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Recordar aquel entonces es reabrir los ritos de lo cotidiano. Comenzaba a caer la tarde, llegábamos a la nave de ensayo por un cañaveral, un camino de tierra paralelo a una vía de tren,  Juan prendía una fogata y se sentaba a mirarla, allí gestaba lo que iba a ser el ensayo. Estos se llenaban de incienso y del paso de los costaleros con los que siempre marchaban sus personajes. En sus escenografías siempre había escaleras por las que nadie subía y ventanas desde las que sólo las ausencias miraban. Rara vez se sentaba mientras dirigía, fumaba sin parar y seguía muy cerquita a los actores, les dejaba frases, que arrancaba a los recuerdos de su infancia, sin pasar por el papel, así desde un primer momento caían al escenario, no cayeron desde luego en cizaña. Jugaba con el actor, junto con ellos buscaba una entrada, un imposible regreso a ese mundo ya perdido, donde crecían jaramagos en las tejas, las paredes estaban encaladas, y la ropa se oreaba al sol. Así hasta las tantas de la noche, hasta que brotaba algo que le dejara ir tranquilo, desbordante de ideas, contagiándonos su entusiasmo, hasta el bar donde seguía soñando la obra.

Así se sucedían los ensayos, Juan rara vez traía algo proyectado, ningún boceto, los procesos eran largos y agotadores. Cuando dudaba o se encontraba perdido, se volvía y me miraba, era un no sentirse solo que le bastaba. No era un obseso, se ilusionaba como un niño con un juguete con cada escena, nada de lo que ocurría en el escenario le era indiferente, podía reírse o cabrearse, pero siempre trasmitía una emoción intensa. Una vez alcanzado el estreno, Juan se aburría, aquello ya era algo de otros, del público, sus fantasmas se esfumaban tras los ensayos.

Escribió poco, lo necesario, lo imprescindible. Su dramaturgia era de muy pocas calles, las que habitaban los seres que circundaron su pasado: sentados en sus sillas de eneas, encendiendo braseros de picón, o durmiendo la jumera a la puerta de los tabancos, embriagados siempre de vida, ahogados en su existencia. El mal que arrastraban no era social, tan en boga entonces, sino que cargaban con la cruz de su existencia, porque sus personajes arrancaban de lo más hondo y doloroso su quejío, desde los estertores del tiempo. 

Cuando los reunió a todos, conjurándolos de la muerte, dejó de creer en las obras teatrales, y se dedicó a escribir, siempre a lápiz, breves poemas escénicos, donde ya más que personajes asomaba él. Él como ellos, siendo uno de ellos, desembocaba a la vida como un río desbordante, vida sin límites. Todo en él era extremo, tormentoso, pasional, delicado, talento esparcido a los cuatro vientos. Es imposible que en quien se lo cruzara no dejara un recuerdo. Su conversación era imprevisible, nunca banal, salpicada de poesías y de ingeniosas bromas que era como un inventar situaciones dramáticas. 

Era un maestro que sabía que no tenía nada que enseñar, que todo quedaba en la obra, predicaba con el ejemplo. No tenía ningún secreto porque para él todo era misterio. “La verdadera obra de arte de Dios viene y a Dios va” encabezaba un prólogo que me hizo. Dejó dos obras tremendas, de una belleza terrible, ásperas como el esparto, recorrieron el mundo. Mariameneo y Vinagre de Jerez que alumbrarán su memoria.  Desbrozó un camino, hemos seguido su senda. Hasta pronto Juan. Ya llegaste a la casa del Padre. Nuestra Fe es mayor que nuestra tristeza.

Este texto está publicado en la revista Gestos, nº 55, abril 2013 (Universidad de Irvine, California). No quiere ser necrológico homenaje sino alabanza de Gracias por la presencia de Juan de la Zaranda entre nosotros.

Eusebio Calonge es escritor y dramaturgo.

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