para quien apenas ha sobrepasado los 30 tacos.

Si el niño del Caca –vaya cómo le jaleó su fan número 1 desde el público- hubiese elegido ser futbolista probablemente jugaría en la elite y sería una mezcla de Messi y Cristiano. Hábil con ambas piernas, elegante en la finta, casi imparable de cara a puerta. El mismo desborde de ambos, combinando la sensibilidad y el trato exquisito de balón del primero con la potencia y la fuerza descomunal del segundo. Sustituya balón por voz y garganta, y llegará a la conclusión de que es difícil hallar mejor ejemplo de este compendio cantaor en el concierto flamenco actual. Desde luego, difícil encontrar alguien tan esencial, tan clásico en las formas, y tan emocionante y fresco en su queja.

El artista empieza con una toná de Triana que romancea, el estilo en el que su quejío seco despojado de todo acompañamiento más te impacta. Sube los decibelios pero es capaz de modularse para no hacer que la potencia se lleve por delante el recogimiento necesario. Sigue por alegrías. Lo de Manuel Valencia ya es de otra galaxia. El crecimiento de este guitarrista jerezano, amamantado por las enseñanzas sabias de Balao y Gerardo, es exponencial. Inventa lo que quiere con su guitarra y se entiende con Jesús con solo mirarlo. Son muchos años compartiendo tablas y hablan exactamente el mismo idioma. Los cantes de Levante, los verdiales y el corrido mairenero del Conde niño exponen de nuevo una garganta de gigante capaz de acariciar y susurrar al oído. Jesús no permite que su vozarrón le reste un ápice de sensibilidad al recital. Sería fácil sucumbir a su poderío, a su dominio de la técnica reforzado por su fuerza, y dejar atrás el pellizco. Pero Jesús no da espacio para la duda. Todo lo hace bien hasta cosechar algo tan complejo como la emoción.

Dice su padre que eso de los tientos no le va, pero se lanza. “Te lo dije”, le espolea con no poca retranca. Y remata por tangos con aires de Tomasa Pavón. Estamos ya la segunda parte del recital. Por seguiriyas, pleno de afinación, sintetiza todas las sensaciones antes descritas: la potencia sin control no sirve de nada, que decía el anuncio de aquella marca de neumáticos. Se exprime como si nada, se rompe pero no chilla. Se escuda en la Niña de los Peines. La horita llegó. Espera con calma a Valencia para que sus falsetas emocionen por sí mismas. Hace unos fandangos y cierra, como está mandado, por bulerías. Es tan fuerte la sacudida del principio y de la seguiriya que uno ya no está para estos trotes. Pero él se entrega y hace vibrar a quienes le pueden seguir. Pocas veces he visto un recital de perfil. Menos veces aún he visto a un cantaor tan completo, efectivo y punzante como Jesús Méndez. A diferencia de Messi y Cristiano, su talento mejora cuantos más años cumple. Por suerte para todos.

Mientras escribía estas líneas, crecía tristemente el número de fallecidos por la masacre de París. Solo el arte y la poesía podrán llegar a salvarnos. Libertad, Igualdad y Fraternidad.

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