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Ramón Vargas-Machuca presentó a Victoria Camps como una pensadora prudente, nada inclinada a los extremos. Cultiva un saber práctico que nos ayuda a echar de menos el bien y nos señala los caminos por los que no conviene transitar. La filosofía práctica debe orientarnos para formar nuestro juicio y tener una visión amplia, perspicaz. Además de conocer los principios, es necesario saber cómo se aplican y qué cabe esperar de la condición humana, de nuestras capacidades y de las circunstancias sociales y económicas. La relación entre ética y política obliga a desarrollar un saber prudencial, una forma de lidiar con la imperfección. Conocimiento prudencial y rectitud moral, dos exigencias que Victoria Camps posee con creces, según Ramón Vargas-Machuca. La virtud de la templanza previene contra la prepotencia y la impostura moral. De ahí que no sea una pensadora temeraria, sino una persona inteligente y creíble. En sus libros ha investigado la historia de la ética, las virtudes públicas, la relación entre razón y emoción, la democracia y la educación.

La clasificación de los libros de ensayo en las librerías de masas dice mucho de su lugar en la cultura actual, dice Victoria Camps. Cada vez menos librerías conservan una estantería que diga Filosofía, sin más. Y la etiqueta No ficción suele dar cabida a todo tipo de escritos que no son novelas, en especial a los de autoayuda y psicología de andar por casa. Una definición negativa: lo que no es ficción. Es como si el género no tuviera entidad propia. Incluso a la hora de definirlo con precisión se recurre a esa ausencia de. El mismo Ortega y Gasset habla de teoría sin prueba explícita. Centauro de los géneros, según Alfonso Reyes. A veces se ha sido visto como una forma insuficiente de hacer filosofía…

Se habla de pensamiento cuando a lo mejor deberíamos hablar directamente de Filosofía, dice José Luis Pardo. Parece que asusta la palabra. Suena a sistema. Quizás con el término pensamiento se pretenda abarcar más actividades intelectuales. Pero si admitimos que puede haber filosofía sin sistema filosófico, debemos reconocer que el lugar propio de la actividad filosófica es el ensayo.

Se trata de un género dinámico, donde cabe todo. Porque pensar es explorar conceptos, ideas, abrir senderos. Frente al sistema filosófico cerrado y acabado de algunos autores del pasado, el ensayo moderno refleja las tentativas de un sujeto concreto, de carne y hueso. Frente a las teorías abstractas, alejadas del sujeto empírico, los escritores de ensayo descubren las verdades acerca del mundo y de sí mismos en esa escritura, en esas incursiones provisionales que caracterizan al género.

El ensayo es un espacio de creación, un territorio de escritura del yo. Por lo tanto, como dice Celia Fernández Prieto, hay muchos estilos, muchas formas de escribir y pensar, modales retóricos, ritmo temperamental, formas que se concretan en la sintaxis. En el ensayo, tan importantes son los razonamientos y los datos como el estilo. Se trata de un despliegue del sujeto, de la subjetividad, con sus vivencias, sus reflexiones y su modo de estar en el mundo. Los dietarios y los blogs plasman muy bien la construcción de ese personaje que somos. La subjetividad emerge de una escritura fragmentaria. Separar las ideas  y el estilo carece de sentido. Por eso, dice Javier Gomá, el compromiso total con la escritura es lo que se echa de menos hoy, ya que de ese esfuerzo continuo por escribir con estilo nacen los buenos ensayos, los que hablan de los valores de altura, de un ideal, tan necesarios para poder criticar y resistir.

Suele decirse que en España no ha habido filósofos ni científicos originales. Los más pesimistas afirman que ni siquiera el ensayo español está a la altura de los pensadores europeos… A lo mejor, dice Javier Gomá, todo esto se explica por los desfases que ha sufrido nuestro país. Carecer de una burguesía activa ha significado un retraso en los grandes procesos modernizadores: la Revolución Científica, la Ilustración y la Revolución Industrial. Para José Luis Pardo, la teología dogmática, la presencia de la religión en el sistema educativo, la falta de penetración del espíritu cívico y la desconexión de España de los debates internacionales han sido las causas de la carencia de grandes filosofías en nuestro país. Pero quizás, sostiene Javier Gomá, en España no hemos seguido los modelos europeos de pensamiento, francés o alemán. Y hemos creado figuras, mitos que dan que pensar, novela y ensayo, híbrido de literatura y filosofía. Las ideas estarían diluidas en formas literarias de gran valor.

Las fuentes del ensayo son muchas porque infinitos son los contextos de la experiencia humana. Esa interacción constante con la realidad, con las vivencias del que escribe, provoca inestabilidad y sensación de provisionalidad. Lo que en el tratado sistemático sería considerado un defecto, en el ensayo es una virtud, una estrategia de seducción. Si la escritura se muestra tentativa y fragmentaria, entonces es escritura creativa. En el tratado sistemático pedimos orden deductivo y pruebas experimentales, sobre todo en la ciencia. Sin embargo, al ensayo le pedimos que nos guíe por un sendero, un camino que se identifica con la praxis filosófica de un sujeto que desea comprender la realidad y, si es posible, mejorarla.

Respecto a esa capacidad transformadora del ensayo y de la Filosofía, cabe realizar varias reflexiones. No es lo mismo un ensayo sobre estética que un ensayo sobre ética. Y es posible que la función del ensayo no sea directamente política, no consista en criticar las estructuras de poder, al menos no en primer lugar ni exclusivamente. Entonces, los buenos ensayos son los escritos que al mostrar senderos ejemplares de reflexión sirven para que construyamos nuestra autonomía con las herramientas oportunas. Y lo que nos sobra es tiempo, dice Javier Gomá, porque somos tiempo…

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