Ha nacido otra estrella

María Terremoto se consagra prematuramente en su tierra. Exhibe en Villamarta su poderío vocal, pero también su condición de artista con insólita madurez a sus apenas 18 años

María Terremoto, en su despedida del recital que ha ofrecido en Villamarta. FOTO: MANU GARCÍA.
María Terremoto, en su despedida del recital que ha ofrecido en Villamarta. FOTO: MANU GARCÍA.

Por ley de la naturaleza, en el firmamento flamenco van apagándose unas estrellas y van alumbrando otras que siguen esas estelas que, de una manera o de otra, quedan en la memoria física o espiritual de los buenos aficionados. Como una estrella consagrada, bajo la luz cenital, compareció en el Teatro Villamarta, el pasado sábado, María Terremoto para presentar su primer álbum discográfico, La huella de mi sentío, una obra iniciática, a veces casi como un réquiem a la memoria de su padre, pero con una inusitada madurez y conciencia para una joven que apenas sobrepasa la mayoría de edad. Antes de abrir la boca, el público ya había ovacionado largamente a la cantaora. Jugaba en casa, pero fue igualmente sobrecogedor y emotivo. Y, sobre todo, era la prueba de que aquello no era un recital más. Ni para María, ni para los que asistimos al feliz alumbramiento. ¿O era a una prematura consagración?

Cuando remató, pocos minutos después, a pecho descubierto la tanda de trilla, romance y martinete, todavía duraba el estremecimiento de unos ecos aplastantes, rotundos, que nos anclaban en la butaca sin poder resistirnos. Como transportados en una máquina del tiempo con el vello a flor de piel. La garganta de esta mujer es como si viajara (y nos hiciera viajar) por la noche negra de lo jondo hasta encontrar el eslabón perdido. Pero no es solo su chorro de voz, su jondura extra virgen, es también su insólito saber estar en el escenario, su conexión permanente con su público, y la puesta en escena —elegante, sobria, jugando bien con todo el proscenio y con la iluminación, con sus músicos, con sus artistas invitados…—, y su acierto por arrinconar lo que suena pasajero y darse casi por entero a lo cabal y a lo eterno. Como si quedara ya a años luz de distancia aquella niña tímida que vimos debutar hace unos años empujada por su padre Fernando y su familia en la peña jerezana a la que da nombre su abuelo. O como si ya fuera otra aquella cantaora repleta de cualidades y potencial, pero aún dubitativa y exceso de potencia, que disfrutamos hace medio año en el marco del pasado Festival de Jerez.

María Terremoto con Esperanza Fernández, en la zambra que interpretaron a dúo. FOTO: MANU GARCÍA.

Esta estrella crece con paso de gigante, marcando aún su territorio, apegada a su estirpe, luciendo su identidad, pero exhibiendo unas tablas y una verdad cantaora que es un manantial de agua fresca en la larga travesía del desierto de un flamenco actual más pendiente de las modas y las ventas que por buscar la esencia, sea por caminos nuevos o por otros ya transitados. Apenas dos concesiones, como homenaje a dos composiciones emblemáticas de su padre como Luz en los balcones Nadie lo sepa, rompieron el sobrio clasicismo de un recital que apenas decayó en la recta final de su hora y 45 minutos de duración, cuando pareció que María no se terminaba de encontrar en los fandangos y cuando estuvo como con prisas en la seguiriya. Hasta la escena se volvió más desordenada, quizás ya como si se hubiera llegado al caótico frenesí o al clímax de una noche flamenca épica y de imborrable recuerdo.

Bien respaldada por la guitarra de Nono Jero y el resto de su gente en el atrás, Terremoto contó además con las pinceladas de la voz de Esperanza Fernández y las manos al piano flamenco de Ricardo Miño, en una suite de zambras que ha incluido en su primer disco, y con José Carpio Mijita y José Valencia en una ronda de soleá por bulerías en las que también participaron los nudillos a compás de El Bo.

Cortó la respiración María en la malagueña de Chacón y los abandolaos de Frasquito Yerbabuena; mostró todo su desparpajo en los tangos; derrochó poderío en las soleares y sobrado compás en las bulerías marca de la casa y con denominación de origen Santiago-La Asunción; y, en suma, demostró con holgura que no hay mayor innovación que bucear entre los tesoros del pasado, escarbar y masticar las raíces, y subirse a darlo todo a un escenario con total honestidad. Inteligencia y cualidades, en fin, de una mujer llamada a estar entre las grandes constelaciones del firmamento flamenco de ahora y del futuro. María Terremoto brilla. Brilla mucho. Ya lo está haciendo.

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído