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La vieja desdentada, con grosero hábito de muselina, daba escandalosas risotadas ante la grotesca gárgola, quien mostrando su descomunal falo gritaba: “¡Quiero cometer mi último pecado antes de bajar al infierno!”. Se reflejaba complaciente en su espejo la soberbia, de abollada celada y tullidas piernas, mientras llenaba una saca rota la avaricia, camino del  infierno. Al fondo se disputaban un roñoso hueso dos arpías truculentas, la envidia y la gula,  como si  fueran perros…  en mitad de las pecaminosas imágenes que se sucedían en su febril cabeza, irrumpió una procesión de disciplinantes,  entonando un Dies Irae. Al apagarse sus cirios y descubrirse de  sus capuchas y capirotes, resultaron ser  enanos y bufones de la corte de Carlos V. Todo lo disipó la polvareda de un galope, un jamelgo esquelético montado por un Extraño Jinete.  Se acercó hasta la cabecera de su cama y extrajo de un frasco una enorme sanguijuela, al acercarla a su brazo despertó.  El cabo de la vela dejaba un fino hilo de humo, se había consumido durante la larga, larguísima, noche del enfermo, en la palmatoria.

Las crisis asmáticas lo dejaban postrado durante días. En sus frecuentes convalecencias comenzó a adentrarse en las tinieblas de sus sueños con la punta de las palabras. Escribía en francés con pinceles flamencos. Al descorrer el pesado cortinaje de su imaginación, se  mostraban decorados que parecían de Brueghel el Viejo o El Bosco, asomando personajes de la corte española que tanta fascinación le causaban, entremezclados con recuerdos de su infancia, cargada con la conciencia del pecado. Él, ferviente católico, devoto de Nuestra Señora de la Soledad, proyectaba la inquietante sombra del demonio entre sus páginas. Comenzó escribiendo cuentos, algún poema,  un mero ejercitarse  hasta la revelación de su instinto dramático.

Defensor a ultranza de la intuición en el arte y de la emoción como único método de llegar hasta el público, sostenía que expresar  la crueldad sobre el escenario era la mejor manera de llegar a cada espectador.  Una crueldad que no conoció a través de Artaud, sino de los grabados de Goya. No solo fue un genial autor, sino un dramaturgo excepcional, es decir, alguien preocupado sobre todo en mostrar el otro lado de las palabras. Dada la violencia hasta la que quería llevar sus representaciones y consciente de la limitación física del actor  para expresarlas, comenzó a desarrollar textos para marionetas, poniendo en práctica, sin proponérselo, las teorías de Gordon Craig.  Los hilos del destino que nos mueven, el riesgo a que inesperadamente se corten, le revelaron un miedo atroz al dolor y la muerte, que sólo podía desembocar en una carcajada macabra.

Aislado en su gabinete, escenografía barroca de sus pesadillas, entre marionetas, tallas de santos, máscaras, pinturas góticas, maniquíes de cera, y toda suerte de cachivaches disecados por el tiempo, fue creando La balada del gran macabro, Escorial, Mujeres ante la tumba, Escuela de bufones o El Extraño Jinete, entre muchas de sus celebradas piezas teatrales. Alegorías fantásticas, obras llenas de amargura y terror ante el espectáculo del mundo que cruzaba. Hubiera querido ser un artista del Medioevo pero le tocó una época mucha más oscura, viviendo dos atroces guerras mundiales. “Realmente me siento contemporáneo de la gente de la Edad Media. Su pensamiento, su corazón, me es familiar."

En su partida de nacimiento en Ixelles y en  la de su defunción en Schaerbeek , localidades próximas a Bruselas, nos dicen que Adhémar Adolphe Louis Martens, nombre prosaico con que registraron a Michel de Ghelderode,  nació un  3 de abril 1898, siendo enterrado justo sesenta y cuatro años más tarde.

Sobre el autor:

Eusebio Calonge

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