El tenor en su casa

En un ambiente lleno de cariño y adhesión por parte de los asistentes, Ismael Jordi celebra en Villamarta sus 20 año como solista en el teatro que fue testigo de sus primeros pasos profesionales

Ismael Jordi junto al piano de Fernández Aguirre, este pasado sábado en Villamarta. FOTO: MANU GARCÍA
Ismael Jordi junto al piano de Fernández Aguirre, este pasado sábado en Villamarta. FOTO: MANU GARCÍA

El concierto ofrecido por Ismael Jordi en su ciudad natal, inicialmente previsto para el pasado 25 de abril y trasladado de fecha por las circunstancias sanitarias, se ha organizado para celebrar sus 20 años como solista en el teatro que fue testigo de sus primeros pasos profesionales. Y lo ha hecho en un ambiente lleno de cariño y adhesión por parte de los asistentes, que regalaron efusivos y largos aplausos desde la primera entrada. A la vez fue una fiesta por la reanudación de la actividad musical interrumpida abruptamente en el mes de marzo y porque este concierto ha constituido la inauguración de la Temporada Lírico-Musical 2020-2021 del Teatro Villamarta. 

El tenor ha estado casi siempre presente en las programaciones del coliseo jerezano durante estos cuatro lustros y esto ha contribuido a mantener un detallado conocimiento de la evolución de su carrera y a fomentar los lazos de admiración del público con el cantante, que se ha visto reconocido con numerosos honores e incluso ha sido objeto de un retrato, vestido como el Duque de Mantua en Rigoletto, que luce en el vestíbulo del teatro. Su debut en un papel operístico fue en Jerez con Don Pasquale de Donizetti en 2000, año en el que también interpretó aquí su primer protagonista de zarzuela, en Katiuska de Sorozábal.

Aunque el artista tenía al público conquistado de antemano, su interpretación respondió a las expectativas con un concierto ecléctico pero muy atractivo, en el que habría que destacar la inteligente elección de un repertorio muy adecuado a sus medios vocales, ordenado de un modo que reveló el conocimiento que el tenor tiene de sus recursos.

Su voz tiene una relativa limitación de volumen, lo que, por otra parte, es habitual en los lírico-ligeros como él, pero queda compensado por la belleza del timbre y un minucioso y elegante de fraseo, en la que cada sílaba se distingue con claridad dentro de una ortodoxa línea de canto, lo que es muy destacable ya que las condiciones vocales pueden venir dadas por naturaleza pero elementos técnicos como el fraseo señalan la sabia utilización del material recibido. Jordi cautivó al público con frases impecablemente construidas, en las que mostró su control de las dinámicas, diminuendi, medias voces, rubato y otras destrezas que demuestran su dominio del arte del canto, en el que fue instruido por maestros míticos como Alfredo Kraus y Teresa Berganza.

Vamos a organizar el comentario del concierto no por el orden estricto en que fueron interpretadas las piezas sino por el tipo de repertorio ofrecido para, como suele ocurrir en estos casos, conmemorar las dos décadas de actividad de Ismael Jordi haciendo balance de su carrera, llena de acontecimientos brillantes como sus grandes interpretaciones de óperas de Donizetti, quizás el compositor que mejor se adapta a su voz: Lucrezia Borgia, que interpretó junto a Edita Gruberova en Bayerische Staatsoper de Munich y acompañando a June Anderson en Lieja; Anna Bolena con Anna Netrebko en Opernhaus de Zurich, y en Frankfurt, Lieja, Avignon y Sevilla; Le Duc d´Alba en la Ópera de Flandes; L’elisir d’amore en Berlín, Madrid, Oviedo, Sevilla, Málaga y Jerez; Maria Stuarda con Joyce DiDonato en la Royal Opera House de Londres; Roberto Devereux con Mariella Devia en el Teatro Real de Madrid;  Linda di Chamounix en la Ópera de Roma y en el Liceu de Barcelona; Don Pasquale en Berna, Berlín, Sevilla, Córdoba y Jerez; Lucia di Lammermoor en Ámsterdam, Nápoles, Londres, Zurich, Berlín, Dresde, Bucarest, Tokyo, Monte-Carlo, Madrid, Barcelona y Murcia; y La Favorita, ópera en la que ha debutado en Málaga recientemente.

Del compositor de Bérgamo se han incluido en la primera parte del programa Tombe degli avi miei de Lucia di Lammemoor, y como última pieza del recital Una furtiva lacrima de L’elisir d’amore. Edgardo y Nemorino son dos de las indiscutibles especialidades de Ismael Jordi y, una vez más, quedó demostrado por su amplio dominio de las exigencias musicales y expresivas de las dos páginas, en las que el enfoque interpretativo sigue la estela del maestro Kraus.

Un momento de la velada en el coliseo jerezano. FOTO: MANU GARCÍA

El repertorio del tenor incluye otros compositores del catálogo belcantista de los que, sin embargo, no se ofreció ningún ejemplo en el concierto: Il Barbiere di Siviglia de Rossini en Berlín, Burdeos y Jerez (ópera que ya ha apartado de su repertorio); Stabat Mater de Rossini en Amberes, Gante, Madrid y Festival de Canarias; I Capuleti e I Montecchi de Bellini en el Teatro Arriaga de Bilbao.

Asimismo, Jordi ha cantado tres obras de Giuseppe Verdi que han quedado también fuera de la velada reseñada: Rigoletto, que ha interpretado en Zurich, Hamburgo, Avignon, Macerata, Bilbao, Jerez o Sevilla; Falstaff en Berlín; y, especialmente, La Traviata, que ha cantado en el Teatro La Fenice de Venecia bajo la dirección de Nello Santi (en su función número 100 de esta obra), en Viena, París, Londres, Nápoles, Marsella, Burdeos, Hamburgo, Berlín, Ámsterdam, Barcelona, Oviedo, A Coruña, Sevilla, Palma de Mallorca, Valencia y Jerez.

El concierto ha intercalado en varios momentos proyecciones de fragmentos de una entrevista al tenor realizada hace aproximadamente cinco años que tuvo la doble utilidad de ofrecer pinceladas artísticas y humanas del tenor, y de separar los diferentes bloques del programa dando tiempo a las entradas y salidas del escenario de los intérpretes. Asimismo, Jordi realizó algunos comentarios en directo que subrayaban o actualizaban algunas de las declaraciones reflejadas en los vídeos o que iban destinados a dedicar algunas piezas a sus padres, al director de escena Francisco López y a la directora del Teatro Villamarta Isamay Benavente.

Ismael Jordi ha reservado en la última década un espacio importante a la ópera francesa, con Manon de Massenet, en Gante, Amberes, Lieja y Seul; Faust de Gounod, en Madrid y Jerez; Roméo et Juliette de Gounod en Ámsterdam, Montreal, Atenas y Jerez; Les Contes d’Hoffmann de Offenbach en el Liceu de Barcelona; y Mignon de Thomas en la Opéra Comique Salle Favart de París. En cartera tiene el proyecto de cantar Werther de Massenet, una de las obras referenciales de su maestro Alfredo Kraus, ópera de la que ofreció una más que prometedora primicia en este recital: Pourquoi me révellier. Asimismo, interpretó Salut demeure chaste et pure de Faust, papel que ya representó en el Teatro Villamarta en 2018, una de las páginas más difíciles de las ofrecidas en este concierto. En ambas piezas demostró su habitual cuidado en la línea, el fraseo, los reguladores y el control de la emisión.

Cerca del universo lírico francés, una mención especial para su reencarnación de Luis Mariano en Le chanteur de Mexico, que ofreció con gran éxito en París, el “feudo” de aquel mítico intérprete, en el Théâtre du Chatelet entre 2006 y 2007. Y como ejemplo de este capítulo de su trayectoria, Ismael Jordi ofreció Rossignol de mes amours, pieza cantada de modo idiomático y espléndido.

El tenor jerezano, en otro momento de su recital. FOTO: MANU GARCÍA

Dentro del catálogo mozartiano, Jordi ha interpretado Cosí fan tutte en el Teatro Real de Madrid, La Flauta Mágica en Jerez y Don Giovanni también en Jerez, aunque es un repertorio que actualmente tiene apartado y que no incluyó en el concierto objeto de este comentario. También ha asumido de forma ocasional variados roles que revelan la ductilidad en cuanto a estilo que ha logrado alcanzar: Iphigénie en Tauride de Gluck en Valencia, junto a Plácido Domingo y Violeta Urmana; Eugen Onegin de Tchaikovsky en Bilbao y Jerez; Gianni Schicchi de Puccini en Toulouse; Der Rosenkavalier de Richard Strauss en Ámsterdam bajo la dirección de Simon Rattle, y en Toulouse; Oedipus Rex de Stravinsky en el Festival de Peralada bajo la dirección de Lorin Maazel; y Martha de Flotow en Viena. De esta última ópera cantó en el recital que nos ocupa la traducción del alemán al italiano del aria principal del tenor, M'appari, tal y como fue costumbre entre grandes cantantes como Tito Schipa, Jussi Bjoerling, Carlo Bergonzi, Alfredo Kraus o Luciano Pavarotti. La sutileza del fraseo, la destreza en el manejo del legato y los reguladores por parte de Ismael Jordi nos remiten a estos ilustres referentes.

Como muestra de su amplio repertorio de canciones italianas, francesas y españolas, y para aliviar el cometido entre las piezas más comprometidas, Jordi comenzó el concierto con Cantares de Joaquín Turina, del ciclo Poema en forma de canciones, previsto para voz femenina (de soprano lírica o de mezzo aguda), y que han asumido variadas intérpretes: desde Conchita Supervía o Renata Tebaldi hasta Teresa Berganza o Pilar Lorengar. Es una pieza que pierde parte de su carácter cuando pasa a voz masculina, que encuentra dificultades para servir adecuadamente a los adornos vocales que pretenden recrear melismas flamencos, pero que sin embargo ha tentado a tenores como Alfredo Kraus y José Carreras. Ismael Jordi ha tenido las mismas dificultades que sus predecesores y además la voz en esta pieza aún se mostró fría y con cierta inhibición en la emisión, que comenzó a ser más fluida a partir de la segunda del programa: Morucha de Juan Quintero, una página frecuentada por Kraus.

De Francesco Paolo Tosti, autor de infinidad de canciones que están entre las favoritas de los tenores, Jordi interpretó de forma delicada y sutil la Chanson de l'adieu, Non t’amo piú y Marechiare. Su estilo estuvo alejado de los excesos pasionales de Franco Corelli, Giuseppe di Stefano o Mario del Monaco y cerca de la elegancia de Beniamino Gigli, Giuseppe Campora o Gianni Poggi.

El último tramo del recital estuvo ocupado mayoritariamente por la zarzuela, a la que Ismael Jordi ha dedicado esfuerzos con obras como Katiuska de Sorozábal en el Teatro Villamarta de Jerez; Doña Francisquita de Vives en Madrid, Toulouse, Lausanne, Sevilla, Córdoba y Jerez; Los Gavilanes de Guerrero en el Teatro Arriaga de Bilbao; y La Generala de Vives en el Teatro de la Zarzuela de Madrid. Las cuatro célebres piezas escogidas (Bella enamorada de El Último Romántico de Soutullo y Vert, Por el humo se sabe dónde está el fuego de Doña Francisquita de Vives, No puede ser de La tabernera del puerto de Sorozábal y Adiós Granada de Los emigrantes de Barrera) fueron interpretadas de modo extrovertido e intenso, con la voz proyectada al máximo en algunos pasajes, aunque sin descuidar los reguladores esperables en estas partituras.  

Como homenaje al músico jerezano Manuel Alejandro, hijo del también compositor Germán Álvarez Beigbeder, Ismael Jordi ofreció una muy singular versión de la canción Se nos rompió el amor.

El pianista bilbaíno Rubén Fernández Aguirre tuvo dos momentos de lucimiento en la Dedicatoria del Poema en forma de canciones de Turina, que no pudo ser escuchada correctamente cuando los aplausos del público saludaron la entrada de Ismael Jordi antes de que acabara la página, ya que enlazaba con Cantares, la primera pieza para el tenor; y en las Pinceladas Líricas de Carlos Imaz que sirvieron de intermedio entre las dos partes del recital, en las que se sucedieron fragmentos de El Caserío de Guridi, La Gran Vía de Chueca o la canción Lela, entre otras. Con ello Rubén Fernández demostró que no sólo es un auténtico especialista en el acompañamiento de cantantes. Asimismo, como era esperable de su buen hacer habitual, estuvo atento a las necesidades de fraseo y fiato reclamadas por el tenor, con el que compartió musicalidad y adecuación estilística en las variadas piezas que conformaron el programa, soporte del feliz encuentro entre intérpretes y público dentro del querido Teatro Villamarta. 

Concierto de Ismael Jordi, tenor, y Rubén Fernández Aguirre, piano. Teatro Villamarta, sábado 26 de abril de 2020.

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