Sinopsis

Un economista francés, que ha trabajado para la gran banca de inversión, publica un libro en el que cuenta cómo los que él denomina “los amos del mundo” han planificado las últimas crisis económicas globales con la intención de recortar derechos sociales y laborales. El objetivo último de este poder en la sombra no es otro que socavar la capacidad de decisión de los gobiernos democráticos, hasta convertirlos en meros títeres al servicio de las grandes corporaciones. El éxito mediático del libro y el anuncio de una segunda parte, en la que desvelará qué pasos darán estas familias, en los próximos años, provoca que adopten la decisión de acabar con él solicitando la intervención de los servicios secretos de la institución más poderosa de la tierra.

En la entrega anterior…

La acusación de pederastia deja a Colin Byrne sin poder salir de Francia. Odette y Dafnèe logran abandonar París en un vuelo hacia Chile, mientras Colin al salir del Aeropuerto se encuentra con Sophie, una vieja amiga de Odette y con su pareja Serguéi. Ambos, convencidos de la inocencia de Colin, le proponen pasar la noche en su casa  a cambio de que les cuente por qué le acusan de un delito tan grave. Serguéi es periodista y trabaja para RT TV, emisora de la Federación Rusa que emite vía internet. Tras conocer la información que Colin guarda en dos pendrives, el periodista ruso se compromete a ayudarle a salir del país.

20

El taxi se detuvo frente a un edificio vulgar cuya imagen causó una pésima impresión a Odette, que llevaba unos minutos lamentando haber dicho al conductor que le llevase a un hotel de confianza que no fuese muy caro.

La llegada a Punta Arenas había sido complicada. El aterrizaje del Airbus en el que volaron desde Santiago, se vio frustrado en una primera ocasión por el fuerte viento que hizo alabear peligrosamente al aparato a muy poca altura de la cabecera de la pista, obligando al comandante a dar potencia a los motores y regresar al aire para repetir el circuito de aproximación.

En el segundo intento el avión lo consiguió, pero tomó tierra con un fuerte impacto de su tren contra el asfalto, que mantuvo al pasaje en tensión hasta que, ya rodando lentamente, dejó la pista de aterrizaje para dirigirse a la plataforma de estacionamiento.

La zona civil del aeropuerto Internacional Presidente Carlos Ibáñez del Campo le pareció una única edificación rectangular de solo dos plantas, muy asequible para el turista, ya que, con un solo vistazo, podía localizar aquellos servicios de su interés, como el transporte.

Los taxis, por ejemplo, vehículos de color negro con el techo pintado de un llamativo amarillo anaranjado, los encontró aparcados nada más atravesar las puertas de cristales de la terminal de llegadas.

Odette y Dafnèe, agotadas y aturdidas tras casi cuarenta horas de viaje, incluyendo la noche pasada en Santiago, estaban deseando llegar a un lugar en el que descansar y terminar de adaptarse a las seis horas de diferencia positiva que había entre París y Punta Arenas, por lo que Odette decidió no perder más tiempo consultando las anotaciones hechas por su marido, sobre lugares donde hospedarse, y confiar en el criterio del taxista.

Pese a que entraron en la ciudad poco después de las cuatro y media de la tarde, el cielo, cubierto de negros nubarrones que descargaban una molesta llovizna, y el fuerte viento de suroeste, había dejado sus calles desoladas, sensación que se incrementó en Odette al descubrir una estructura de ciudad muy diferente a las grandes urbes europeas. Pequeñas edificaciones, la mayoría de ellas de madera, otras de madera y chapa; pintadas de diferentes colores; con techos de tejas o metal, algunos de rojo, se extendían a su derecha hasta donde alcanzaba su vista, mientras a la izquierda el famoso Estrecho de Magallanes delimitaba una costa plana y aparentemente arenosa.

No vio el primer edificio de cierta altura hasta llegar al puerto marítimo: el  hotel Dreams del Estrecho y el Casino de Punta Arenas. La ciudad le pareció una cuadrícula de casas de una o dos plantas que combinaba como elementos de construcción, indistintamente, ladrillo, madera y chapa ondulada. También le llamó la atención que el cableado eléctrico y telefónico fuera aéreo, no solo por la fachada de las casas, sino saltando de un lado a otro de la calle, creando una compleja tela de araña inexistente en las grandes ciudades europeas.

—Este es el hotel Gaspar de Quesada, señora —le dijo el taxista delante de un edificio extraño, construido en madera y chapa, que hubiera podido pasar por cualquier cosa menos por un establecimiento turístico.

Odette dudó en bajarse y el taxista se dio cuenta.

—No lo juzgue por su aspecto exterior, señora. Por dentro es muy cómodo, ¡y familiar! Quienes lo llevan son muy buenas personas... pero si no es de su gusto, yo le llevo a otro ahora mismo.

—No, no. Está bien. Está bien. Confío en su criterio       —respondió Odette, descendiendo del vehículo.

El taxista le ayudó con el equipaje y se mostró encantado cuando le pagó once mil pesos, mil más que la tarifa oficial, lo que, no obstante, a ella solo le supuso poco más de un euro, que dejó de propina.

Aquel hombre tenía razón. El aspecto del interior del edificio nada tenía que ver con su fachada. Su imagen, por dentro, era acogedora. Madera en paredes y techos, en color natural; y una escalera, igualmente de madera, que llevaba a las habitaciones del piso superior, daban al conjunto ese aire cálido, necesario en una tarde de primavera en la que la temperatura de la calle apenas superaba los seis o siete grados centígrados.

Una joven de poco más de veinte años, que estaba sentada en una gran mesa de madera maciza, con cajones con tiradores de metal dorado, propia de un anticuario, dejó de teclear en el ordenador y se acercó solícita a saludarles, sorprendida porque no tenía ninguna reserva hecha para esa jornada, y menos por extranjeros provenientes de Europa.

Les preguntó cuántos días tenían pensado quedarse y al oír que probablemente dos semanas o más, no pudo disimular su asombro de nuevo, interesándose por el motivo de tan larga estancia en su ciudad, algo nada habitual, invitándoles a sentarse frente a ella.

—Hemos venido para ver si somos capaces de localizar a una parte de la familia que quedó en Chile cuando mi padre emigró a Europa —explicó Odette.

—¿Tienen antepasados Chilenos? —preguntó la joven, que no dejaba de sorprenderse con esa madre y su hija.

—Bueno yo misma nací en este país, en Iquique, pero mis padres emigraron cuando tenía solo unos meses...

—¡Ah! ¡Qué bacán! —dijo la recepcionista mientras abría los pasaportes.

Al ir a teclear los nombres en las fichas informáticas se detuvo en seco.

—¿Dice que su familia era de Iquique?

—No, no. Mi familia era de Magallanes, de esta zona. ¿Por qué lo pregunta?

—Por su apellido... Ferrière.

—¿Lo conoces?

—No solo lo conozco, sino que el marido de una hermana de mi papá se llama así. Y le voy a decir una cosa, todos los Ferrière que conozco son familia. ¿A que va a ser usted pariente de mi tío? ¡Qué buena onda!, ¡ha achuntado usted a la primera!

—¡No me digas! Sería una enorme suerte... sería algo increíble que fuese una de las personas que estoy buscando.

La joven, entonces, la miró con disimulo mientras acababa de introducir los datos en el ordenador y una mueca de recelo se dibujó en su rostro.

—¿Y por qué anda buscando usted a los Ferrière?

Odette se quedó mirando fijamente a la muchacha que acababa de conocer, sopesando si sería conveniente desvelar tan pronto que pensaba quedarse una larga temporada y que, probablemente, incluso, se estableciese en la ciudad con su marido que llegaría en unas semanas.

La chica, al ver la reacción de su nueva clienta, comprendió que la pregunta no le había gustado.

—Lo siento. Discúlpeme. No debí preguntar. No quiero ser sapa —se apresuró a decir— algo así no es de mi incumbencia.

—No, no. Necesita saberlo. Si va a hacerme el favor de contactar con su tío para ver si es una de las personas con las que quiero hablar, debe conocer el motivo, sobre todo porque seguramente ese familiar suyo querrá saberlo también. Verá... ¿se llama usted, por cierto...?

—Isidora, para servirle a usted —dijo la joven.

—Pues verá Isidora, mi visita a Punta Arenas puede que no sea solo turística. Quiero volver a mis raíces y puede que decida instalarme definitivamente en estas tierras. Pero para decidirlo me gustaría ver si quedan parientes de mis papás, encontrarlos, hablar con ellos, decirles qué pienso hacer, de qué quiero vivir y que me aconsejen. Nadie mejor que la familia para pedir consejo.

—¿Es usted divorciada?, ¿soltera tal vez? —preguntó tímidamente la muchacha.

—No, no. Qué va. Estoy casada. Mi marido se ha quedado en Francia resolviendo algunas cuestiones antes de venir a reunirse con nosotras.

—¡Ah! Muy bien. Y de mientras va usted adelantando cosas acá. Buena idea.

—¡Exacto! Así es.

—Bien, yo haré hoy mismo la gestión esa que me pide. Hablaré esta noche con mi papá  y seguro que mañana tendrá una respuesta —dijo Isidora entregándole las llaves de la habitación— Espere un momento, al toque llamo y vienen a ayudarle para subir su equipaje.

—Perdone Isidora. ¿Me puede dar una tarjetita con el teléfono del hotel, por favor?

21

El cardenal Lugi Facchetti pocas ocasiones utilizaba su hábito piano o ribeteado —sotana de color negro adornada con un cordoncillo, con ribetes, costuras, ojales y botones de color rojo— aunque paseara por dependencias del Vaticano, lo que le había costado, a veces, críticas de otros prelados de la Iglesia.

Facchetti prefería, para pasar inadvertido, un elegante traje gris, con camisa de igual color y alzacuello, en el que únicamente reflejaba su condición de miembro destacado de la curia una cruz de plata que colgaba de su cuello.

Aquella mañana también eligió esa vestimenta para conversar con su secretario, el padre Bernardino Trabalzini, mientras paseaban por el Giardino Cuadrato, uno de los espacios verdes incluidos dentro de los museos vaticanos.

Trabalzini le había pedido ese encuentro discreto         —fuera de las dependencias de La Entidad, en los bajos del Archivo Vaticano, y lejos de los despachos que ambos tenían en un lateral de la Piazza della Pigna— parta evitar “que los muros oyesen”, como solía decirle con sumo conocimiento de causa.

Tras el saludo, el cardenal propuso al padre Bernardino cambiar el lugar del paseo, pues la temperatura resultaba excesivamente fresca a esa hora, minutos antes de las nueve de la mañana, sugiriéndole caminar por el colindante Braccio Nuovo, la impresionante galería del Museo Chiaramonti que ofrece destacadas esculturas de la antigua Roma.

Su secretario estuvo de acuerdo. Los museos vaticanos abrirían en poco menos de diez minutos, por lo que tendrían tiempo de conversar mientras entraban los primeros turistas.

Los encuentros  de carácter informativo, aquellos en los que Bernardino Trabalzini informaba a su superior de cómo se iban desarrollando las operaciones de La Entidad, que no necesitaban de soporte ilustrativo, se celebraban en lugares públicos, preferiblemente rodeados de mucha gente, para dificultar que pudieran ser oídos, y por tanto grabados, por los sofisticados equipos de escucha que tenían algunas agencias de inteligencia de países amigos y enemigos del Estado Católico.

Acceder a los museos vaticanos requería pasar por un arco de seguridad, por lo que era imposible introducir equipos electrónicos preparados para trabajar. No obstante, el padre Bernardino, tras décadas como secretario del prefecto de La Entidad, sabía que en alguna ocasión habían sido detectados visitantes de una misma nacionalidad introduciendo en el Vaticano equipos de espionaje completamente desmontados que sus expertos deberían dejar operativo uniendo sus piezas.

—Hay varias cuestiones que debe conocer, eminencia —dijo Bernardino nada más comenzar el paseo por la galería.

—Usted dirá padre.

—La primera es que nuestro objetivo ha sido dañado de una forma irreversible por el plan que aprobó usted hace unos días.

—Se habrá hecho con absoluta discreción, sin dejar ninguna huella informática, ¿verdad?

—Por supuesto eminencia. Todos los nuestros, requeridos para que facilitaran las fotos o los vídeos que tenían en su poder, colaboraron tal y como yo había previsto, sorprendidos y aterrados. Alguno hubo que se arrodilló ante mí suplicando su perdón por Dios nuestro Señor. Naturalmente le tomé confesión y se lo di, absolviéndole de sus pecados e imponiéndole una dura penitencia. Ninguno puso objeción a entregar  las imágenes para que se procediera a su destrucción. Todos se comprometieron a guardar castidad, e incluso alguno pidió ayuda psicológica para evitar caer en la tentación de tener sexo con los críos inmigrantes a los que tiene en su internado. Ya sabe a quién me estoy refiriendo...

—Gracias padre, sí ya sé de quién habla, pero no entre en muchos detalles, por favor.

—Así lo haré eminencia. Bien, la segunda cuestión que debe conocer es que la familia de nuestro objetivo ha dejado París y se ha dirigido a Chile, concretamente a la ciudad de Punta Arenas...

—¿Y por qué él no se ha ido con ellos? —interrumpió el cardenal.

—Pues porque justo antes saltó el escándalo de su delito de pederastia.

—¿Pero la difusión de las fotos no estaba prevista para cuando abandonara Francia? ¿No habíamos quedado en que le permitiríamos salir de su país para que fuera más fácil su eliminación?

—Sí eminencia, pero nuestros amigos franceses nos dijeron que si queríamos encajarle en un operativo policial real contra la pederastia debía ser inmediatamente, pues el juez que llevaba el asunto ya había dado orden de proceder a la detención de todos los implicados en un caso que llevaban investigando meses. Solo la intervención del comisario Dronne, solicitando una breve demora para incluir a un “último y conocido personaje” en el listado de detenciones, permitió el retraso unos días, pero no fue suficiente. La noticia se conoció la misma tarde en la que tenían previsto partir hacia Sudamérica.

—¿Y dónde está en estos momentos el tal Byrne?

—Esa es otra de las cuestiones de las que le quería informar. Nada más despedirse de su esposa y su hija salió al exterior de la terminal donde, al parecer, le esperaba una mujer. Con ella estuvo conversando unos minutos hasta que apareció un individuo desconocido con un Mercedes y los tres se marcharon en ese vehículo hasta una zona residencial al norte de París. Maisons - Laffite se llama el pueblo eminencia. Y allí, en casa de esta gente, está en estos momentos.

—¿Y eso qué significa?

—Pues no lo sabemos aún. Puede que tenga un plan previsto de antemano y que sacara los billetes para él, junto a los de su mujer y su hija, para hacernos creer que volaría con ellas, cuando en realidad pensaba hacer otra cosa. El señor Byrne es una persona inteligente. Desde que se sintió seguido no ha dejado de adoptar medidas de precaución. Llevó a su mujer y a su hija a la ciudad de Rambouillet, a casa de una amiga de su mujer, dejó de dormir en la suya y se fue a un hotel, dejó de usar su teléfono móvil habitual y compró uno de prepago, evitando que durante un par de días supiésemos con quien hablaba, y ahora ha logrado despistarnos con esta maniobra de comprar un billete que, al parecer, no iba a usar. Pero no se preocupe, en cuanto salga de la casa, haga uso de sus tarjetas, o lo capte una de las cámaras de los servicios de seguridad franceses, volveremos a estar pegados a él.

—Eso espero, eso espero... Una pregunta. ¿Por qué ha sido Chile el país elegido para huir?

—Pues es largo de contar y todavía no tenemos todas las piezas encajadas, pero parece ser que ella tiene familia allí. Estamos investigando en este momento el pasado de esta mujer para entender por qué lo han elegido.

—Bien, bien. Si dan con el motivo de su marcha a ese país, seguramente den con ella en poco tiempo.

—En eso estamos en este momento. La última cuestión, salvo que su eminencia quiera darme alguna orden, es que los ingleses han telefoneado un par de veces al padre Jesús Yajure para preguntarle cómo va el caso. Y éste me ha preguntado a mí...

—¿Usted qué le ha dicho?

—Absolutamente nada eminencia. Quería consultarlo con usted antes de darle cualquier información.

—Bueno, dígale lo que estime oportuno, pero sin entrar en detalles. ¿Sabe Yajure que lo de la acusación de pederastia está provocado por nosotros?

—No. Ni lo sabe, ni lo sabrá nunca. No pensaba decírselo. Solo usted y yo, el comisario Dronne, y el agente que se encargó de introducir las imágenes en su portátil y transmitirlas a las direcciones de correo electrónico que nos facilitó nuestro amigo francés, estamos al corriente de este asunto.

—¿Quién es ese agente?

—Caetano Altobelli eminencia.

—Perfecto; sí, sé quien es. Magnífica elección. El secreto está a buen recaudo con él.

—Eso mismo creo yo. Por eso le elegí eminencia.

—Bien, ¿algo más?

—Sí. Creo que podríamos ir dando pasos para localizar a la mujer y a la hija en Punta Arenas. En principio soy de la opinión, salvo que su eminencia diga lo contrario, de utilizar a la Orden.

—Bien, nada que objetar.

—Entonces, cuando hable con el padre Jesús Yajure, además de informarle por encima de cómo va la operación, para que pueda satisfacer la inquietud de los ingleses, le pediré que piense en quién o quienes pueden rastrear la huella de la mujer en Punta Arenas, ¿le parece bien eminencia?

—Sí. Es lo más adecuado en este momento, aunque lo prioritario sea seguir al señor Byrne en los pasos que dé a partir de ahora.

—Completamente de acuerdo eminencia.

El cardenal Luigi Facchetti y el padre Bernardino Trabalzini habían recorrido buena parte de la gran sala repleta de estatuas del museo Chiaramonti cuando el público comenzó a entrar. Los primeros fueron un grupo de turistas italianos que seguían a un guía que portaba una pequeña banderita con los colores de la tricolor.

Ambos religiosos estaban frente a la estatua de una de las reproducciones de la época romana de la famosa escultura de Doríforo, cuyo original, creación de Policleto, realizada entre los años 450 y 440 antes de Cristo fue de bronce, según los expertos.

Facchetti la contempló un instante y luego se volvió hacia el padre Bernardino.

—Estos atletas romanos tenían un cuerpo magnífico. ¡Qué musculatura! ¡Pero qué genitales más pequeños, válgame el Señor!

El padre Bernardino se echó a reír. Monseñor seguía de buen humor... y pensando en el sexo, señal de que su «sobrina» eslovena seguía en su casa.

—¿Me acompaña padre, o se queda contemplando estas bellezas?

Bernardino no supo cómo interpretar las palabras de su eminencia. En alguna ocasión, pocas, pero alguna hubo, tuvo la sensación de que Luigi Facchetti, además de su «sobrina» eslovena gozaba viendo el cuerpo de algún «sobrino» romano, y no precisamente contemporáneo de Cristo.

—Me quedo eminencia, si no le importa. Voy a hacer alguna llamada y no es mal sitio éste también para hablar por teléfono.

Facchetti se alejó con rapidez, los turistas empezaban a ser numerosos y no le gustaba estar rodeado de aquella gente, maleducada e impía, que le miraban con curiosidad su gran cruz de plata, como si él fuera otra de las figuras históricas allí representada. En su opinión, la Iglesia debería hacer como el Islam y prohibir la entrada a los no creyentes a los lugares de culto de las ciudades santas, como sucede en La Meca y Medina. El Vaticano, y todos sus edificios, deberían ser, exclusivamente, para los cristianos. Si de él dependiera, exigiría una fe de bautismo junto con la entrada.

El padre Bernardino no esperó a perderle de vista para marcar un número en su teléfono móvil.

—Buenos días padre Jesús. Soy Bernardino (...) Ya tengo esa información que te pidieron los ingleses. La familia Byrne está rota, la mujer le ha dejado y se ha ido fuera de Europa. Al parecer, ese hombre era un pervertido que mantenía relaciones sexuales con niños y les hacía fotos para mandarlas a otros pederastas (...) Sí, sí, como lo oye. Ha sido la policía francesa la que lo ha descubierto en una operación contra este gravísimo delito. (...) Él tiene intención de huir de Francia. En este momento está oculto en una casa, cerca de París. Lo tenemos controlado. En cuanto salga de Francia lo eliminaremos. Que no se preocupen, es solo cuestión de días. Por cierto, podrías ir tanteando a la familia londinense si sería posible que pusieran a nuestra disposición su avión para una misión diplomática del  Vaticano en Chile. (...) Diles que aún no hay nada decidido, pero sería una sola persona, un enviado del Secretario de Estado. (...) Gracias. Y una cosa más, necesitaremos la colaboración de presbíteros, diáconos o incluso laicos que sean de absoluta confianza de la Orden en la región austral de ese país, para un trabajo sencillo de recopilación de información. (...) No, aún no está completamente diseñado, pero pretende saber  qué religión profesan los extranjeros que se han asentado a lo largo del último año en ciudades como Punta Arenas, Coyhaique, Puerto Aysén, o Puerto Natales, por ejemplo. (...) Sí, sí, es muy sencillo. No necesitamos muchos datos personales, ni nada por el estilo, solo saber fecha en la que llegaron, nacionalidad, en qué barriada o zona residen —para saber sobre su estrato social, más que nada— y su procedencia. (...) Gracias padre. Que Dios te bendiga.

22

Una furgoneta de reparto de color blanco, rotulada con las letras Post Express, escritas encima de tres bandas con los colores azul, blanco y rojo, se detuvo en el inicio de la avenue Bourdaloue, en la localidad de Maisons - Laffite. Lo hizo junto a un portón doble, de madera, que cerraba un muro de vegetación tras el cual era parcialmente visible una casa con aire de cabaña, que ocupaba parte de la parcela.

De ella se bajó un tipo moreno, vestido con un mono, que llevaba impreso en la espalda el mismo logotipo que la furgoneta, y llamó al interfono.

—¿Mademoiselle Sophie Bonin s'il vous plaît?

—Sí, aquí es. ¿Quién es usted?

—Traigo un paquete para ella.

—Un momento por favor...

Serguéi Vasílievich se volvió hacia su novia que, sentada en el salón, junto a Colin Byrne, tomaba un café.

—¿Esperas un paquete?

—No. Yo no he pedido nada por internet, ni he comprado en los últimos días algo para que me lo traigan a casa. Pregunta a ver de dónde viene.

Serguéi  volvió de nuevo al interfono.

—Perdone. No esperamos ningún paquete. ¿Es un contrarembolso? ¿De dónde viene?

—No señor. No hay que pagar nada. Y procede de... espere un segundo... de la casa de perfumes Nicolaï Parfumeur - Créateur, de la rue Richelieu. Creo que son muestras de promoción. No es el primer paquete de estas características que entrego en los últimos días.

Serguéi se volvió de nuevo y le explicó a su novia de qué se trataba.

—Bueno, recógelo.

El ruso salió de la vivienda y se dirigió a la puerta de acceso al jardín. Abrió y se dispuso a coger el paquete.

—Perdone señor. Tiene que recogerlo la señorita Bonin. Debe de firmarme un recibí —dijo mostrando un albarán de entrega.

—¡Ah! Bien, pase entonces —respondió Serguéi. Y ambos hombres atravesaron el portón y se dirigieron a la puerta de la casa que había quedado entreabierta.

Apenas habían avanzado unos pasos, Serguéi advirtió que aquel repartidor miraba con curiosidad en todas direcciones y tuvo un presentimiento.

Al llegar a la puerta de la casa le pidió que esperase fuera, que avisaría a su novia para que saliese y, sin pensarlo dos veces, la cerró en las narices del joven, que ya había dado un paso para intentar entrar.

En cuanto la puerta estuvo cerrada, Serguéi le hizo una seña a Colin para que se ocultara y llamó a voces a Sophie, como si no estuviera en el salón, para darle tiempo a su invitado a entrar en un pequeño aseo que había en la planta inferior.

Sophie abrió unos instantes después, recogió el paquete, firmó el albarán con un garabato, y esperó a que el repartidor saliese de la finca antes de cerrar de nuevo la puerta y entrar en la vivienda.

Ella también observó que, aunque con disimulo, el sujeto había mirado a diferentes lugares del jardín. Incluso se volvió una vez para ver si Sophie le seguía observando, saludando cordialmente a modo de despedida antes de atravesar el portón y marcharse.

Serguéi, entre tanto, había subido a la carrera al primer piso, seguido de Colin Byrne, para intentar ver algo más del vehículo en el que había llegado el repartidor.

En un trozo de papel anotó el nombre Post Express, pero no pudo ver bien ni el modelo de la furgoneta —le pareció una Citroën Berlingo o similar— ni mucho menos la matrícula de la misma.

Inmediatamente después, sentados los tres en el salón, en silencio, abrieron el paquete. Tal y como el repartidor había dicho se trataba de un pequeño frasco con perfume de la casa Nicolaï, pero Sophie hizo saber a ambos que no era una muestra, sino un envase de los que se vendían normalmente en sus tiendas.

—Esto vale unos cuantos euros. No es una promoción. Es muy raro. ¿Estáis pensando lo mismo que yo? —preguntó dejando el botecito de perfume en la mesa para que lo vieran los demás.

—Creo que me han localizado. ¡Debo irme inmediatamente! No quiero causaros ningún problema. Ya llevo dos días con vosotros y os agradezco todo lo que habéis hecho por mí, pero...

—¡Espera!, espera... —le interrumpió Serguéi— yo también creo que ese hombre no es lo que aparenta, pero pienso que tampoco es policía. O ese hombre no está acostumbrado a hacer este trabajo, o sí lo está y se ha comportado de manera extraña a propósito porque tiene un objetivo: que salgas de la casa para esconderte en otro lugar, por ejemplo. No sé quién es, ni para quién trabaja, pero no es policía. Estoy completamente seguro de que ningún agente uniformado va a aparecer para detenerte. No tienes por qué precipitarte yéndote.

—¿Y qué conseguiría haciéndole huir de esta casa?      —preguntó Sophie.

—Pues tal vez poder tener acceso a él. Algo que aquí dentro le es imposible. Si fueran policías y sospecharan que Colin Byrne está aquí, ya habrían pedido una orden. No estarían perdiendo el tiempo, ni el dinero, comprando perfumes para echar un vistazo.

—¿Qué crees que debo hacer? —preguntó Colin.

—Quedarte en casa. Esperar.

—De todas formas creo que no debo seguir aquí. Habéis sido muy amables conmigo, mucho más de lo que merezco y no quiero causaros problemas. Como dije ayer, lo mejor que puedo hacer es dirigirme a España, buscar la ayuda de ese amigo de Madrid, e intentar ver de qué forma vuelo a Sudamérica.

—Esta tarde regreso al trabajo, de modo que si quieres que vuelva a sacar dinero de tu cuenta he de hacerlo antes de mediodía —dijo Serguéi, quien se quedó callado escuchando atentamente. Colin y Sophie le imitaron— Creo que está sonando un teléfono arriba— dijo cuando estuvo seguro de que eso era lo que estaba oyendo débilmente.

Colin subió precipitadamente las escaleras para cogerlo.  Era el que mantenía operativo desde que su mujer se marchó, el aparato de tarjeta prepago que compró para evitar usar el suyo, y bajó poco después con él en la mano.

—No he llegado a tiempo —dijo, pero antes de que tuviese oportunidad de añadir algo más, el móvil volvió a sonar por segunda vez.

—Allô... ¡Odette! Mi amor...

Cinco minutos después les explicó a Sophie y Serguéi que Odette y Dafnèe estaban en el hotel Gaspar de Quesada, en Punta Arenas, donde llevaban apenas unas horas; que el viaje, aunque agotador, había ido muy bien; y que todavía no habían conseguido adaptarse al cambio de horario, prueba de ello era que le estaba llamando a las cinco de la madrugada hora local. También les dijo que, fruto de la casualidad, Odette pensaba que quizás hubiesen localizado ya a un familiar, algo que sabría con certeza la mañana de ese día.

—Yo, como ya habéis oído, no le he dicho dónde estaba. Al contrario, he mentido. El piso del que les he hablado es de un amigo divorciado al que, por cierto, hace semanas que no veo. Comprenderéis que sabiendo que están bien y que ya se han instalado en Punta Arenas, mi prioridad sea en este momento reunirme con ellas —concluyó sus explicaciones Colin.

—Verás, creo que tienes razón. Debes irte de Francia cuanto antes. Ya sabes que en nuestra casa puedes permanecer el tiempo que necesites,  pero comprendemos que quieras volver a estar con ellas lo antes posible. No será fácil Colin, eso creo que lo sabes mejor que nosotros —intervino Serguéi— pero debes intentarlo y te ayudaremos en lo que esté en nuestra mano.

—Puedes llevarte mi coche, cruzar la frontera con España y dejarlo en algún lugar donde podamos ir con facilidad a recogerlo. No creo que le pase nada en unos días, ¿te parece Serguéi? —dijo su novia.

—Sí, me parece bien, pero quizás deberíamos hacerlo de otra manera. Si le dejamos tu coche y le detienen por el camino, nos veríamos implicados en su fuga. Pero... estoy pensando otra cosa... si se lo lleva y un tiempo después, ¿cuánto necesitarías para atravesar el país?, ¿diez horas, por ejemplo?... pues lo que decía, si se lleva el coche y diez horas después nosotros denunciamos el robo... y lo detienen, no tendríamos problema alguno. Lo siento Colin, pero estoy intentando ayudarte sin que este asunto nos salpique —dijo Serguéi.

—No te preocupes, lo entiendo perfectamente. Sí. Esa podría ser una buena idea.

—Mañana me incorporo al trabajo, pero no volaré hasta pasado. Puedes venirte conmigo hasta el aeropuerto y llevártelo en cuanto lo aparque —dijo Sophie.

—Eso no le dejará mucho margen. ¿Cuánto tiempo pasarás en las oficinas de Air France? —preguntó su novio.

—No lo suficiente, claro. Como mucho puedo estar cuatro horas. Y eso alargando las cosas un montón.

—Pues hay que pensar en algo diferente entonces.

—Sé que no soy quién para opinar en este asunto porque soy parte interesada, pero...

—¡Claro que puedes aportar ideas! No te disculpes por ello. ¿Qué se te ha ocurrido?

—Veréis. Puedo viajar en el maletero del coche para que no pueda captarme ninguna cámara, en especial las que hay a la entrada del aeropuerto. Tú Sophie busca un bolso que no te importe perder, mete en él algunas cosas personales, algún documento que te identifique pero que no tenga mucha trascendencia. Cuando lleguemos al aeropuerto, aparcas donde no haya una cámara que nos vea. Mete las llaves dentro del bolso y déjalo caer al suelo, al lado. Si la zona está libre, ábreme el maletero para que pueda salir, coger el bolso y marcharme con el coche. Una hora o algo más tarde, debes hacer saber a tus compañeros que has perdido el bolso. Cuando acabes las gestiones que tengas que hacer, llama a Serguéi para que vaya y te lleve copia de las llaves del coche...

—También puede volverse a casa en transporte público o con una compañera, sin comprobar si su coche sigue en el aparcamiento... ¡No tiene por qué pensar que se lo han robado! —terció Serguéi.

—¡Claro! Puedo incluso denunciar en Comisaría la pérdida del bolso esa tarde... y la sustracción del coche al día siguiente, cuando vaya, supuestamente, a recogerlo con la copia de las llaves.

—¡Genial! ¡Un plan perfecto! En ese tiempo yo debo haber llegado a España.

—Solo debemos acordar la hora de la denuncia de sustracción del coche, para que yo haya cruzado la frontera antes. Bueno, y también, cómo hacemos para que lo recuperéis intacto lo antes posible...

—Déjalo en algún lugar donde su presencia sea escandalosa. Encima de una acera, por ejemplo. En una calle peatonal... en medio de una glorieta... algo así. De este modo y siendo la matrícula extranjera no tardaran en llevárselo y comprobar si figura como sustraído.

—Sí. Es lo mejor.

—¿Quieres que te haga una última extracción del cajero?

—Sí, por favor. Me vendrá bien llevar cuanto más dinero mejor. Y aún falta para ese tope de diez mil euros que no se puede sobrepasar.

—De acuerdo. Enseguida voy, pero antes debes pasarme los archivos informáticos por los que te buscan. Voy a acercarme a los estudios de televisión en los que trabajo y me gustaría esconderlos allí. Darme una copia era parte del acuerdo...

—Sí, sí, claro —se apresuró a decir Colin— aunque nunca pensé, después de lo que la prensa ha hecho conmigo que, al final, un periodista sería el depositario de estos documentos.

Serguéi Vasílievich se había levantado de la mesa y, de un mueble del salón, había sacado el ordenador portátil que ya usaron dos noches antes.

—Me pasas la memoria, por favor —dijo encendiendo el aparato.

Colin le entregó el pendrive y la tarjeta SD.

—¿Y eso? —dijo al verla.

—Más información. La otra noche no os la enseñé. Esta tarjeta contiene algunos audios muy reveladores.

Serguéi la cogió y se dispuso a trasvasar su contenido a una carpeta de su ordenador.

Cuando hubo acabado, copió dicha carpeta en un único pendrive.

—Bueno, pues ya soy tan peligroso como tú —le dijo a Colin.

—No. Eres mucho más peligroso que yo. Al menos en potencia, otra cosa es que tus jefes te dejen usar esa fuerza que acabas de conseguir. En estas semanas de trato con la prensa he aprendido muchas cosas, entre ellas que los medios de comunicación no son más que una empresa como otra cualquiera, solo que, en vez de producir objetos, fabrican, nunca mejor dicho, información con la que comercian.

—Sí, es una forma de verlo...

—Creo que es la única.

—No, hombre. También somos un servicio público.

—¡En absoluto! Ese es el disfraz con el que os presentáis ante la gente. Eso es lo que hacéis creer. Pero no pretendéis servir al público, sino aprovecharos de él, captar su atención con datos que pueden ser de su interés, para hacerles llegar la información que os interesa como empresa, y presentada de la manera que mejor os convenga. Creo que en un periódico solo hay dos verdades incuestionables. Su nombre y la fecha... y, a veces, hasta ésta viene equivocada.

Serguéi se echó a reír al oír esto último.

—¿No conocías este dicho?

—No. No. Bueno, tampoco llevo toda mi vida en Francia. Es la primera vez que lo oigo.

—Un medio de comunicación es un negocio y como tal está destinado a dar beneficios a sus socios o accionistas. Ningún emprendedor crea una empresa para perder dinero a manos llenas. Y eso es lo que ocurriría con un periódico, o una emisora de televisión, si no se vendiese a los gobiernos y a las grandes corporaciones...

—Eso no es así. Un medio de comunicación vende trocitos de su espacio físico, o de sus minutos de programación, a empresas o particulares que los quieran comprar. Eso no es vender el medio a nadie.

—No Serguéi, no intentes convencerme. Sé de lo que hablo. Dediqué mi tesis de fin de carrera a estudiar y cuantificar los ingresos por publicidad, durante un año completo, de dos periódicos británicos, en función de los insertos que llevaban en sus páginas, y de sus tarifas oficiales. Y créeme, esas cifras no daban para pagar a la plantilla que tenían ni seis meses. De modo que para mí, la financiación de un periódico es uno de esos misterios insondables de esta sociedad de la información.

—Bueno, tú eres el experto en economía, yo solo sé escribir... No puedo discutir contigo ese tema porque no lo conozco.

—Pues hablemos de la información que ofrecéis, de qué contáis y de qué ocultáis...

—Mejor lo dejamos para otra ocasión —dijo Serguéi riendo— Aunque he de decirte que yo soy un periodista con criterio propio e iniciativa...

—Rara avis, porque los periodistas que yo conozco tienen el criterio de sus empresas y la iniciativa es de sus jefes.

—Insisto. Mejor lo dejamos en este punto, que se está haciendo tarde y dentro de un rato va a ser muy complicado entrar en París —¿Te traigo alguna prensa, por cierto? —dijo sin dejar de sonreír.

—Sí, no sería mala idea para dejarla en el coche, a la vista, cuando lo abandone en España. Así, sin mucho esfuerzo, la policía española podrá ver que el vehículo procede de París. Necesito que me compres un par de vaqueros y tres o cuatro camisas, como las que me trajiste ayer. Las voy a necesitar en los próximos días.

—No te preocupes. Así lo haré...  ¡Sophie! —llamó a su mujer que hacía un rato se había subido a la planta de arriba— Me voy. ¿Quieres tú algo de París?

Serguéi Vasílievich sacó el coche de la finca y se detuvo en la esquina. Cogió su teléfono móvil e hizo una llamada, breve, de apenas unos segundos. Después, circuló por las calles de Maisons - Laffite hasta coger la carretera que le enlazó con la autovía periférica de París. Una vez en ella, en vez de dirigirse a la avenida Quai de Daybreak, donde estaban los estudios de televisión de RT Française, puso rumbo al enorme edificio de planta rectangular ubicado en los números 40 - 50 del Boulevard Lannes, sede de la embajada de la Federación de Rusia en Francia, aparcando en las inmediaciones de la fuente Claude Debussy. Después, a pie, tras recorrer toda la fachada enrejada que da a dicho Boulevard, giró en la calle Gérard Philipe y se dirigió a la puerta por la que entraba de vez en cuando. Llamó al interfono y miró con descaro a la cámara de seguridad ubicada a su izquierda, en un poste, sobre la verja.

—Soy Serguéi Vasílievich Záitsev. Vengo a ver al agregado cultural. Me está esperando.

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