Gaspar de La Zaranda: "La cultura y el teatro nunca pueden estar al lado del poder"

El cofundador de la compañía andaluza, con más de 40 años sobre los escenarios, asegura que en estos meses de confinamiento "echo de menos hablar de teatro y vivirlo de la forma tan especial como lo vivimos"

Gaspar López Campuzano, en la Sala La Quemá, tras un ensayo en estado de alarma. FOTO: MANU GARCÍA
Gaspar López Campuzano, en la Sala La Quemá, tras un ensayo en estado de alarma. FOTO: MANU GARCÍA

Gaspar López Campuzano (Jerez, 1954), Gaspar de La Zaranda, comenzó a juguetear con el teatro desde sus tiempos en el instituto Coloma de su ciudad natal. La cosa se tornó en una especia de salto profesional con la Transición, cuando arranca su andadura teatral, en el año 1978, junto a Paco y Juan Sánchez, en La Zaranda, compañía con la que ha recorrido desde hace más de 40 años, a base de honestidad y resistencia, los escenarios de medio mundo y con la que obtuvo el Premio Nacional de Teatro hace ahora una década.

Paralelamente a su rol como actor en este grupo que se autodenomina compañía inestable de ninguna parte, ha desarrollado una interesante labor como director teatral desde 2004: La niebla (2006), Leche y picón (2012), La mano abierta (2013), Soníos negros (2015) y recientemente El tren Chimeneo (2016). Aficionado al flamenco y a la poesía, sale del confinamiento y pronto, entre bolo y bolo, será posible reencontrarse con él en el Gorila, en la plaza Plateros de Jerez, o en las Bodegas Alfaro, en el madrileño barrio de Lavapiés.

¿Cómo lleva la desescalada?

Lo peor ha sido la escalada, cuesta más escalar que desescalar. Aunque el confinamiento ha sido bastante suave. Donde vivo tengo una azotea y por lo menos puedo ver el cielo. Es una casa grande donde mis nietas viven abajo y más o menos he llevado una vida hogareña, cosa que no hacía desde hacía mucho tiempo. El tipo de trabajo que tengo me ha hecho estar lejos de mi casa muchas veces.

Era una situación inédita de tanto parón después de unos 40 años sobre los escenarios, ¿no?

Casi 42 años sin parar.

¿Y cómo ha afrontado ese reseteo?

La verdad que uno se siente bastante extraño. Y además esta incertidumbre… Nosotros hemos vivido siempre muchas crisis por el tipo de trabajo que tenemos, hemos estado siempre como equilibristas en el alambre, pero esta crisis nos ha tocado fuerte porque ha sido tan grande… en otras crisis, como la de 2009, se notó, pero teníamos posibilidades de salir fuera, y si en un sitio no había trabajo, lo había en otro, pero esta vez no nos hemos podido mover y no sabemos cuándo podremos viajar de nuevo al extranjero. Se nos han suspendido giras en el extranjero y también las funciones que teníamos en España, así que preocupado. Y preocupado sobre todo por la sensación ésta de falta de libertad.

La Zaranda ha sido como una especie de bola mágica donde muchos de nuestros trabajos han avisado de todo lo que nos podía pasar

¿Personalmente en qué fase está?

Ahora mismo aquí puedo trabajar con la gente de Tras el Trapo, estamos terminando de montar un trabajo infantil sobre Rodari, y al menos eso me está quitando un poquito el gusanillo y parece que está haciendo uno algo. En casa puedes leer, ver una película, pero llega un momento en que estás hasta la punta del pelo. Por otra parte, mis compañeros viven en Madrid y seguro que lo han pasado peor, con más miedo, porque allí las circunstancias han sido mucho más duras, pero han seguido trabajando, leyendo, y estamos solo a la espera de que les den permiso de salir de su comunidad para volver a encontrarnos y replantearnos muchas cosas que teníamos previstas para ver cómo las canalizamos.

https://youtu.be/WSmYyxh8_zQ

¿Qué ha echado más de menos en este dique seco, el público o su aplauso?

Lo que más echo de menos es a mis compañeros. El hecho de viajar, estar en un sitio, moverte, ir al teatro… hablar de teatro y vivirlo de esa manera tan especial como lo vivimos.

¿Ha tenido tiempo en el confinamiento de reflexionar, de acordarse de cómo empezó en esto hace medio siglo?

Uno va analizando muchas de las cosas que ha hecho y la verdad que La Zaranda ha sido como una especie de bola mágica donde muchos de nuestros trabajos han avisado de todo lo que nos podía pasar. En muchos trabajos está patente mucho de lo que está ocurriendo. El teatro es como un reflejo de la sociedad y se tiene que anticipar a lo que estamos viendo, porque lo vamos viendo y canalizando de otra manera, no solo por las informaciones, que muchas veces lo único que hacen es confundir. Nosotros nos guiamos por nuestra verdad en el teatro, y nuestra fe en que los principios del ser humano y de esa verdad, reflejen lo que vamos a vivir. 

Habla de espectáculos como ‘El régimen del pienso’, que en 2011 ya hablaba de una pandemia.

Hablo de trabajos como Ahora todo es noche, El régimen del pienso, El grito en el cielo… son trabajos que hablan de lo que nos pasa ahora. ¿En qué estamos? En verlas venir, como todos. Estamos en primera línea de eso que nos está pasando. Estamos siempre con las antenas puestas a ver qué pasa en la vida, con qué soñamos y si seguimos soñando con lo mismo, que es vivir cada día. Ahora que ha habido esta desgracia que tenemos, parece que el sentido de la vida nos va transformando a mucha gente que medita por qué vivimos, que no es simplemente seguir durando, sino vivir cada día y sentir el dolor de otros seres humanos a través de nuestros personajes. Por eso llegamos al público de esa manera.

Campuzano posa antes de la entrevista en 'El Patio de lavozdelsur.es'. FOTO: MANU GARCÍA

La pregunta iba más atrás aún de La Zaranda, pues lleva medio siglo sobre los escenarios y al final esto es como seguir jugando, reinventándose, ¿no?

Siempre estás en un ciclo y cuando terminas uno, empiezas otro y parece que no has hecho nada. Entonces, siempre tienes el miedo metido en el cuerpo, pero te tienes que atrever porque ese miedo te va a resolver los problemas que vayas teniendo. En el teatro se aprende, pero todo lo aprendido, cuando construyes algo nuevo, lo tienes que desaprender porque te contaminas de lo que has hecho antes y es perjudicial. Es como una metamorfosis, los personajes se meten en ti y tienes que hacerlo algo vivo. No solo es un trabajo mental y físico, es espiritual. 

Digamos que ese arte del actor en La Zaranda va más allá de lo que pueda pensar uno que es la interpretación.

La interpretación no es más que los recursos teatrales que tienes para poder engañar al público, pero la verdad es poder meterte en la piel de un ser humano y de su dolor, en el silencio, en la poesía, en todo eso que nos mueve y nos conmueve.

En algún momento de esto que hemos vivido parecía que íbamos a salir mejores de ésta…

No creo que vayamos a salir mejores, pero tampoco peores. El ser humano cambia poco. Esto es solo una llamada atención, pero estoy completamente seguro de que dentro de dos años la gente se ha olvidado de casi todo esto. Solo les servirá a unos pocos, como siempre, y esos pocos son los que esperemos que lideren la batalla de poder enseñar a los otros lo que es la vida, el amor, que no estamos aquí, lo que dije antes, simplemente para estar durando. 

En su último trabajo, El desguace de las musas, una de sus muchas metáforas es la de la demolición del arte y la cultura, ¿quedará algún refugio después de esto?

Es que la palabra cultura está tan politizada… cuando se utiliza demasiado una palabra la destruimos. Es cierto que en El desguace de las musas hablamos de eso y ha sido como premonitorio. Pero por desgracia parece que todos nuestros trabajos lo son. Recuerdo una anécdota de casi cuando empezábamos, estábamos con Mariameneo, Mariameneo, y en el País Vasco un político nos dijo que por qué hacíamos ese teatro tan destructivo y tan funesto con lo bien que estábamos ya en España y se vivía tan bien. Eso de hablar de la miseria del ser humano no podía ser, y fíjate, después de 40 años a ver si vienen y me lo dicen otra vez.

Ahora se ha aprobado el Ingreso Mínimo Vital. Decía Lorca que había que tener un trozo de pan y un libro, pero parece que lo del libro siempre se sigue dejando en segundo plano.

Al sistema siempre le ha interesado que no aprendamos demasiado, que no seamos demasiado listos. La cultura siempre se ha utilizado cuando les ha interesado porque daba votos. Pero la cultura no es de izquierda ni de derecha, es del que la tenga. Y se ha utilizado como algo político, y se ha manejado. Y claro, al poder no le interesa un teatro que le critique. La cultura y el teatro nunca pueden estar al lado del poder, si no, son una herramienta que el poder usa para engañar.

¿Cuál es el peor virus que ataca al teatro?

Creo que el teatro mismo. Mucha gente que hace teatro alimentada por esa gente de la que te hablaba, como herramienta para los poderosos. Ese teatro que nos engaña a todos, que parece que es maravilloso y es una gran mentira. Ese es el peor virus: la mentira. Y utilizar al teatro simplemente como algo comercial.

El año pasado La Zaranda estuvo por primera vez en Japón. Nos llevan años de ventaja en el uso de mascarillas. ¿En qué más?

Fue una experiencia maravillosa. Ellos son un pueblo muy especial, con mucho respeto, que tiene una historia teatral muy antigua, como su cultura, y al mismo tiempo es un pueblo super moderno. Y aprendes de ellos, la calma que tienen. El mismo paisaje donde estábamos todo te llamaba a esa calma, con esa reflexión y unos silencios espirituales de hacer las cosas de otra manera. Al final del festival estaba lloviendo a cántaros y la gente fue a ver teatro y la gente se quedaba quieta viendo esa obra. Eso no lo hemos vivido en la vida.

Y eso que han vivido..., y especialmente en Latinoamérica.

Eso ha sido un revulsivo, conocer la sociedad desde otro punto de vista. Esa miseria que estaban con fuerza y que aquí aparentemente no existían. Son países muy violentos, pero al mismo tiempo con mucha inocencia, se ve el teatro de otra manera, les llega y les importa. Al artista lo ven como un Dios, y es algo espiritual. El teatro en Latinoamérica ha sido una experiencia que nos ha hecho probablemente hacer el teatro que hacemos. 

¿Cuál de los personajes que ha interpretado le sigue visitando?

Muchos se han aparecido. Pero es que nuestros personajes no caen en el olvido, están en la calle, en cualquier sitio, vienen de ahí, de esa verdad, de ese dolor, de esa alegría, de ese encuentro, de esa experiencia… vienen de todo eso que hemos vivido y de nosotros mismos. No tenemos ni que recordarlos, solo salir a la calle.

En noviembre se cumplirán diez años desde que La Zaranda recibió el Premio Nacional de Teatro, ¿cuál es el secreto de esta eterna juventud y esta inestabilidad de ninguna parte tan estable?

Creo que el secreto es la inestabilidad que hemos tenido siempre y que nos ha hecho no creer en fórmulas de hacer teatro, sino estar siempre en ese alambra, en ese equilibrio para poder sobrevivir. 

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