Siempre nos quedará la música. Y Yoko Ono.

En 2008, Enrique Vila-Matas, haciendo de la necesidad virtud, nos permitiría leer su Dietario Voluble. Rara vez, un compilado de notas personales despierta tanto interés. Será que el escritor barcelonés conectó con el inconsciente colectivo de una generación. O, tal vez, será algo más simple: Dietario Voluble es el reto literario más jugoso en décadas para un lector. En enero de 2009, Francisco Porrúa, en el rotativo Página 12, reseñaría: “Si pienso en la literatura española contemporánea, el escritor común vive muy atado a su tradición. Una tradición que ellos mismos se han inventado, por otra parte, y que es muy rara, porque omite libros. Es notable, por ejemplo, que el Quijote ha influido en todas las literaturas menos en la española. En la literatura española no hay derivados del Quijote, mientras que sí los hay en la literatura francesa y en la inglesa está Sterne y su Tristam Shandy. Otra cosa curiosa es que en la literatura española hay muy poca literatura fantástica, y la que hay es casi toda de fantasmas o de muertos. En cambio, en la Argentina, la literatura fantástica es tan normal, digamos, como la literatura realista. Vila Matas, que creo que es el escritor más interesante de España, por lo menos entre los que leo, escribe una literatura muy personal y hay lectores que suelen reprocharle que no sea más realista".

En 1975, Bob Dylan publicaría en Columbia Records su decimoquinto álbum de estudio, Blood on the tracks. A estas alturas, es por todos conocido como el disco de ruptura por antonomasia del bardo de Minnesota. El exquisito crítico musical, Enrique Martínez reseñaría para Feedback-zine: "Este parece un disco de un Bob Dylan distinto. Aquí no nos enfrentamos al dueño de ese intelecto descomunal, a esa inteligencia desbordante y hábil, casi malévola en su capacidad para el sarcasmo y la crítica. Ni al profeta moral, que nos mostraba el camino a través del desierto. Contemplamos en realidad al dueño de un corazón desnudo y roto, al ser humano de carne y hueso, capaz de demostrar sentimientos, dolor, vulnerabilidad. Este es un completo tratado sobre el (des)amor, como pocos ha producido la historia del rock. Claro que afirmar todo esto sería partir de una premisa falsa: ignorar todo el inmenso y valioso legado de canciones de amor que hasta entonces había ofrecido Dylan, que ya había escrito algunas de las más bellas y clarividentes baladas de todos los tiempos. Y es que esa inteligencia, ese sentido crítico, le permite comprender y expresar sus circunstancias de un modo mucho más articulado, reflexivo y realista de lo que los demás se pueden permitir. Blood on the tracks es un firme candidato a mejor álbum de la carrera de Dylan. Y ya sabemos dónde coloca esta condición a un disco dentro del escalafón de la historia del rock".

La tercera canción de ese álbum, You're a big girl now, contiene esta misteriosa (por simple y clara para un obscuro escritor de canciones con el sambenito de enrevesado) estrofa panteísta, definitoria del estado de ánimo del trovador a través de una fábula rápida y concisa:  

"Un pájaro en el horizonte se posa en una tapia,
canta su canción por mí porque quiere.
Y yo soy precisamente como ese pájaro, ¡oh, oh!,
cantando sólo para ti.
Espero que puedas oír,
oírme cantar a través de estas lágrimas".

En 1980, John Winston Ono Lennon, desaparecería del mundo (transparente y total) un 8 de diciembre. La versión oficial sentenciaría que un vulgar loco, Mark David Chapman, sobre las 10:50, le disparó por la espalda cuatro veces. A bocajarro. ¿El resto de la historia? Teóricamente, todos la sabemos ya, ¿verdad? Lo peor no son los funerales mediáticos (de usar y tirar) cada aniversario. Ni siquiera las pintas del asesino y (oh, ¿cómo olvidarlo?) que éste llevase consigo (firmado) el último elepé publicado de Lennon, Double Fantasy. No. Tampoco que el cazador oculto portara El guardián entre el centeno. Lo peor de todo es el olvido al que parece relegado Lennon como músico. Actualmente, es inaudita la indiferencia ante el legado del mayor compositor popular del Siglo XX. Sin embargo, en nuestro descargo, lo fundamental: ese manantial torrencial que fue John Lennon sigue vivo entre nosotros. De algún modo, así lo constatamos. El de Liverpool posee el amor constante (más allá de la muerte) de su pueblo. De todos los pueblos. Y, cómo no, las hermosas canciones que sus amigos Ringo, Paul y George le dedicaron tras su fallecimiento. Benditos sean.

Siempre nos quedará la música. Y Yoko Ono. 

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