carcel
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Hay pocas carreteras que sean más jerezanas que las de Rota con sus viñedos de cal clavados sobre el horizonte y todos aquellas venas y arterias de albariza seca que ayudaron a alimentar durante siglos el corazón de la ciudad... Como también, lamentablemente para muchos jerezanos y desde hace años, es la que nos conduce a la cárcel. “Anda y sube..., que te voy a invitar a desayunar en el Cepo”. Mi amigo Tolo, desde las nueve de la mañana, ya tiene voz de cantaor..., una de esas voces flamencas que ponen a Jerez en un mapa. Pero ni me invitó a desayunar ni fue en el Cepo sino que lo hicimos en la cafetería de la prisión donde ya nos esperaban -bocadillo de jamón en mano- todos los artistas que participábamos en aquel evento organizado por la cantaora Ana de los Reyes y que pretendía darle una mañana de flamenco a los reclusos de varios módulos de Puerto II.

Junto a Ali de la Tota, el palmero de toda la vida, el presidio rojo que parece traído piedra a piedra del Norte de España, repleto de cámaras y puertas eléctrónicas se me antojó menos claustrofóbico, menos espeso...., ya que no paró ni un segundo de hacer bromas con todo aquello que se le ponía por delante... Pero la verdad es otra por mucho que quieran ablandarla y pacificarla todos los educadores y funcionarios de la prisión con murales en sus pasillos, macetas de geranios a cada lado de las puertas y un trato exquisito: la verdad -la más cruenta- es la negación temporal de la Libertad con todo lo que conlleva si nos ponemos por un segundo a pensar que, curiosamente, es lo que no paran de hacer los propios reclusos.

Y allí, en el graderío del polideportivo cubierto, había de todo: rostros agitanados como recién salidos de mariscar, ojos y tristezas del Magreb, padres de familia y ronda de bar..., y hasta viejos hombres -con rostros de ancianos- que no pararon de comentar los fandangos naturales de Juan Lara o las bulerías de Juanillorro como aquellos que cuestionan las hojas de la Biblia o el Quijote.

Durante el tiempo que duró la actuación hubo un rumor andaluz entre el entregado público; ése que se llena de síes y de nones, de risas duras y de martinete seco que se queda siempre a medio mascar..., de pataítas a cuclillas y de chasquidos de dedos que piden tanto una copa como invitan a la riña...

Todo acabó cuando El Carbonero, mi maestro y maestro de muchos guitarristas, se llevó la guitarra al pecho al tiempo que el flamencón de Santiago, de Porverita y calle Ancha, cerraba su bulería marciana con un latigazo de caderas y una sonrisa plena..., rescatada estas últimas semanas, ya en la cárcel, a base de “sopones en el arroz con leche”..., que saben, según él, peor que el de su mare.

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