Un cantaor como una catedral

Jesús Méndez ofrece en el Festival de Jerez, con todo el papel vendido, una magna antología del cante por derecho, un recorrido por estilos y letras clásicas a las que ha sabido en 20 años de oficio imprimir su sello

Jesús Méndez, en su recital de este pasado viernes en La Atalaya.
Jesús Méndez, en su recital de este pasado viernes en La Atalaya. MANU GARCÍA

Pocos esperaban que, de pronto, en medio del disfrute de una fiesta familiar, ese chiquillo pudiera cantar así. Su timidez, y quizás su respeto reverencial hacia este arte, le había impedido hasta ese momento, casi pasada ya su adolescencia, abrir la boca y sacar todo lo que llevaba dentro. Ese cante gitano andaluz que siempre escuchó en su casa, gracias a la enorme afición de su padre, y que luego le hacía vibrar en las fiestas de su familia, la casa de los Méndez.

Tras varios años forjándose en el antiguo tablao de Bereber y, especialmente, en el atrás de las compañías de baile de Mercedes Ruiz y Carmen Cortés, sin dejar de estudiar, de investigar, de hacer memoria cantaora para crear su propia identidad, Jesús Ruiz Cabello, Jesús Méndez (Jerez, 1984), se dejó guiar en esos compases iniciales de su carrera artística por las sabias manos del maestro Gerardo Núñez. Fue entonces cuando éste le produjo —van ya para trece años— su primer disco, Jerez sin fronteras, que significó toda una declaración de intenciones de que ese cantaor de planta imponente e inabarcable caudal de voz no se iba a conformar con beber de los manantiales que tenía más a la mano.

Tirar de casta habría sido lo sencillo. Las cualidades innatas que atesoraba, su afinación y su sentido del compás y de la responsabilidad al subir a un escenario le allanaban todavía más el camino. Pero no se conformó y siguió creciendo hasta alcanzar una madurez artística donde el conocimiento y la técnica son los pilares de esta catedral del cante grande en la que ha convertido su eco, pero ni mucho son lo único, como a fuego lento va demostrando. Su discurso es propio y su forma de encarar los tercios, apretando los ojos cerrados, como soñando muy fuerte, pareciera romper siempre sus límites. 

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El artista jerezano, por soleá al golpe.   MANU GARCÍA
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Méndez y Morao, en un momento del recital.   MANU GARCÍA

El resultado de todos estos años de trabajo estajanovista y fermentación lenta, a punto de cumplir veinte años como profesional en el cante, lo disfrutamos en la tarde de este pasado viernes en La Atalaya, dentro del 25 Festival de Jerez. Los pasitos que yo doy…, que así ha titulado Jesús Méndez este recital de hechuras clásicas, es una magna antología de cante viejo, donde no están todos los que son, ni muchísimo menos, pero sí son todos los que están, empezando por él mismo. Capaz de recrear más de dos siglos de historia flamenca documentada y, lo que es más importante, poner su sello propio a toda esta colección de sonidos ancestrales, de raíces atávicas, ecos cuyo gran misterio radica en lo difuso de sus orígenes, en esa suerte de feliz mestizaje que vino a confluir en Andalucía para convertirse en género universal.

Porque Jesús Méndez, en hora y cuarto de intenso despliegue cantaor, evoca e invoca a los grandes y, por encima de todo, canta por Jesús Méndez, con una personalidad artística que hemos tenido la suerte de ver evolucionar en todos estos años. La carcelera de Pepe de la Matrona, la toná de Mairena, el pregón del uvero acelerado en recuerdo de Caracol... Le acompaña en los primeros compases la percusión de Ané Carrasco, que luego ya da entrada al toque de Diego del Morao, que va de menos a más, acomodándose a la exigencia del paladeo de Méndez, punzante en los bajos, los medios y los altos. Capaz de repartir pellizcos cada pocos minutos —algo al alcance de muy pocos hoy en día—, ya sea en las alegrías de Vallejo, Sellés y Pericón, y especialmente en la malagueña de Torre y en la de El Mellizo

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Otro quejío del cantaor jerezano.   MANU GARCÍA

El recital, donde Méndez tiene tiempo para presentarse y dirigir unas palabras al público, "emocionando por poder seguir llevando nuestro arte por los escenarios", se dirige hacia las soleares al golpe de Manolito de María, Juan Talega, El Borrico... se regodea en los tientos de El Culata, Frijones y hasta Morente, que conectan con los tangos de Pastora, La Perla, y El Pica —sentido homenaje a otro de los grandes de la tierra de Méndez—, y se explaya en los fandangos de Huelva y en letras popularizadas por Toronjo y sobadas en Jerez por el imperio agujetero. Perdemos casi la cuenta de los fandangos, al menos tres de ellos a pulmón, a pecho descubierto: un recuerdo para Pinto y, de nuevo, Caracol (Me voy a morir).

Antes de la eclosión final por bulerías, El Torta, Pica y La Paquera presentes, media ración de seguiriyas de Tomás Pavón y Paco La Luz. Una exhibición de sabiduría flamenca, de dominio absoluto del cante, a la que quizás en directo le empecemos a echar en falta nuevas expediciones y aventuras por otros territorios que también comprenden la grandeza de este arte infinito. Méndez, a punto de sacar nuevo disco tributo a su tía Paquera, con una carrera tan bien cimentada y unas virtudes excelsas, tiene ya a sus espaldas buena parte de la historia del flamenco, pero también, por derecho propio, todo el futuro y todo el tiempo por delante.

'Los pasitos que yo doy...'

Cante: Jesús Méndez. Guitarra: Diego del Morao. Palmas: Manuel de Cantarote, Diego Montoya, Carlos Grilo. Percusión: Ané Carrasco. Lugar: La Atalaya. Fecha: 21 de mayo de 2021. Hora: 18.30 horas. Aforo: Entradas agotadas.

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