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La crítica de 'Cloverfield Nº 10'.

CLOVERFIELD Nº 10 (10 Cloverfield lane, 2016, USA). Director: Dan Trachtenberg; Guión: Josh Campbell, Matt Stuecken, Damien Chazelle; Producción J. J. Abrams, Bad Robot; Fotografía: Jeff Cutter. Música: Bear McCreary; Reparto: John Goodman, Mary Elizabeth Winstead, John Gallagher Jr.

Cloverfield era el título original de la la película Monstruoso, dirigida en 2008 por Matt Reeves (Déjame entrar, El amanecer del planeta de los simios) y producida por la compañía de J.J. Abrams, Bad Robot. Este productor-director fue también el responsable de Super Ocho (2011), aquella sorprendente declaración de amor adolescente por el cine. Cloverfield Nº 10 (10 Cloverfield lane), la última entrega de Bad Robot, no es una secuela de la primera, los actores y la historia son diferentes, pero sí sería una especie de franquicia que mantiene su sello de cine hecho por cineastas jóvenes marcados por la ciencia ficción televisiva, el cómic o el kaiju, subgénero japonés catastrofista de monstruos que amenazan la Tierra.

Dan Trachtenberg su director, es el último de esos no tan jóvenes Spielbergs en ciernes, con entusiasmo innegable y vocación de recuperar el espíritu de la serie B: producción artesana, presupuesto reducido, y un argumento entre el thriller de psicópata y la ciencia ficción.

Su película tiene influencias del cine que jugaba con el clima de ansiedad generalizada entre el público norteamericano de los años de la Guerra Fría: el miedo a una invasión soviética, el miedo a un ataque nuclear, el miedo a la devastación, la falta de comida… En definitiva, el miedo que hace anteponer la seguridad a la libertad. Por otra parte son igualmente patentes en Cloverfield Nº 10 elementos de series televisivas muy populares como Perdidos, dirigida por el propio J. J. Abrams, que abundan en tramas ingeniosas, claustrofóbicas y que plantean constantes acertijos.

Estos son los ingredientes con los que se cocina Cloverfield nº 10, sin olvidar el más importante, el toque Hitchcock: la chica que abandona su casa y su pareja y en una carretera secundaria se topa con lo extraño, lo inquietante e incluso con lo patológico. Hitchcock está también en lo milimétrico y teatral de los giros argumentales, en el sótano que recuerda al Motel Bates y hasta en la escena de la cortina de la ducha.

Hay otras escenas que recuerdan al Spielberg más popular, el de Parque Jurásico o La guerra de los mundos: el T-Rex está tras la persecución de la chica y el coche que le sirve de zarandeado refugio. Todas las referencias nos hablan de un cine sin pretensiones intelectuales, con vocación de entretener y fijarnos a la butaca.

Cloverfield nº 10 no se toma a sí misma en serio, no hay un clima apocalíptico que simbolice nuestro afán autodestructivo; tampoco hay una ansiedad claustrofóbica metáfora del aislamiento humano. Sí hay un tono irónico que la recorre de principio a fin; ligereza y sentido del juego. Su ambigüedad genérica nos engancha: podría ser un thriller de psicópata, pero también una película de catástrofe post-nuclear o incluso una de alienígenas. Hasta los zombies tienen su pequeña intervención.  

Mérito de su director es conseguir mantener un ritmo muy vivo al principio y al final: no hay diálogos, tan solo acción y montaje. El tramo medio, más dialogado, desarrolla una historia en triángulo que bascula entre los personajes de John Goodman, estupendo en su ambivalencia cómica e inquietante al mismo tiempo, y el de la heroína Mary Elizabeth Winstead. El tercer personaje, John Gallagher Jr., sirve como apoyo dramático para ponernos en antecedentes y crear tensión entre los dos primeros.

Si el postmodernismo en cine consiste en revisitar los géneros con una actitud irónica y divertida, tirando a veces del pastiche de trazo grueso, colocando a héroes y villanos en el mismo plano moral, entonces el reciente Tarantino sería el ejemplo del postmoderno que se toma a sí mismo en serio. Trachtenberg, como J. J. Abrams, Matt Reeves o Neill Blomkamp son postmodernos sin ínfulas de genialidad y con ganas de entretener. El espíritu de la antigua sesión doble de los años cincuenta americanos está en ellos: primero una de alienígenas y quizá después el denso melodrama con la última estrella de turno.

Cloverfield nº 10 es una película modesta pero muy ingeniosa en su dosificación del suspense y cuyo objetivo no es sobrecoger al espectador a base de golpes de efecto, derroche de vísceras o terror gótico. Busca la diversión inteligente y el distanciamiento cómplice del público.

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