La escultura original de la Fuente de los Niños del Paraguas fue adquirida por la familia Aramburu en la Exposición Internacional de París de 1878. Inicialmente, decoró el patio de su casa-palacio en la Plaza de San Antonio, en Cádiz. Tras una reforma en la vivienda después de 1910, la familia donó la pieza al Ayuntamiento. Por recomendación de Fidel Caballero, director entonces, del Parque Genovés, se instaló en dicho recinto, el cual había sido remodelado profundamente en 1892 por el alcalde Eduardo J. Genovés.
Tras ocupar diversas ubicaciones dentro del parque, en la década de los 60 se trasladó a su emplazamiento actual. Sin embargo, el paso del tiempo, el vandalismo y mantenimientos inadecuados —como el uso de pintura acrílica que impedía la transpiración de la terracota— provocaron un grave deterioro. En 2017, un acto vandálico arrancó el paraguas de la figura, lo que impulsó la necesidad de una restauración profunda liderada por el historiador Lorenzo Alonso de la Sierra y los restauradores Pilar Morillo y Álvaro Domínguez.
Bajo el mecenazgo de Aguas de Cádiz, se inició un proceso para recuperar el valor ornamental de la obra. Se eliminaron capas de pintura y cemento, se realizaron radiografías para analizar el estado interno y se procedió a la limpieza y desalado de la superficie.
Dada la fragilidad del material original y su importancia en el imaginario colectivo gaditano, se decidió crear una réplica para el exterior. El original restaurado se conservará en un entorno protegido (la futura sede de la Fundación Municipal de Cultura), garantizando así su supervivencia a largo plazo.
El escultor Martín Lagares fue el encargado de realizar la réplica en terracota. Mediante técnicas artesanales de medición y observación, logró una fidelidad asombrosa respecto al original. La obra se completó con un nuevo paraguas de bronce, fundido por Salvador García.
El conjunto se asienta sobre un pedestal de mármol de nueva ejecución que mejora su visibilidad, situado a su vez sobre un histórico vaso circular de mármol italiano del siglo XVIII, que había sido utilizado como macetero desde los años 60.
El conjunto original es de estilo romántico y data de antes de 1878. Está realizado en barro cocido (terracota), un material común para la decoración de interiores burgueses de la época, a diferencia del mármol usado en la estatuaria pública. El estilo busca evocar emociones y sentimientos humanos, integrando el movimiento y la inspiración en la naturaleza. El pedestal presenta una decoración minuciosa con motivos vegetales y marinos de gran realismo.
La fuente mide 160 cm de alto por 60 cm de ancho, alcanzando los 210 cm de altura con el paraguas. El pedestal troncocónico añade unos 70 cm adicionales. Para la nueva instalación, se añadió un soporte octogonal de mármol blanco que eleva la pieza y la protege del contacto directo con el agua del estanque.
La obra representa a Pablo y Virginia, protagonistas de la famosa novela homónima de Jacques-Henri Bernardín (1787). La trama, ambientada en Isla Mauricio, narra una historia de amor trágica: dos jóvenes que crecen como hermanos en un entorno salvaje y puro, se enamoran y finalmente mueren (ella en un naufragio y él de tristeza).
Aunque algunos, como el Premio Nobel Le Clézio, sostienen que es pura ficción, la mayoría de las fuentes afirman que se basa en hechos reales. La novela fue un fenómeno de masas en el siglo XIX por encarnar los ideales ilustrados: el rechazo a la corrupción europea, la defensa de la igualdad, el sentimiento antiesclavista y el valor de la inocencia natural. La escena de la escultura muestra a los niños protegiéndose de un aguacero con la falda (saya) de Virginia, un detalle que el imaginario popular convirtió en el paraguas que hoy define a la fuente.
Se representan dos niños de pie con expresiones relajadas e ingenuas. Pablo aparece con el torso desnudo y pantalón corto, sujetando el mástil del paraguas. Virginia viste una enagua larga y cubre su cabeza con un pañuelo (el zagalejo literario); su actitud es más dinámica, con una pierna ligeramente retrasada sugiriendo movimiento.
El tratamiento de las telas es suave y naturalista, creando una volumetría armoniosa. Para dar estabilidad a las figuras, el autor incluyó elementos vegetales —hojas grandes y conchas— que conectan la base de las figuras con el pedestal, manteniendo una coherencia estética en todo el conjunto.
El paraguas metálico funciona como un elemento hidráulico: de su parte superior surge un chorro de agua que cae sobre la superficie, simulando la lluvia de la que se refugian los niños. Esta fuente se ha convertido en un icono de Cádiz, reproducida incansablemente por artistas locales como "Nando".
Lo que comenzó como una pieza decorativa privada es hoy un hito imprescindible del paisaje urbano. La serenidad de las figuras y el entorno bucólico del Parque Genovés invitan al reposo. La réplica fue inaugurada en 2020 en un acto emotivo, reafirmando el compromiso de la ciudad con su patrimonio, a diferencia de otras versiones de la misma obra (como la de Béjar) que se perdieron por el vandalismo.
A pesar de sufrir un nuevo ataque en 2023, la obra fue reparada nuevamente por Martín Lagares y repuesta en febrero de 2025, demostrando la resiliencia de este símbolo gaditano.
Durante años se atribuyó erróneamente a Mariano Benlliure. No obstante, las investigaciones actuales señalan al taller del milanés Andrea Boni (Andrea Boni e Compagna). Boni fue un prestigioso escultor y ceramista que recuperó las técnicas renacentistas de la terracota, obteniendo menciones de honor en la Exposición de París de 1878, donde la familia Aramburu adquirió la pieza.
La réplica actual es obra de Martín Lagares (Huelva, 1976), un prolífico escultor formado en Cuenca y discípulo de Moreno Daza. Su estilo transita entre el academicismo y el expresionismo, siendo un referente actual en la estatuaria tanto civil como religiosa.
Fuente de los Niños del Paraguas, vista trasera.
