Milonga sentimental

Marco Flores estrena 'Rayuela' en el 24 Festival de Jerez, un repaso a unas dos décadas de carrera en un poema fragmentado donde la luz vence a las tinieblas con la ayuda inestimable de los hermanos Lagos

Marco Flores, escoltado por los hermanos Lagos, en la recta final de 'Rayuela', que ha estrenado en el 24 Festival de Jerez. FOTO: MANU GARCÍA
Marco Flores, escoltado por los hermanos Lagos, en la recta final de 'Rayuela', que ha estrenado en el 24 Festival de Jerez. FOTO: MANU GARCÍA

Marco Flores ha estrenado Rayuela en el marco del 24 Festival de Jerez, la octava propuesta que produce con compañía propia. Uno lo ve tan seguro en el andamiaje de esta puesta en escena, tan maduro, con un baile tan de artista consagrado, que tiene que hacer memoria para recordar que es el mismo bailaor que hace solo ocho años se subió por primera vez en solitario a ese mismo escenario —De flamencas, estrenado en 2010—. O el mismo artista al que vimos debutar con su propio montaje hace apenas doce años —un año antes estuvo con Olga Pericet y Manuel Liñán, otros dos gigantes de su generación— reeditando los números con los que en 2007 había reventado el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba ganando los tres grandes premios de baile y la mención especial del jurado —algo que no ocurría desde que lo lograra 18 años antes Latorre—.

En todo este tiempo, más de dos décadas de carrera entre una cosa y otra, es como si el bailaor de Arcos, un bello pueblo de la serranía de Cádiz, se hubiera movido a la velocidad de la luz, tirando tejas hacia delante y saltando casillas casi sin tropezarse. Todo a base de sudoración, inspiración y azar. Ahora tocaba pararse —no mucho— en esta especie de trabajo de autoanálisis en busca de raíces y nuevas alas. Con la metáfora de la rayuela, que puede ser un juego infantil, la búsqueda individual del equilibrio o la renacentista alegoría de La divina comedia, que consistía en asaltar el cielo esquivando bajar a los infiernos, Flores viaja desde el fondo de sus propios abismos hacia la luz de sus deseos más liberadores, ya sean personales o artísticos.

Y lo hace apoyado —y no es poco— en su cuerpo y en la voz y el toque de David y Alfredo Lagos, los hermanos más cotizados de la danza flamenca española, capaces de desgajarse del baile y funcionar de forma autónoma en escena, o pasar, en el acto, a fundirse con el bailaor de una manera tan orgánica que asombra. Hay una primera media hora de espectáculo, escrito y dirigido por el pulso minucioso de Francisco López, donde el discurso se subraya de forma especial gracias al diseño de luces de Ada Bonadei, con un Marco sumergido en el líquido amniótico de la danza, en un juego tenebrista, minimalista, de claroscuros entre los tres protagonistas de la función.

En equilibrio. FOTO: MANU GARCÍA

Un cantaor que empieza por el final, por la cabal seguiriyera, para saltar de la serrana a la liviana, y un guitarrista que desde el minuto uno funciona como una orquesta sinfónica. Las jaberas y la malagueña de Chacón —tan del gusto de David—, la rondeña y un apunte por farruca. Todo fragmentado, repleto de silencios, de elipsis, de pasos perdidos, de insinuaciones. Tan Cortázar. Tres individualidades brillantes que cuando nos encienden, ya entrada la segunda parte, paran los relojes y nos hacen taconear en el suelo o levitar a compás. Pasión, muerte y resurrección apuntada con la saeta. Eterno retorno. Un bailaor que recuerda su infancia y adolescencia con las formas preflamencas y aquellas letras rescatadas por Joaquín Díaz, La molinera y el corregidor, o que recrea enciclopédico la historia de la danza a partir del nexo hondo que une la jota con las alegrías en sus muchas formas.

“Hago nacer cada vez la boca que deseo”, escribe el argentino en El beso de Rayuela. Y llega una y otra vez Marco bailando como quiere: por los aires, por el suelo, con su braceo infinito, con su danza híbrida, con su zapateado trepidante, con desplantes sutiles, con contratiempos imprevisibles. Una chaquetilla, un sombrero de ala ancha, sombras de la memoria en feed-back permanente con sus compañeros en este regresar al futuro. Otros se quejan llorando, yo canto pa’ no llorar. Cantaba Gardel y canta Lagos con acento porteño. Primero en la vidalita, luego con esta letra de la milonga sentimental, y como remate, en la explosión desencadenada de la rumba flamenca con la que, definitivamente, el bailaor asciende a la luz como Ícaro.

“Movimientos vivos de fragancia oscura”, donde Cortázar bien pudo referirse a la danza de este niño maravilla que jugaba a bailar y que ahora ha escrito un cuento (o una fábula, o sencillamente una milonga) donde la angustia, el hastío y la melancolía nos acompañan inevitablemente en el viaje, pero acaban sucumbiendo a los sueños y a la sed de avanzar. Por cierto, fue Machado el que dijo que una fiesta se hacía con tres personas: "Una baila, otra canta y la otra toca". Tan simple, tan complejo.

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