la_bola_de_cristal_y_los_electroduendes.jpg
la_bola_de_cristal_y_los_electroduendes.jpg

Escribir una columna por semana es algo parecido a echarse una novia formal: lo que un principio parecía apetitoso, divertido y vital; ahora, se torna serio, inquietante y severo. Empero, compañero, si es amor, vuestra relación cruzará huracanes y tormenta. Y sí, si es amor hasta te sentarás a ver su serie preferida y a comer palomitas mientras tus amigos van cerrando los bares. Dicho esto, nada ni nadie os asegura que, adultos y aburridos, algún día os escayolen el corazón en el hospital más cercano. Mientras tanto hay ciertos mecanismos que ayudan a sobrevivir al tedio de la relación: pequeñas mentiras piadosas a tiempo son un subterfugio y la imaginación rara vez pone cuernos.

Quien le diga que escribir una columna es como montar en bici directamente le miente: es algo más complejo y excitante. O, quizá, debería serlo. Un artefacto para armar no puede resolverse con triquiñuelas y lugares comunes. A la hora de entregar una columna debes jugártela, dejarte la vida en ello... En definitiva, estar a la altura del medio y, cómo no, de tus lectores. De este modo, el noviazgo será dulce y duradero aunque sea formal.

Si uno le dedica un tiempo prudencial a observar (y descifrar, que diría un moderno, pongamos que hablo de Manuel Jabois) la rabiosa actualidad y en sus llamativos titulares cae, enseguida, en esa vieja máxima irresoluble que reza "nada más viejo que el periódico de hoy". ¿Es necesario ahondar en esa simpática greguería? Así que descartas entrar en capitulación y abandonarte a hacerle la competencia a Arcadi Espada. Por otro lado, queda sacarle punta a algunos referentes del pueblo y la moda. Y, claro, obviando los grandes temas por manidos, uno está más seco que las no sé cuántas vírgenes esas del parnaso que calentaban mucho pero iluminaban poco. Por ello los maestros del cuento y el absurdo, tipo Juan José Millás o Julio Cortázar, reparaban sorprendentemente en pequeños elementos cotidianos y hacía de éstos categoría fantástica. Y, ya saben, la realidad siempre supera la ficción. Para muestra un botón: España un domingo cualquiera de septiembre, pongamos un 27... Si Franz Kafka hubiese nacido español los libros de textos de nuestros escolares los catalogarían como un soso cronista, un narrador realista sin magia ni brillo. En definitiva, a su lado Mesonero Romanos se perfilaría a la postre cual pingüe costumbrista de la villa y corte.

Decía que para escribir una columna por semana debes vértela con el ingenio y la urgencia. Ya adelanto que este abajo firmante asume que, normalmente, la necesidad gana por dos a cero. Únicamente Charles Baudelaire conseguía ser sublime sin interrupción.  

Por supuesto, usted sabe que la frivolidad nos hace mal y que, por ende, hay que descartar hablar del limón de un gin tonic usado en la cadera de una mina de rompe y rasga porque ya fue Calamaro quien se te adelantó y padeció ir a ver a su grupo del siglo pasado en La Romareda. Por suerte, el bueno de Andrés, jamás tuvo que comerse un concierto de Vetusta Morla. Creo que salí a ver un poco el sol y, entonces, te vi y agradecí a Fito Páez por escribir exactamente lo que vi. Porque en la cima del amor te olvidas del amor después del amor y vives en el rabo de una nube. Y si por vicisitudes llegas hasta el sábado con el lienzo en blanco, por acabar o a medio corregir, te ahoga el cuello de la camisa y recuerdas esos versos de Rafael Sarmentero: "Ahora los sábados /en vez de divertirme /nos aburrimos".

Sánchez Dragó afirmaba suscribir al ciento por ciento aquella sentencia de Peter Handke: “Vivo de aquello que los otros no saben de mí”.

A falta de ofrecer una buena reseña de la última novela de Javier Marías, así empieza lo malo, o dar carnaza a la masa con el último sondeo de intención de voto en las elecciones catalanas (para eso están La Sexta y sus apasionados contertulios) creo que mi labor dominical está bien cubierta por hoy. Toda formulación desapasionada sobre el tema resulta una redacción de preescolar. No seré yo el membrillo que contribuya al griterío generalizado. Ya dijo Samuel Johnson que "el patriotismo es el último refugio de los canallas".

Al fin y al cabo, como se preguntaba aquella singular presentadora de televisión   cantante de la movida, querido lector, "¿quién pondrá la vela a San Sebastián para que nos perdone la frivolidad?"

Archivado en:

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído