Noviembre de 2009 en la asociación cultural Fernando Terremoto. Mientras su padre la convence y la empuja a cantar, ella resopla intentando evitarlo, con gesto infantil, pero ya asumiendo la responsabilidad que le llega y luchando contra la timidez. El momento está en YouTube y dura apenas tres minutos. María tiene a su derecha a su madre y a su espalda a Juana la del Pipa y a la Chati, pendientes de que el arbolito no se tuerza nada más nacer. Segundos después, explota. Todo le sale con una naturalidad que es la que obliga luego a su padre a arrancarse con una de aquellas inolvidables pataítas por bulerías que se gastaba el bueno del Terre. “A quién le cantaré yo, yo le canto a mi pare, que tengo la obligación”, enuncia por bulerías María Fernández, que en ese instante acaba de convertirse, sin que ella aún lo sepa, en María Terremoto.

Entre el fatum genético y el efecto Pigmalión, casi una década después de aquello, María —y el flamenco— perdió a su padre demasiado pronto, y ahora, ya mujer, ya mayor de edad, hace dos años que emprendió su camino en el cante por convicción y casi, casi por una obligación no escrita de perpetuar la saga. Todo ha ido muy rápido para el baluarte de la tercera generación de la casa Terremoto y en esa velocidad reside el peligro.

Mientras su padre estalló con 22 años tras hacerse guitarrista y vivir durante años cobijado a la sombra de ser ‘Terremoto hijo’ o ‘Terremotito’, mientras que casi hasta el final estuvo bailándole al cante y componiéndose hasta sus propias letras, María hace año y medio que ganó el Giraldillo Revelación de la última Bienal, ha compartido escenario en el Liceo con Poveda y ya encabeza carteles allá por donde pisa codeándose con la élite flamenca. El último escenario ha sido el del Festival de Jerez, dentro del ciclo Mujeres en la frontera, para presentar Raíces, un recital de corte clásico trufado con algunas composiciones que le ha legado directamente su padre. Y visto lo visto, mal se le haría si no le diesen tiempo y espacio para seguir creciendo y profundizando en lo suyo.

Porque mientras va explotando esas cualidades sobrenaturales que atesora, parece en cambio como si en toda esta vorágine no lo hubiese dado tiempo a pensar un poco en qué quiere ser de mayor en esto del cante y solo este empeñada, como dijo al empezar el espectáculo, en “demostrar” de dónde viene. Pero María no tiene que demostrar nada, al menos por ahora, salvo su combate por encontrar su propia identidad y su verdad flamenca. Una verdad que halla en la seguiriya para honrar la memoria de su padre, pero que luego no aparece cuando su cante es simplemente un derroche de cualidades pero más superfluo —y menos punzante, claro—.

La seguiriya es una daga que acuchilla por cómo la mastica y por lo que encierra, solo por encima de la toná con la que abre el recital y las soleares, momentos estelares de la noche, minutos que supieron a gloria, en los que el toque de Nono Jero siempre aportan oxígeno, matices y profundidad a su queja. La segunda parte, más festera, mas liviana, decae, con menos coherencia en la búsqueda y un cante menos recogido y más cara a la galería, donde aparte lo abre a colaboraciones intrascedentes.

Cuando empezaba, Jesús Méndez, que también tardó tiempo en pasar de ser ‘el sobrino de La Paquera’ a convertirse en Jesús Méndez, era un caso parecido al de María: una potencia descontrolada, un chorro de voz que solo buscaba demostrar, pero al que aún le faltaba conocimiento más allá de lo que tenía más cerca y tablas para saber hurgar en las entrañas, algo que no siempre está en la afinación, la dicción y la respiración, sino que es más propio de los silencios y de lo que no se dice; más buscar uno en sí mismo antes que querer encontrar por la vía rápida.

Vino a la memoria la comparativa cuando María entonó la zambra Soleá de mis pesares, que cumplirá medio siglo el año que viene en boca de La Paquera y que Jesús también empezó cantando en sus comienzos y la incluyó en su primer disco. Ella la revisó cantándola visiblemente preocupada por llegar pronto al do de pecho, cuando lo que Francisca hacía era todo lo contrario, contenerse y almacenar toda la melancolía y dignidad que encierra la letra de Antonio Gallardo y Nicolás Sánchez. Al final lo que importa, como escribió su padre Fernando en Pasajeros del tiempo, canción que también interpretó en su recital su hija María, es que cada minuto sepa a gloria y se grabe en la memoria. Al final, se trata de cantar lo que se es, pero también como si cada vez fuese la última.

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