Al menos tenemos constatadas la realización de ocho versiones de la denominada Fuente de los Niños; algunas de ellas están totalmente desaparecidas; otras, realizadas sobre el original de yeso, se han reproducido en cerámica policromada, monocroma y en bronce. Algunas de estas obras han desaparecido para siempre o han sido mal cuidadas y, en algunos casos, restauradas muy deficientemente. Esto es consecuencia de la desidia, del desconocimiento y de la infravaloración del patrimonio artístico.
En 1927, Benlliure comentó el encargo de la obra para Cádiz. Por esa época (1926-1927) se estaba realizando una profunda reforma de la zona de la Alameda, consistente en la pavimentación y remodelación según el proyecto del arquitecto Juan Talavera y Heredia, quien diseñó un entramado de jardines, paseos y plazoletas mirando al mar en estilo regionalista (sevillano, diríamos más bien), con abundancia de estanques y fuentes.
Entre esas fuentes se colocó, adosada al muro del Baluarte de la Candelaria (frente a la iglesia del Carmen), la obra de Mariano Benlliure, inaugurada en 1932 pero encargada por el alcalde Agustín Blázquez (1923-1927). El primer proyecto (1926-1927) fue modificado y la fuente pasó de ser exenta a ser adosada; además, integraba la réplica de la fuente original de Benlliure en cerámica vidriada policromada. Para Cádiz, Ruiz Luna —que dirigía la fábrica de cerámica industrial Nuestra Señora del Prado, de Talavera de la Reina, fundada por Juan Ruiz Luna y Enrique Guijo, con la que el escultor colaboraba desde 1911— diseñó el resto de la fuente, que presidía, en la parte superior del luneto, el escudo de Hércules.

En 1935, se levantó todo el conjunto monumental y la fuente, siendo traslados al Parque Genovés, en una pequeña glorieta denominada "del Metrosidero". El nombre proviene del arbusto de origen neozelandés —es curioso que este ejemplar de vegetal, también denominado "árbol de hierro", sea el de mayor tamaño que hay en Andalucía— ubicado al lado derecho de la entrada a la avenida principal del parque, colindante al muro lindero del Paseo de Santa Bárbara. Desde entonces, el lugar se denominó glorieta de la Fuente de los Niños.

Luego, todo fue desidia y abandono del conjunto; poco a poco la fuente se fue deteriorando hasta desaparecer. Hay, incluso, quien sitúa algunas de las figuras de los niños en un anticuario gaditano. Lo que aún se conserva es la cerámica con el escudo de Cádiz
La obra de Benlliure es fundamentalmente escultórica; aunque el artista mantuvo una dualidad entre la escultura y la pintura. El hecho de que usara la cerámica vidriada en alguna de sus obras le permitió introducir el color en ellas; tal es el caso de la encarnación de los niños representados en la primera versión de la fuente. Con ello logró, además, aumentar el efecto pictórico mediante los juegos de luces y sombras que se producen por las posturas y la disposición de las figuras.
El tema tratado en la fuente es totalmente intrascendente: un grupo de niños que juegan y empujan a uno de ellos al agua.

Utiliza magistralmente la técnica del relieve: el bajorrelieve para la escasa y somera representación paisajística del fondo, el altorrelieve para las seis figuras de los niños (donde no todos tienen el mismo nivel de altura) y el bulto redondo para las otras dos, generando un efecto de profundidad y de perspectiva. Todas las figuras encajan y forman un conjunto armónico.

El dinamismo es absoluto; lo logra con una gran multiplicidad de gestos espontáneos y naturales, donde la relajación y la falta de tensión son patentes. Algunas figuras están representadas en escorzos inverosímiles e instantáneos, dotándolas de un efecto casi fotográfico y natural, lejos de la composición estudiada y organizada premeditadamente en un estudio escultórico. Contribuye a esa sensación de movimiento la utilización de líneas abiertas, tanto en la figura del niño que cae como en la del infante de la derecha —también exento— y en los niños situados en el ángulo inferior izquierdo y en el centro, tratados con un altísimo relieve cercano a la escultura exenta.»

Cada infante está representado con un movimiento distinto y con diversidad de actitudes y posiciones que obligan al espectador a mirar con detenimiento a cada personaje para poderlo contemplar en su totalidad. Sus figuras son todo menos frontales y manifiestan, en la expresión de sus rostros, diversas reacciones propias del universo infantil (susto, curiosidad, sorpresa o risa). La textura pulida y tersa de la piel de los niños contrasta con el tratamiento un tanto abocetado de sus cabellos.
Es evidente que el material utilizado, la cerámica vidriada, permite este tratamiento al detalle, algo que quizás otros materiales dificultan, como es el caso del bronce.

Benlliure se manifiesta aquí como el escultor realista que es; lo que importa no es el tema, sino cómo se trata. Y lo hace de forma minuciosa y delicada, plasmando los detalles más nimios, diríamos incluso irrelevantes. Obsérvese, por ejemplo, cómo uno de los críos lleva su mano a la boca, mientras el otro apoya sus manos en la cabeza del que empuja al compañero de juegos al agua.


De las bocas de tres de los niños emanaban surtidores que llenaban la taza de mármol. En la fuente original y en la de Cádiz, unos relieves que representan los rostros de seres mitológicos en cada una de las cuatro pilastras también convirtieron sus bocas en surtidores que llenaban el estanque cubierto de azulejos.

El luneto central, además de la pila de mármol en su base, tenía a ambos lados dos pilastras que delimitaban la parte central del estanque. Las partes laterales simétricas se enmarcaban con otras dos pilastras y, entre ellas, un friso de cerámica vidriada con escenas que las fotografías utilizadas en este análisis —en blanco y negro y con escaso detalle— nos impiden poder describir.

Sobre estos frisos se colocaron unas guirnaldas (tiras tejidas de flores y ramas), al igual que sobre la cornisa curva que enmarca el luneto central.
Sobre cada pilastra se colocó una copa de cerámica utilizada como macetero. Las dos guirnaldas sobre el luneto se unían en el centro con el escudo de la ciudad, el cual parece ser la única pieza que se conserva intacta del conjunto. Esto nos permite observar la rica policromía que debió tener toda la obra.

Al estar destruido el conjunto escultórico y la fuente, he utilizado el método de escalas para dar unas medidas aproximadas. El luneto central medía aproximadamente 90 cm de alto por 200 cm de ancho; escalando el resto de la composición, podemos afirmar que el conjunto total tendría una altura aproximada de 275 cm y una longitud de unos 640 cm. Para facilitar la visualización del juego de proporciones, se acotan de forma aproximada el resto de los elementos de la fuente adosada.

Este hito escultórico desaparecido está en el recuerdo de muchos gaditanos mayores. Hace unos meses, la empresa Aguas de Cádiz planteó la recuperación de las fuentes ornamentales de la ciudad; lo ha hecho magistralmente con la «Fuente de los Niños del Paraguas».


Es evidente que no se trataría de una restauración propiamente dicha, sino de una recreación a partir de las fuentes históricas. Con todo, me posiciono a favor de la conveniencia de reconstruir esta fuente por su valor como patrimonio histórico de la ciudad, por su importancia para la memoria colectiva, por el valor artístico de la obra y por la relevancia de su autor.
Prueba de su pervivencia en la memoria de los gaditanos es esta maqueta de la fuente que reconstruyó el artesano gaditano A. Collantes en 2017.



