El tránsito que va de las tinieblas a la luz fue el sueño místico del magnus opus de los alquimistas, el proceso clave para hallar la piedra filosofal que convierte metales en oro y otorga la inmortalidad. Es la base que replica La Divina Comedia, en la que un desdoblado Dante emprende ese descenso iniciático a los nueve círculos del infierno, pasa por el purgatorio y asciende a la luz cegadora del paraíso. También es la fuente de Una temporada en el infierno, el poema de Rimbaud que busca luz al final del túnel, agua en el desierto de la vida.
Como Dante o Rimbaud, el creador sevillano Andrés Marín emprende el mismo viaje —una y otra vez a lo largo de su dilatada e inquebrantable carrera de fe en sí mismo; había mucho de esto en La Pasión, según se mire—, danzando hasta la extenuación, y acaba con gafas de sol junto a una Ana Morales (la Beatriz de Dante) que da sentido espiritual y corpóreo a una obra hecha de carne, sangre y huesos; Ella como símbolo de la fe y llena de gracia. Él, demiurgo de una propuesta tan rompedora como acostumbra, tan provocativa como honesta y disruptiva.
Un trance alegórico inquietante, alucinado, lisérgico, con unas palpitaciones familiares con este dúo salvaje de bailaor-bailaora-danzaor-danzaora que nos remueven, nos interpelan a cada mudanza y nos retienen siempre en la butaca a la espera de la siguiente curva, del siguiente meneo que nos vuele la cabeza.


Una propuesta, presentada ahora en el 30 Festival de Jerez, que se mueve a veces como un ajuste de cuentas de la tradición con la vanguardia, y viceversa; como un cuadro abstracto donde cada espectador pone el sentido ante la representación visceral (Pepe Barea y Carlos Marquerie, responsables del espacio escénico y la iluminación vuelven a traernos aquí a la memoria aquel Caída del cielo de Rocío Molina) que se le brinda en la tabla.
En unas penumbras espesas, donde el olor a incienso se entremezcla con la carne cruda, las malagueñas de un hombre orquesta (colosal Antonio Campos en todos los palos, hasta recordando a Silvio en esa versión del Stand by me que reinventó como Rezaré) se mecen al son del órgano. La atmósfera a ratos perturbadora del espacio sonoro, entre Susana Hernández Ylia y la percusión de Manuel de la Torre, subrayan a la perfección los climas. La Pasión se subvierte hasta rozar (sin caer en ella) la herejía —como en las recurrentes épocas del último siglo donde no muere lo viejo y nace lo nuevo del flamenco—.
El mundo de lo cofradiero adquiere ese toque anarcosindical que describiera Chaves Nogales en su serie de reportajes sobre la Semana Santa en Sevilla, publicados en el diario Ahora en 1935. Donde el dorado de los respiraderos baña también en oro a los penitentes que tratan de salvar sus almas. Porque antes que en un territorio ultrarreno, el baile de este tándem de Premios Nacionales de Danza (ambos fueron distinguidos en 2022, ella en la modalidad de interpretación; él, en la de creación) permanece anclado a eso que llaman la Sevilla eterna y apenas buscan, entre el vértigo y el riesgo extremo, un resquicio para su libertad, en pareja y en su propia identidad individual.


Es en esa Baja Andalucía barroca donde se confunden y se entremezclan deseo y amor, lo pagano y lo sagrado, la liturgia con lo mundano (como esos armaos que en un momento dado del espectáculo descansan de sus cornetas y se toman el refresco con el bocata), el mal sueño y el despertar, la alimaña y el hombre (la pelea por los trozos de carne en el suelo)… "Lo que siento con la fe lo vivo en la carne", se lee con el telón bajado antes de que la luz ilumine el torso desnudo de Marín en el arranque de Matarife/Paraíso.
Es solo el comienzo, o el reinicio, de una ceremonia que va de un ambiente con su punto sórdido, con una luz solanesca como de El fin del mundo, a una catarsis de luz deslumbrante y baño de oro y color, a lo surrealista Maruja Mallo, donde las cornetas lanzan al ruedo un tórrido paso a dos de Marín y Morales con pies y brazos afilados como cuchillos de matarife. Dispuestos a llevarnos rendidos ante su magnetismo escénico a las mismas puertas del cielo. Y de fondo, esa marcha a velocidad hiperlenta, como recordándoles a los bailaores esa máxima de Juan Ramón, que no era de Sevilla, pero también es un andaluz eterno: "No corras, ve despacio, que donde tienes que ir es a ti mismo".


