Un silencio radical

Rafael Estévez y Valeriano Paños presentan en los Museos de La Atalaya 'Silencios', danza en deconstrucción, una exploración sobre el cuerpo como materia discursiva capaz de hacer audible lo inaudible

Rafael Estévez y Valeriano Paños, este pasado domingo, en 'Silencios', dentro del 25 Festival de Jerez.
Rafael Estévez y Valeriano Paños, este pasado domingo, en 'Silencios', dentro del 25 Festival de Jerez.

Partiendo de A year from monday (algo así como Un año a partir del lunes), de John Cage, y con el apoyo en la dirección artística de Juan Kruz Díaz de Garaio Esnaola, he aquí una obra radicalmente moderna, provocadora y asombrosa. Una obra que, como las músicas improvisadas, es casi imposible que vuelva a repetirse. A partir de la recopilación de ensayos, aforismos, conferencias y claves para, probablemente, empeorar el mundo que ofrecía en aquel libro el llamado maestro de la no música, Cage, una de las cabezas pensantes de la vanguardia de posguerra estadounidense, Rafael Estévez y Valeriano Paños se alían de nuevo con el bailarín madrileño Juan Kruz en una exploración conceptual sobre el cuerpo como materia expresiva y discursiva, fuera de los límites y convencionalismos de un espectáculo al uso.

Un trabajo que, aun palpitando las mismas constantes que atraviesan la carrera de ambos artistas, se halla en las antípodas de Muñecas, aquella propuesta germinal sobre la alienación con la que debutaron en el Festival de Jerez hace casi quince años, o Flamenco XXI, espectáculos ya de por sí rupturistas que han ido dando paso a una serie de propuestas-desafíos cada vez más esenciales y despojados de casi todo lo teóricamente superfluo. Bailables y El sombrero, son las dos últimas fantasías en las que les hemos visto danzar al reduccionismo, casi en arenas movedizas. Nunca antes, eso sí, al nivel de minimalismo de estos Silencios.

Silencios es un espectáculo concebido casi como ensayo abierto, como ejercicio de estilo que exhibe las entrañas de la danza como disciplina monástica, como un estudio de anatomía donde más allá de lo físico debe imperar el ritmo de un compás callado para que hable el espíritu. Estévez, exorcista de un Valeriano que casi levita, que repta, que convulsiona epiléptico haciendo gala de un control corporal imposible. Valeriano, que vuela tras cada pirueta, “otra más, como los rusos...”; Estevez que es magma y centro de gravedad de una propuesta irrepetible. Con una densidad en su ensordecedor silencio que a veces se vuelve claustrofóbica.

45 minutos cuerpo con cuerpo, brazos, pies, cabeza, rito y grito en esta danza nuclear que nos pone al límite. En el quejío mudo, en el ayeo que lleva la procesión por dentro, en el hacernos oír lo que no suena. Una tiza, apenas tres focos, una inédita experimentación que defragmenta la danza, que comprime sus códigos hasta liberar todo el espacio posible. Un trabajo que descontruye el baile hasta sus partículas elementales. Todo un universo en manos de una pareja de artistas que, tras 18 años embarcados en su propia compañía, han logrado la organicidad de ser un mismo corazón con dos latidos. Y que, en medio de toda esa espesura, se oiga un elocuente y enorme silencio solo interrumpido por el diálogo entre los cuerpos y la manera en la que estos quieren decirnos algo.

Porque cada átomo de silencio es la posibilidad de un fruto maduro, escribió Valéry. Y lo de Estevez y Paños es el cuerno de la abundancia dancística y creativa. Dos superdotados que bailan dadaístas, como Cage, que han decidido por un momento despojarse de todo artificio, de todas las pieles que recubren el hecho escénico y oírse a ellos mismos. Hacer audible lo inaudible. Hacer posible lo inaudito. Respiración. Jadeo. Inhalación. Exhalación. Para. Escuchar lo que nos dice el cuerpo, sin interferencias. Una lección tan estimulante como compleja en tiempos de tanto chillido y vértigo. Porque como dice el sacerdote y escritor Pablo d' Ors en su Biografía del silencio, meditar no es difícil. Lo difícil es querer meditar.

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