Quizás las vísceras de un pintor impresionista sean pastel, nada más que pastel, toneladas de pastel que brotan de los cuadros, de las paredes y de los vientres de las bailarinas… Al entrar en la sala Black Gallery, el visitante queda atrapado en una atmósfera saturada. Hay una sustancia viva que atraviesa las paredes, los lienzos, las esculturas, y nuestros cerebros… Para defenderse de esa lava asesina, Manuel del Valle da un giro a la mitología impresionista a través de los títulos, de las fotografías irreverentes, de lo escatológico… Hay incluso, para los más creyentes, un altar dedicado a esos santos, a esos pasteleros divinos… Manuel del Valle ha contado con la colaboración de Rafael Amaya. Juntos han elaborado un vídeo en el que se escenifica la mirada subversiva del artista jerezano, una mirada irónica y corrosiva sobre la estética impresionista.

Manuel del Valle nos explica cómo surgió la idea: “Lo primero que me vino a la cabeza fue una imagen de cuadros impresionistas rasgados y abiertos, y en eso empecé a trabajar. Luego, me vino otra imagen que explicaba las roturas de los lienzos. Era como una fuerza, como un ente vivo y orgánico que empujaba esa pintura del XIX y terminaba por resquebrajarla y romperla. Y también un altar para esos pintores ya difuntos del pasado: Monet, Morisot, Degas, Pissarro, etc.”.

Para desplegar esta idea ha utilizado diversos materiales y recursos: “Quería hacer un vídeo donde se grabase la real disolución de una pintura impresionista y su transmutación en algo verdaderamente vivo, así que se lo comenté a Rafael Amaya, y él fue el que se encargó del realizar el video y también de componer la música que acompaña a la instalación. A eso le he añadido unas fotografías de artistas practicando la pintura Plein Air en cementerios. También he incorporado alguna, llamémosle, reliquia familiar, en concreto una caja de pinturas y unas placas fotográficas de modelos parisinos, que pertenecieron a mi bisabuelo Gabriel Cortés, y que considero que no podían encontrar mejor marco para ser expuestas”.

El visitante se encontrará con un altar: “Hemos crecido leyendo biografías de personajes célebres, personajes subidos a los altares, vidas ejemplares, edulcoradas para servir de ejemplo a nuevas generaciones. Esas biografías estaban deshumanizadas, eran hagiografías. Es por eso lo del altar impresionista. De hecho, al igual que ocurre en las iglesias con los santos patronos, al lado le he puesto un cepillo para que los feligreses puedan aportar su donativo”.

Para Manuel del Valle es muy importante el espacio donde expone su trabajo, no sólo las medidas y las posibilidades, sino también quién lo dirige, cuál es el estilo… Todo ello confluye en el origen de la idea: “En el estudio actual de la Calle Francos llevo ya como unos veinte años. Y hará, pues no sé exactamente si unos diez años o quizás menos, unos chavales montaron una tienda de tatuajes que casi lindaba pared con pared con mi estudio. Y me llamaron mucho la atención los escaparates de la tienda, sus extraordinarios diseños, su buen gusto. Objetos de coleccionistas, libros rarísimos. Y como el chaval que lo llevaba, José Fernández, alias Popeye, me lo encontraba muchas veces a la puerta echando un cigarrito, pues ahí empezamos a hilar conversaciones. Luego ellos se fueron de allí, y montaron la tienda actual en la Calle Eguiluz número 6, Iron Horse Tattoo. Y con ese espíritu que yo llamo berlinés, que les caracteriza, también reservaron un espacio de Galería, la “Black Gallery”. Así que en una de esas, se me acercaron estos artistas, José Fernández, María Melero y Daniel Lacalle, para ofrecerme su espacio para que hiciera algo según mi antojo”.

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