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Hace un año perdimos al director francés Alain Resnais. Junto a François Trauffaut y Jean-Luc Godard fueron los máximos exponentes de la nouvelle vague. 

Y, al tercer día, resucitó de entre los muertos:

Hace un año perdimos al director francés Alain Resnais. Junto a François Trauffaut y Jean-Luc Godard fueron los máximos exponentes de la nouvelle vague. A diferencia de otros pupilos de Jean Pierre Melville, Resnais no forjaría sus armas como crítico en Cahiers du Cinéma. Su vocación era tan plena que antes que su primer largometraje, Hiroshima, mon amour (1959) viese la luz ya había realizado numerosos cortometrajes alrededor de la pintura como máxima exponente expresiva de su tiempo y la problemática bélica. Su espíritu indómito le empujaba a buscar siempre la película más prolija posible y, con ella, sorprender a un público elitista y minoritario. De hecho, de Alain Resnais jamás se esperaba dos películas iguales. Pierre Arditi, uno de sus actores preferidos, afirmaba a menudo que “nada se parece menos a una película de Resnais que otra película de Resnais, siempre estuvo experimentando sin nunca copiar lo hecho anteriormente”.

Entre su obra destacan varios títulos: en su obsesión por lo estético, Coeurs (2006); en lo teatral y simbólico, Les herebes folles (2009); en Nuit et brouillard (1955) indagaba en las sinrazones y misterios del holocausto. En 1961 adaptaría la novela de Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel. Con guión de Jorge Semprún publicaría en 1966 su célebre La guerre est finie.

Ni que decir tiene que aún hoy me desvela la lúgubre y cenicienta Hiroshima, mon amour. Esa cinta posee ciertos rasgos que la emparentan con el clasicismo de Hollywood. Emocionalmente la reconozco entre Notorius (1946) de Alfred Hitchcock y Lost in Translation (2003) de Sofia Coppola. Me permito decir, fané y descangallado, que el espectador que quiera verlas en batería se sumergirá en un mismo universo con distintas gamas de color. Lo que en un principio se presenta como un documental antibelicista, la película se torna repentinamente en una historia de amor (excelentemente compenetrados los actores y Emmanuelle Riva) entre una joven actriz francesa y un apuesto japonés. Asistiremos atónitos a un hipnótico hallazgo de amor disperso con un alegato memorístico contra el olvido y, no olvidemos que el film transcurre en plena Guerra Fría, la amenaza de una posible guerra nuclear como telón de fondo.
   
Es jodido estar hecho de carne y tener que vivir como si estuvieras hecho de hierro. Hay noches que merecen ser olvidadas y otra taza de café para seguir el camino, por favor. No se trata nada más que de vivir.

Lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano. Hay que volver a la espiritualidad, a la fe y a Dios.

La esperanza casi nunca viene ligada a la razón. La esperanza, como la flor de la noche, es para quien se la trabaja. Únicamente se la merece aquél osado de liberarse de la jaula racional. Dicho esto, cualquier tipo de explicación lógica de un sentimiento o un anhelo cabe a limitarse. Hablar es donarse al malentendido. Para ser un héroe hay que saber entregarse al silencio humildemente. Entonces, de la ceniza brota el verso sonoro.

Hay que vivir con intensidad, agradeciendo a todo el mundo que se nos cruce por el camino la alegría de vivir. Hay que permanecer enamorados los unos de los otros y dar gracias porque Emma Watson y Jennifer Lawrence habitan el orbe.

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