El creador de 'Humor Amarillo' y 'El Hormiguero': "En mi casa la alegría estaba prohibida"

Juan Herrera durante la entrevista concedida a lavozdelsur.es. FOTO: MANU GARCÍA.
Juan Herrera durante la entrevista concedida a lavozdelsur.es. FOTO: MANU GARCÍA.

Nunca pisó un colegio, pero siempre ha tenido maestros. Juan Herrera (Toledo, 1954) es un poeta y una mente creativa, además de un culo inquieto. No solo ha inventado, diseñado y doblado uno de los programas más míticos de la televisión de los años 90, Humor Amarillo, sino que también ha intervenido en la construcción de otros tantos como: Jack el Despertador, El Gran Juego de la Oca, Goles son amores, Inocente, inocente, El Club de la Comedia o el último formato que creó para la televisión: El Hormiguero. Pero Herrera, natural del barrio Palomarejos, también es ingeniero aeronáutico, ha tenido una agencia de publicidad y ha trabajado en festivales, documentales y en la radio, donde dio sus primeros pasos.

A caballo entre Madrid y Jerez, visitamos a Juan Herrera en su casa del señero barrio de Santiago. Nada más pasar el portón, solo existen los colores de la bandera jerezana. Las paredes: blancas; las ventanas, cojines y rejillas: azules. Y los objetos que revisten estos muros, tampoco distan mucho del folclore que acunó Jerez. A la entrada del salón, un dibujo enorme de Diego Carrasco que el mismo Herrera pintó a base de bolígrafos y lápices Alpino. "Este es mi primo", sonríe mientras señala el retrato del cantaor. "Diego es un genio que influirá en el flamenco del futuro", continúa. A la derecha, otro dibujo, pero esta vez su tía, Juana la del Pipa. "Yo la adoro, me parece un monstruo como persona, como mujer, como cantaora, como abuela…", indica sobre la cantaora jonda. Y a los pies del cuadro de Juana, una guitarra flamenca.

"Jerez lo llevo en el corazón", dice. No cabe duda de por qué este toledano, residente en Madrid desde que comenzó la universidad, tiene casa en Jerez desde hace 15 años. Y es que para él, la ciudad jerezana tiene algo único en el mundo y a lo que no se le saca todo el jugo: el flamenco. Apasionado de la música negra, del blues y del jazz, hace años que a este famoso guionista le dijeron que "lo más parecido que hay a John Lee Hooker —famoso cantante y guitarrista estadounidense de blues— en España es el Tío Borrico de Jerez". Palabras a las que finalmente hizo caso y se dejó embriagar por el universo del arte jondo, en ambas, tanto en Madrid como en Jerez.

Crítico y despojado de hilos que lo dominen, Juan Herrera acostumbra a hacer varias lecturas. De espíritu crítico, busca diferentes discursos. Pero no duda en afirmar que, "por el amor a la música negra, lo del rap es un aborto, es una cosa lamentable". Además de insistir en que el "poder no tiene sexos" y confesar que no ha querido tener poder nunca, ni lo tiene. "Lo que sí hago es alquilar mi tiempo, pero no mis ideas ni mi inteligencia". En la actualidad Herrera se encuentra coordinando el primer día de la Fiesta de la Bulería, junto a Curro Carrasco, de Navajita Plateá, y adelanta que este verano piensa grabar un disco diferente, "que nunca antes ha hecho nadie", con Juana la del Pipa, con solo cinco cantes y distintos instrumentos musicales. Tras un breve tour por su casa, acabamos en su despacho, donde en un lapicero conviven un pincel y un abanico.

Juan Herrera en su salón, mirando el retrato de Diego Carrasco. FOTO: MANU GARCÍA.

Mi familia siempre me cuenta que yo de pequeña me subía a una silla, me tapaba los ojos y cantaba “No veo, no veo…”. ¿Usted también hacía cosas estúpidas como estas que solo recuerda gracias a su familia?

¿Sabes qué ocurre? Vosotros tenéis un modelo de familia del que yo no he disfrutado. Mi familia es muy pequeñita y en la presión de los años en los que yo nací, hablo de Toledo, no tiene nada que ver con el mundo vuestro. En mi casa, por ejemplo, la alegría estaba prohibida. Reír, en mi casa, sigue siendo cosa de tontos. Los que hacen chistes, o sea yo, que soy humorista profesional, básicamente somos gilipollas. La gente de sustancia es gente que no ríe, seria, que se viste por los pies. Nosotros, los saltimbanquis, no estamos muy bien vistos. Entonces yo fui un niño tímido que hasta la adolescencia hablé muy poquito y no tengo anécdotas, ni era el más gracioso de mi clase, ni me vestía de nada, ni hacía nada. Yo era un señor que miraba. Y me ponía en un rincón a observar. Esa era mi infancia.

¿Y cuándo despertó?

Muy tarde. Ya, para mí, ir a Madrid, fue fundamental, porque poco a poco, empecé a ser yo. Y eso fue complicado. Me hice ingeniero pero porque tenía que hacer algo. Me gustaban las Matemáticas, pero… Entre mis 19 y 21 años, ahí fue cuando empecé a tomar conciencia de lo que yo quería hacer, o por lo menos intuirlo. Fue muy lento todo.

En mi casa la alegría estaba prohibida. Reír, en mi casa, sigue siendo cosa de tontos

¿Fue usted mismo quien se dio cuenta de ello o un grupo de amigos?

Yo, yo mismo. Hasta que tú te das cuenta de qué es lo que te impulsa, se pasa mucho tiempo. Porque nadie te puede orientar. Recuerdo una conversación estúpida con Antonio Gala, yo era un chavalito, y él vino a mi facultad a dar una charla sobre cómo elegir el futuro. Éramos unas 20 personas, no más. Y cuando terminó la charla, me acerco al tío y le digo: “Mira Antonio, yo dibujo, toco la guitarra, hago escultura, escribo algunas cositas, pero creo que si no elijo algún camino de estos, no voy a llegar a nada. Yo intuyo que si no me dedico a algo concreto y no me especializo, no voy a avanzar”. Y el tipo, se me queda así mirando y me dice: “Mira Juan, tú estás en estado de amor, pero no estás enamorado. Así que sigue haciéndolo todo hasta que la vida te lleve por el camino. No dejes nada, sigue haciéndolo todo”. Y así he seguido.

Y al final encontró el amor en hacer guiones. 

Sí, sí, que también fue fruto de una casualidad. Conocí a otro tipo, que es catedrático todavía en la facultad que se llama Felicísimo Valbuena. Él se aburría corrigiendo exámenes y me dijo: “Mira Juan, los exámenes que yo haga, tú me contestas lo que quieras, con una condición, que me tengo que reír. Si yo me río, tienes sobresaliente y si no me río, te voy a poner un cero. Pero tienes esas dos opciones, o contestas normal o contestas lo que te salga de las narices”. Y yo elegí la segunda opción. Asumí el reto. Y cuando ya llevábamos unos meses, me preguntó qué iba a hacer cuando terminase la carrera. Le dije: “No lo sé”. Y me dijo: “Tú eres guionista”. Me cogió de la mano y me llevó a la clase de Porto, que era profesor de guion de cine. Y fui alumno de Porto los cinco años de carrera. Él fue mi maestro, y a partir de ahí yo descubrí un mundo que ha sido mi vida.

He leído que una de sus facetas preferidas es ver pasear a la gente, ¿suele imaginarse vidas ajenas?

No, no. Yo observo, me gusta partir siempre de la realidad. La realidad es superior a la imaginación. Cualquier persona que diga que ha inventado algo que no existe, miente. Solo lo real existe.

¿Cuál ha sido la historia que más le ha marcado?

Yo siempre busco maestros. Siempre he tenido un maestro. Porto fue mi maestro de guion. El mejor guionista que ha dado España, todo el mundo conoce a Azcona, pero yo tenía a un maestro del nivel de Azcona que era tan humilde que trabaja en secreto. Es decir, las películas para las que él ha trabajado, no figura su nombre. Él se llamaba Perico Beltrán, era un genio. Este hombre yo lo acompañé en los últimos 30 años de su vida, luego, aún en vida, Perico me habló de Antonino Guerra, guionista de Fellini y Chaikovski, para adoptarlo como maestro. Y tuve el honor de que fue mi maestro hasta los últimos años de su vida. Son gente asombrosa, solo te digo una cosa, mi maestro Perico Beltrán renunció a tener dinero a los 18 años. Murió con 82 años, sin ningún duro, sin haber tenido nunca una cuenta bancaria, sin haber cobrado jubilación, sin haber estado de alta en la seguridad social… Sin nada.

Perico siempre me decía: Juan, con lo que tú ignoras, se podría escribir de nuevo la enciclopedia

¿Y como vivía?

Vivía básicamente de los amigos. En los últimos años de su vida había un sindicato de amigos que a su vez no nos conocíamos, pero que entre ellos estaba Imanol Arias, Juan Diego… Cada uno poníamos 20 euros y éramos más de 100, y con eso, pagamos la pensión donde él vivía y murió, en la calle de la Victoria. Él daba más. Perico siempre me decía: “Juan, con lo que tú ignoras, se podría escribir de nuevo la enciclopedia”.

De niño, “un viejo maestro”, le dijo que “leer es vivir más”. ¿Quién fue ese otro maestro?

Este fue un cordobés, don Rafael Hens. El primer maestro que tuve. Él me dijo: “Tienes que leer como comen las gallinas, picotazo al libro, picotazo al cielo”. Para pensar. Me enseñó también que nunca hay que leer un libro solo. Que hay que leer un libro que diga A y otro que diga B. Para que tú elijas cuál te convenza más.

El guionista toledano durante la entrevista. FOTO: MANU GARCÍA.

Dice que la radio también ha sido su vida ¿qué programas de radio escuchaba desde que era un crío?

Yo oigo la radio constantemente. La tele me interesa muchísimo menos. Vamos, una diferencia abismal. La radio, que por cierto ahora es muy mala, es la peor que yo he escuchado.

¿Pocos programas se salvan?

Trozos de programas. Programas enteros yo no rescato.

¿Y qué le ha pasado ahora a la radio?

Que la han tomado a asalto los periodistas. La radio es un mundo asombroso donde tiene que haber ficción, donde tiene que haber emoción. Ahora solo se hace radio gritada, que es la que suelen hacer los de deportes y radio opinada, que es el resto. Todo el mundo opina. A mi modo de ver, ese no es el mundo de la radio, el mundo de la radio es la imaginación. Es la fantasía. La voz de la madre es la voz primera que oímos y cuando la escuchamos, nos emociona, porque va por el oído, que es el órgano que va al corazón. Entonces la radio tiene que trabajar con eso. En el momento en que nos quedamos solo con el nivel narrativo de la información, toda la potencia que tiene la radio de emocionar, de conmover, desaparece. Ya no existe.

En octubre de 2017 publica su primera novela, La radio de piedra.

Siempre he desconfiado de la novela porque amo más a los árboles que a los libros. Los árboles nos lo dan todo y los libros, la mayoría, nos dan el coñazo. No todos los libros son legibles, la mayoría son una cosa que yo detesto que son entre, ten y miento. Y yo detesto el entre, ten y miento. Yo no escribo para entretener. Trato de conmover. Entonces, murió mi padre, luego mi hermano pequeño, que solo éramos dos, y la muerte de mi hermano me hizo reflexionar sobre mi propia muerte. Y dije, bueno, yo mañana puedo palmar perfectamente, y ese mundo, el de mi infancia, va a desaparecer. Me vi en el dolor, y me dije, bueno, voy a escribir la historia que vivimos mi hermano y yo. Es la historia de mi familia, escrita de una manera… con ternura y humor, con la idea de que puede ayudar a alguien. No que solo sea un entre, ten y miento.

Yo soy un admirador de los tontos. Hablo del tonto de pueblo, ese que tiene un moco colgando

¿Ayudar a quién?

Alguien que necesite darse cuenta de que dentro de sí mismo tiene una persona, que a lo mejor no le ha hecho mucho caso durante su vida. Porque hay gente que olvida quién es. Es esa búsqueda del Yo interior.

Eso le pasó a usted.

He tratado que a través de mi obrita, la gente que lo lea, piense en su obrita. Más que recordar a mi familia, del ambiente en que yo me crié. Por ejemplo, yo soy un admirador de los tontos. No del tonto normal, ese no me gusta. Es más, la mayoría de los tontos creen que no lo son, creen que son muy listos. Hablo del tonto de pueblo, ese que tiene un moco colgando, como un intermitente, y que va delante de la banda dirigiéndola, por ejemplo. Estos personajes de mi infancia, de esos hablo, de los mendigos, que iban a mi casa a que mi madre les diera un trozo de pan y luego resultó que el jefe de los mendigos era primo hermano de mi madre. Ellos, que se sentaban en el patio de mi casa y contaban historias de donde venían, de pedir, de los años 60 te hablo. La gente se cree que en España, en los 60 estaban aquí los Beatles, pero nosotros conocíamos a una España muy pobre, con un dolor enorme, con un silencio enorme… Y cuento esto con ternura y mucho respeto hacia esas personas anónimas que llenaron mi vida.

juan_herrera-9.jpg El guionista y creador de míticos programas de la televisión española, Juan Herrera, durante la entrevista concedida a lavozdelsur.es. FOTO: MANU GARCÍA.

En una entrevista dice que la televisión es heredera del circo, y no del cine. ¿En el sentido romano de ‘Pan y circo’, o circo como algo mágico repleto de ilusión? 

No, es más como miscelánea. El cine, normalmente cuenta una historia lineal, tiene un principio y un final. La televisión es como las colchas esas que están hechas de retales, que están pegadas y generan un edredón. Bien, pues la televisión es un edredón de tonos chillones, cosas llamativas, pero que no tienen estructuras. El Hormiguero es un ejemplo, a nuestro programa puede venir un científico, que un escritor, al rato, aparece una gallina. Es una colcha de colorines llamativos. Pero luego al final termina el programa y dices: “¿Y?”. Bueno, hemos matado el rato. Es una forma como llamativa, pero ahí, narrativamente no hay nada de contenido. Es muy difícil la televisión. La televisión es lo que queda entre medio de los anuncios. Trabajamos para rellenar lo que queda entre los anuncios. Esta es la realidad. Entonces, ahí, ¿qué podemos contar?

Le han hecho mil y una preguntas para conocer todos los detalles de ‘Humor amarillo’, como de donde viene el Chino Cudeiro, que ha explicado que fue en honor a un becario gallego apellidado Cudeiro que trabaja muchas horas en el programa, pero yo tengo una gran duda, ¿a quién se le ocurrió la llamada de “al turrón” y cómo surgió? 

Nosotros, que trabajábamos, Miguel Ángel y yo —durante 19 años—, hacíamos parejas, trabajaba la radio de la improvisación, pero muy improvisada. Grabábamos seis horas para luego coger piezas pequeñas. Yo nunca he tenido redacción, y en RNE no teníamos ni mesa. Trabajábamos en un sofá, porque no nos dejaban porque éramos saltimbanquis. Los periodistas, que tenían el poder, no nos dejaban ni mesa. Entonces nosotros trabajábamos con el programa de más audiencia del momento en RNE, pero ahí estábamos, en un sofá en mitad del pasillo y debajo de los cojines teníamos los papales. Trabajábamos en el estudio de grabación y elaborábamos muchísimo los gags. Íbamos inventando y muchísimo material de la radio la llevamos a la tele. Lo de “¡Al turrón!” lo hicimos juntos, como todo. Como lo del Chino Cudeiro.

Chiquito de la Calzada tiene mucho de Dalí, yo lo llamo Chiquito de Figueras

El humor se basa en la creación de un lenguaje, para saber si un humorista es bueno, hay que ver si se ha inventado palabras, si ha inventado lenguaje. El normal no es capaz de hacer eso. Chiquito de la Calzada es un genio porque ha inventado un lenguaje. Dalí es uno de los mejores cómicos que ha dado España. Un clown extraordinario. De hecho Chiquito de la Calzada tiene mucho de Dalí, yo lo llamo Chiquito de Figueras. Era un tío increíble, ese tío creaba un mundo verbalmente.

Y… ¿por qué le llamábais chinos si era un programa japonés?

Tiene dos razones, chino es más corto que japonés. Y luego, japonés tiene unas connotaciones fundamentalmente militares, está la guerra mundial… Y de los chinos se desconoce en España todo. La canción, “un mantón de la China…”, pues no era de la China, era de Filipinas, porque nosotros no hemos tenido relación nunca con China. Entonces, para nosotros la China era un sitio mítico. Para nosotros, China era un lugar de Asia, indefinido, y nos venía mejor… Y gracias a esto conocí a Takeshi Kitano, que era uno de allí y lo conocí gracias al flamenco, por cierto.

Echando la mirada atrás, el rol de las mujeres en programas como El gran juego de la oca, Goles son amores, o las míticas Mama Chichos, era siempre el mismo: mujer hipersexualizada y mujer florero. ¿Cómo y qué hablaban los directivos de ellas? 

De esto no se hablaba. Valerio Lazarov era nuestro director, venía de Italia, las bellinas eran una institución. Allí era muy normal…

En Italia estaba normalizado, pero en España se trajo y se normalizó.

Sí, pero esa es otra. Los españoles queremos ser norteamericanos. Y los italianos tienen su propio código. A la gente no le parece extraño que, siendo nosotros tan pro norteamericanos, las televisiones en España las dirijan italianos, que teóricamente no deberían saber de televisión. La gente no manda a sus hijos a Italia. Yo no tengo, pero yo he trabajado allí y si los tuviera los mandaría a estudiar allí, porque el mundo de la televisión es Italia. No casualmente Vasile es italiano y el de Antena 3 también. Ellos traen una fórmula, que es la que funcionaba en Italia. El Hormiguero, por ejemplo, tiene mucho con el mundo de Valerio, el mundo de las Mama Chicho. A nivel rítmico, a nivel de color, es una televisión hecha claramente en Italia. Lo curioso es que esto no se puede hablar, pero el modelo español de televisión es Italia.

¿Esto no se puede hablar?

No, insisto, los ejecutivos creen que nosotros somos norteamericanos. ¿Porqué la gente ve normal que en los Late Night, la gente beba en una taza de loza? Porque en EEUU, que son protestantes, está prohibido beber alcohol en público. ¿Por qué lo hacemos nosotros? Porque queremos ser norteamericanos. Esa taza de loza nos parece de lo más normal, cuando es de lo más antinatural. Recibir en tu casa a alguien y ponerte detrás de la mesa del despacho y sentar a esa persona en un sofá…

Sí, pero me refería a que tampoco es normal que haya cinco mujeres en bikini en televisión…

No, no es normal dependiendo de lo que tú entiendas por normal. Antes de llegar aquí Valerio, estaba Chicho Ibáñez Serrador. Chicho tenía un plano que se hizo famoso. La gente no se pregunta por qué había una chica que hacía la evaluación de las cuentas, Victoria Abril por cierto, todo el rato estaba de pié, pero ese momento ella estaba sentada. Ella se sentaba en una silla, ¿por qué crees que se hacía eso? Porque detrás de sus hombros había dos tías con una hiper minifalda. Esto lo hacía Chicho en época de Franco. La hipersexualización y la utilización de los modelos femeninos sexualizados es tan antiguo como la humedad. Esto ha sido siempre así. No hay nada nuevo bajo el sol. La única diferencia es un cambio de sensibilidad. Ahora nos parece muy llamativo, hace 20 años no lo era.

La hipersexualización y la utilización de los modelos femeninos sexualizados es tan antiguo como la humedad

¿Qué hice yo dentro de mi trayectoria profesional? En la realidad, Goles son amores lo dirigía yo. Porque me largaron el muerto. Yo era el guionista y yo tenía que estar allí con esta lidia. El día del casting de las chicas, yo salí vomitando. Nunca más he vuelto a hacer un casting, en mi vida, me he negado.

Vomitando.

Vomitando porque era una sensación… El casting fue temprano, aquellas chicas eran jovencitas, venían con sus madres, todas muy ambiciosas, madres e hijas, que querían el puesto de trabajo sí o sí. Para lo cual, estaban dispuestas a hacer lo que fuera. El casting lo dirigía a distancia Valerio. Pero claro, yo era un chaval bastante nuevo en la tele, no conocía los códigos. Y claro, aquello era lo más parecido a un mercado de pollos. Esta sí, esta no. No había un criterio. No se evaluaba ni si hablaban o no, era: “Esta no, que es muy pálida”. Había una fila… Yo al final no sabía ni a quién habían cogido, y de hecho yo solo me encargaba de poner orden en ese asunto. Pero es una sensación de evaluar a seres humanos al voleo, que yo no valgo para eso. No me sentía bien. Veía que aquello era una cosa que no tenía criterio. Evaluar a alguien por si suda o no suda, por si tiene una peca… No veo que eso sea una cosa edificante. Nosotros, como creadores de arquetipos, porque al fin y al cabo, nosotros, en la tele o en la radio, creamos modelos referenciales…

Se puede decir que usted ha sido responsable de esos modelos.

No, no. Porque en ese caso yo no tenía capacidad de decisión. Yo era un chaval que empezaba, y lo que sí te digo es que yo no he vuelto a hacer jamás un casting, ni lo haré. Yo soy un tipo que, lo mismo que uno de mis maestros renunció a tener dinero, yo he renunciado a tener poder. Yo en El Hormiguero, preguntas quién soy yo, y yo soy un señor que está allí. No soy coordinador, pero además, voluntariamente. Cuando yo empecé con Pablo yo les dije, yo no soy coordinador, ni subdirector, ni aguador… Yo soy Juan Herrera, y así sigo. Yo no he querido poder nunca, ni lo tengo. Lo que sí hago es alquilar mi tiempo, pero no mis ideas ni mi inteligencia.

Juan Herrera en el despacho de su casa en Jerez. FOTO: MANU GARCÍA.

Pero sí creó el formato de El Hormiguero, ¿no?

En la parte que me interesaba sí. Yo quería poner en cuestión el concepto de la realidad. Y me pareció interesante introducir unos seres del inframundo que vivían en otra realidad. Por eso lo que al final se hizo, no era mi idea. Mi idea era, la gente no sabe lo que son las personas que viven debajo de la mesa. Ellos venían de otro mundo y hacían preguntas como las que hacen los niños. ¿Por qué se mueve el sol, dónde duerme? Frente a unos tipos que vienen a hablar del ruido de la vida que hacemos nosotros. Enfrentar un mundo del sentido común, con el mundo de los enterados, que somos nosotros, ese era el juego que más me interesaba. Además, generar en los niños, la curiosidad de lo que habría debajo de la mesa. No se enseñaría nunca, pero estas hablarían de enfermedades, de problemas, de otros seres… De los que nunca sabríamos nada, porque yo vengo de la radio, entonces a mí me interesa el poder de la imaginación. Pero luego, cuando te metes en la industria…

Está a caballo entre Madrid y Jerez, dese hace 15 años, ¿cómo nace su pasión por el flamenco? 

Mi padre no era aficionado al flamenco. Pero él creía que sí y lo que él escuchaba era copla. Mi abuelo tocaba la guitarra..., pero no es por ahí por donde me llega a mí. Cuando yo llegué a la universidad, fui a un concierto de Lou Bennett, un jazzman negro, y yo, que venía de Toledo, no había visto un negro en mi vida, y este encima tenía perilla. Y en medio de aquel concierto sale un gordaco, un señor gigantesco, y se pone a hacer scat, y se daba golpes en la yugular. Yo daba por fijo que el negro conocía a este. Yo, que acababa de llegar a la universidad y tenía 17 años, salgo de allí y me dicen que es Pepito El Jazzman. “¡Ah!, ¿pero viene con el negro?”, pregunto. “No no, él es cantante espontáneo”, me dicen. Era la primera vez en mi vida que escuchaba todo eso junto. Total, que el tío me flipó. Y busqué conocerlo. “Yo soy aficionado al jazz, he cantado con Miles Davis…”. ¿Qué has cantado con Miles Davis? De repente, descubrí que ese señor conocía y se escribía con todos los jazzman de referencia. Yo le dije que me gustaba el blues, el blues del Misisipi… Y me dice: “Tú estás muy equivocado, los negros del Missisipi son todos muy raros, son todos santeros… tú nunca vas a poder hablar con John Lee Hooker”. Pero claro, ¿cómo voy a hablar yo con John Lee Hooker? Y me dice: “No, no, tú tienes que ir a Jerez de la Frontera”. Me quedé… “Sí, sí. Si te gusta el blues, tienes que ir a Jerez, y preguntar por el Tío Borrico”. Y me saca de la cartera una cuartilla escrita a mano por una mujer, dandole la gracias a Pepito El Jazzman, porque Pepito le mandaba dinero al Tío Borrico. Este, me dijo: “Lo más parecido que hay a John Lee Hooker en España es el Tío Borrico de Jerez, tienes que ir allí”. Yo no le hice caso porque pensé que estaba como una puta cabra.

Pero pasaron los años, y como no tenía modo de entrar en los tablaos. Un día, vino a mi centro a cantar, Rafael Romero 'El Gallina', un cantaor viejo de Jaén. Es un viejecito y a mí me encantan los viejos. En seguida me hice amigo suyo. Este hombre no tenía dinero, vivía debajo del puente de Cuatro Caminos, tenía unas zapatillas de paño llenas de manchas, pero mantenía la voz. Y yo, cuando salía de clase, en vez de irme a jugar al billar, me iba debajo del puente de Cuatro Caminos a hablar de flamenco con él. Él fue mi maestro. Yo le preguntaba, me presentó a Perico el del lunar, el mítico guitarrista. Y por primera vez conocí a los Sordera, que son de mi barrio. Todos estos flamencos vivían allí. Y a partir de ahí empecé a seguir este universo.

Y a día de hoy, ¿qué le motiva a levantarse cada día?

Tratar de descubrir algo que no sé.

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