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La compañía de María del Mar Moreno ha actuado recientemente en la capital francesa, donde todavía se palpa el miedo tras los atentados del ISIS. El artista Santiago Moreno cuenta para lavozdelsur.es la experiencia vivida.

El viaje a París en furgoneta, desde los fondos viejos y salinos de San Telmo, no había comenzado nada bien.

Cuando el guardia civil detuvo el furgón -Tolo llevaba media hora comiéndose una línea continua en el sevillano puente del Quinto Centenario- y vio que estaba cargado de barriles negros, yugos, de Lolas Flores y Piriñacas..., no pudo ocultar su extrañeza: ¿Dónde vais con todo esto?

Me adelanté al cantaor y contesté que a París para unos espectáculos; que los bidones estaban vacíos, que el resto de la compañía de Jerez Puro salía al día siguiente y que si podía obviar, en un alarde de piedad o trato de carretera mejicana, el despiste de mi compañero porque realmente estábamos muy atentos a la ruta... "No tan atentos parece ser", respondió el agente. Tuve que callarme como era lógico y razonable.

Doscientos eurazos resultó la multa..., cosa que alivió a mi compañero ya que, según me dijo por lo bajines mientras el guardia se despedía, tengo menos puntos en el carnet que el Xerez de Cuco Ziganda.

Así de mal empezó la jornada y todavía no habíamos alcanzado a desayunar. Pero llegaron kilómetros de cante, de Europa FM, de chistes malos, de cafés de water y dudoso jamón de bellota, de historias de gitanos y mangas verdes; kilómetros de Guadianas invadidos por una plaga tropical, de lluvia de piedras en los campos cacereños, de diésel y más diésel, de terremotos a nuestras espaldas con cada curva rápida... Llegaron todos los kilómetros a devorar pero sin más contratiempos -gracias al Dios de mi amigo Tolo- que el de buscar un buen sitio para dejar la mastodóntica furgoneta en la ciudad de Vitoria, justo a medio camino de la capital francesa.

Ya en el hotel me invadió la rutina de la última semana: el miedo a ese París de bala y vida perdida, a ese terrorista con acento inglés y arma rusa, a ese qué hacer y qué no ser, a esa tele de pago que nos cobra en miedo e histeria, a ese hotel de cuatro estrellas con dos jerezanos que no quieren perder su estrella en la Rue Aristride Briand o sobre la escena del propio teatro Ravel de Levallois mientras actúan por seguiriyas.

De esta guisa me acosté tras dejar lista, sobre una silla, la ropa para un confuso mañana de peajes con fusiles de largo alcance. Me fui a la cama tras afeitarme cuidadosamente la barba que dicen los necios que ya sobra y que acerca al pánico. Me quedé dormido tras cuatro vueltas y media verónica a ese toro negro que es lo que nunca podremos tener a mano: nuestro futuro y el de los nuestros... Y todo porque nos dejamos convencer por esta sociedad de naciones que no se entienden, ni a la de tres, cuando reclaman su lugar en el mundo al mismo tiempo.

Pero a pesar de tanto debacle anunciado me quedé dormido -como cada uno de nosotros terminamos haciéndolo- una hora después de que Tolo se despidiera de su Dios por ese día... justo cuando ya veía de reojo que estaba soñando a corazón suelto.

Segundo Día

No quise levantarme temprano, por más que mi compañero estuviera ya muerto de hambre y de carretera.

Más tarde hiciésemos entrada en París tanto mejor, menos tiempo merodeando sus avenidas donde, según dicen los presentadores de estrechas corbatas y pantalla plana, estos días sólo corre el viento y no pasa la vida. Sólo acertamos a darnos prisa -tras el pausado desayuno europeo de huevo revuelto y bacon de alta tensión- cuando salimos corriendo hacia la furgoneta para que la maldita hora (no el tiempo) no se nos echara encima y el día empezara, para el desastre de las arcas de mi hermana María, con otra multa a distancia y juicio bancario.

Casi las diez. El guarda de turno no ha pasado aún. Extraño para la gente del norte acostumbrada a levantarse con la escarcha. "Te estás cayendo a pedazos" dice Tolo al verme aliviado por no tener la dolorosa pegada al cristal del parabrisas. A él ya no le duele nada.

Enfilada la ruta abandonamos España en un abrir y cerrar de ojos, dejándonos media billetera en llenar el deposito de nuestro tanque sin cañones; pensé que la gasolina estaba por las nubes en el país vecino -y eso que había ido a Francia en coche hacía no más de un mes- pero no, está a la categoría de la española: de robo a mano armada aunque ya sabemos de qué va todo este tinglado del petroleo, el gas y de los molinos de viento sin aspas.

Bayona, Biarritz, mi Burdeos... y a lo lejos Poitiers. Hasta aquí llegó Al-Ándalus en el siglo VIII. A una semana de marcha para las tropas islámicas del derrotado Al Gafiki y a tres horas de coche, en este caso presente, para mí y mi copiloto. ¡Me parece todo tan relativo en estos días donde se recuerda a Einstein y su teoría de la relatividad!

Pero con París a lo lejos, tras el viejo Orleans, y su serpiente roja sobre el asfalto de la A10 nada es relativo. Todo se vuelve tangible y concreto sin avisar: el humo de los coches y las sombras que habitan dentro, las motos pasando a dos centímetros de la muerte en cada adelantamiento, la torre Eiffel y lo que queda del Sacre Coeur sobre un ejército silencioso de bombillas de un único color.

No hay lugar, en este París de Noviembre, para lo relativo: o se es o se deja de ser en el ejercicio necesario de la supervivencia.

Embutidos en el silencio y atentos al parlamento de mi GPS, con el Sena a nuestra izquierda, fuimos entrando lentamente en las entrañas de la capital, con el tanque de gasolina en reserva, añadiendo otra luz roja a este París de alarmas y serenos.

Continuará.

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