La Universidad de Cádiz organiza 'La ciencia se come', un evento divulgativo orientado a dar a conocer toda la investigación que lleva a cabo la UCA en torno a la alimentación. 

El Alcázar de Jerez desprende un aroma amargo, dulce y salado. Esta vez el azahar de los naranjos compite con el showcooking de risotto de algas o la tarta Sacher de los alumnos del IES Fernando Quiñones. El certamen La ciencia se come se instala en el corazón almohade de la ciudad gracias a la labor divulgativa de la Universidad de Cádiz de acercar la ciencia a la ciudadanía. Cerca de 200 voluntarios participan en una jornada con más de 30 actividades en torno a las investigaciones científicas que la UCA lleva a cabo sobre la alimentación. 

Dos hermanas, Inmaculada y Mónica del Pino, son las encargadas de dar el saludo de bienvenida a todos aquellos que entren a jugar con la comida. Inma estudia Geografía y Gestión del Territorio en la Universidad de Sevilla y Mónica cursa el grado de Gestión y Administración Pública en el Campus de Jerez. Ambas confiesan que decidieron ser voluntarias porque les llamaba la atención esa relación entre la ciencia y la comida. “Estamos muy concienciadas con la alimentación desde hace dos años y cada una hemos perdido cerca de 20 kilos. Además, que los niños empiecen a educarse sobre los alimentos y sus propiedades me parece muy interesante”, apunta Inma. “Debemos estar más atentos y ser conscientes de qué es lo que comemos”, agrega, al momento que una mujer interrumpe para preguntar por el taller de comida para diabéticos.“Soy diabética en grado superlativo”, expresa con fuerza Carmen Lora. Tiene 62 años, pero le diagnosticaron la enfermedad cuando tenía 45. “Me estoy quedando delgadísima, seca, y veo lucecitas negras, hasta sangre, por un ojo”, cuenta indignada. No sabe cómo mejorar y acude, acompañada de su hija, al taller que imparte la jornada de divulgación científica de la UCA para intentar arreglar sus problemas con ayuda de una buena alimentación. Dice que el médico le recetó insulina. “Pero cómo va a ponerme insulina si me muero con ella”, vocifera. Está inquieta, nerviosa… Y se pone a cantar. “¡Y cada día más delgada!”, reitera, pero esta vez con un tono musical. Mientras ambas suben las escaleras para acceder a la actividad, en el pasillo de la izquierda algunos catan gelatinas de vino o de zumo con los colores cambiados. ¿El objetivo? Engañar, retar a los sentidos.

"¿Qué vino es?". Un hombre olisquea un par de veces. Duda. Mira de reojo y finalmente dice: “¿Palo cortado?”. Y falla. Siguiendo el pasillo los alumnos del grado de Cocina del instituto Fernando Quiñones muestran cómo se debe amasar una pasta de hojaldre fresca y artesanal, además de inyectar crema a la pasta choux, una masa francesa que se caracteriza por ser muy ligera. Un semifrío de caramelo, caviar de chocolate y esferificaciones de guisantes, son otros de los platos y elaboraciones que han preparado para la ocasión.

María Sánchez tiene 24 años y es nutricionista. Interviene en el evento como voluntaria explicando los batidos regeneradores que se enmarcan en el área de deporte del grado de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (CAFD). “Queremos dar unas pautas sobre cómo alimentarse después de hacer una actividad física concreta, es decir, jugar con el deporte y las diferentes propiedades de los alimentos. Controlar la cantidad de hidratos de carbono, proteínas…”, incide. La ciencia se come logra captar la atención de un público variado. Mientras los adultos se informan sobre cómo mejorar la nutrición, los pequeños preparan palomitas y se las llevan en un pequeño cartucho de papel. “¡Qué ricas!”, cuchichean al rato que pasan a otra actividad lúdica y didáctica sobre la lombarda. Justo al lado un niño remueve, con un fino palo, lacasitos de colores en un plato con un líquido que decolora el caramelo. Lo hace a conciencia y se lleva un rato ensimismado en su ardua tarea. Los pequeños disfrutan, se divierten y ríen. Hacen piña, se sorprenden y se llevan las manos a la cabeza cuando ocurre algo inesperado. Degustaciones, catas de vinos y cervezas artesanales de la tierra, secretos del maridaje, taller de cócteles, charlas con investigadores como José Ramos o Mónica Schwarz y tertulias con expertos gastronómicos, son algunas de las actividades que La ciencia se come propone, además de facilitar un espacio de venta de productos naturales de la provincia. ¿Su finalidad? Dar a conocer toda la investigación que versa sobre la comida, sus nutrientes, sus diferentes elaboraciones y funciones, algunas tan poco conocidas como el aprovechamiento de los residuos de la vinificación para reeducar y construir un mundo mucho más sostenible. El Alcázar consigue, una vez más, que la ciencia consiga divertir a un público que busca formarse y divertirse, por que la ciencia se come, se bebe y se disfruta. 

La ciencia se come, pero no sobre ruedas

El vendaval que sacude a la provincia provoca unos pequeños cambios en la organización del evento y sobre todo en la ubicación de las diferentes actividades. Si bien las food tracks se iban a colocar en el exterior del Alcázar, estas fueron emplazadas en el Patio de San Fernando. No obstante, la organización decidió, justo a la hora del almuerzo, expulsar definitivamente los “camiones de comida” de la jornada porque “no podían estar dentro al ser un espacio patrimonial”. “El mal tiempo, la llovizna y el fuerte viento, ha impedido que todo salga como estaba previsto”, informaron fuentes de la organización. 

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