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“Qué terrible es vivir una vida de fidelidad y esperar el regreso de aquello que no ha de volver”. Compay segundo.

El Jinete Verde nos propuso de nuevo sumergirnos en la intimidad de una pareja, esta vez una pareja compartida. Cerrando la temporada de verano, tuvo lugar a lo largo de tres fines de semanas la representación de la obra Los amantes, una adaptación de César Deneken de la obra de Harold Pinter El amante.

Todo lo que era desgarro en Mi vida sin mí en Los amantes es seducción y juego. Aunque a priori ambas obras estén alejadas entre sí, las dos reflejan un mal de la sociedad moderna, el insoportable peso de la rutina y la incomunicación. Así lo expresaba Harold Pinter: “Yo creo que más que una incapacidad de comunicación se trata en rigor de una deliberada evasión de comunicación. La comunicación en sí entre dos personas amedrenta de tal manera que en su lugar se produce un constante careo, un constante hablar de otras cosas, en vez de referirse a lo que constituye la raíz de la relación mutua entre esas dos personas".

Y qué mejor que una pareja con déficit de comunicación para que Pinter nos introduzca en un laberinto de espejos, una atracción de ironías y juegos donde la confusión se vuelve placentera y la verdad no tiene tanta importancia. Porque como dijo el mismo autor: “No hay grandes distinciones entre lo que es real y lo que no, ni entre lo verdadero y falso. Una cosa no es necesariamente verdadera o falsa, puede ser ambas: verdadera y falsa”.

A lo largo de la obra, como en un juego de matrioskas, la pareja se va desdoblando, partiéndose por la mitad, para dejar entrever personalidades más profundas, más intensas. Distintos personajes se van sucediendo hasta llegar a la última figura, que es irremediablemente un yo desnudo de artificios y máscaras. Toda esta compleja historia estaba salpicada por momentos divertidos tanto por las situaciones absurdas que se planteaban como por las reacciones de los propios personajes.

El implacable tiempo sobrevolaba la escena en forma de reloj, un detalle útil para la trama pero que se deshacía y terminaba por desaparecer ante la presencia de los actores. Una pareja de intérpretes con mucho feeling que resolvió con solvencia la dura tarea de cambiar de registros durante toda la obra, sin más ayuda que sus voces y sus gestos, dando vida así a toda la gama de colores que plantea Pinter en esta peculiar pareja.

En resumen, un trabajo muy bien construido, una buena propuesta como fin de temporada que nos deja a la espera de que los chicos del mundo verde vuelvan a llenar de vida este rincón de la ciudad.

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