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Esta mujer no viene aquí como personaje, sino como persona real, independizada, desligada del propio Galdós, dueña absoluta de sí”. Ramón Gaya

Cruzó la ciudad hacia el cementerio, abstraído, sin mirar las calles. Al llegar dijo al taxista que esperara y buscó en el tercer patio la lápida. Tardo en encontrarla porque no recordaba que su nicho estuviera tan alto. Al fin leyó su nombre esculpido: Fortunata. Y fue como volver a verla. Fugaces se le aparecieron sus ojos, su sonrisa fresca, el tacto de sus manos, y hasta le pareció oír su voz... allí permaneció con el corazón atravesado,  agachada la cabeza por ocultar el caudal de lágrimas que surcaban su cara. ¡Si le viese alguien! Aquel Don Juan, aquel Juanito Santa Cruz, aquel que no era ya sino un tiesto, un saco de achaques, abandonado por el tiempo…

Reparó en una rosa que adornaba su nicho. ¿Quién la habría depositado? Ni Maximiliano muerto en el manicomio hacía tantos años, que no sería menos polvo que aquel que ahora visitaba; ni aquel farmacéutico, del que no recordaba el nombre, que se iría de Madrid al cielo haría tanto; ni el hijo, aquel haragán pendenciero, al que siempre se le ocultó quien era su madre. ¿El autor? Si aquel garbancero ensimismado no estuviera sepultado ya entre sus personajes, sería incapaz de esos detalles románticos ¿Quién más, después de un siglo de aparecida la novela, podía haber dejado aquella flor?

No podía saber que fui yo, un lector anónimo, quien la puso entre las páginas del libro, antes de cerrarlo y devolverlo al anaquel, como tributo a ella y por todos aquellos personajes, a los que una pasión devastadora, arrastró a la realidad desde la invención de sus novelas, sus piezas teatrales, sus lienzos … En un salto poético que cruza el abismo del arte , hasta  darles  presencia real. Personajes que propagan su silencio por la eternidad, más vivos que sus autores. Respirando cada vez que los leemos, los encarnan en el escenario, los contemplamos en un lienzo. Más vivos en su ficción, o al menos igual de nada, que los mortales que llegamos hasta la sepultura en carne y hueso.

Doy fe de haberme cruzado con ella por la esquina de Pontejos, de escuchar su risa entre las loteras de Sol y de haberla visto beoda de tristeza en la mesa de velador de uno de esos pocos cafés que van quedando. No, no es cosa de mi  imaginación, cruzó por lo más hondo de mi mirada. Latía su corazón por más que fuese hecho de palabras y aunque los capítulos de su destino la trajeron hasta este mármol frío donde las letras más que esculpidas quedaron impresas, su nombre podrá evocar una ausencia, pero nunca un olvido.

Renqueante y encorvado regresa Don Juan, aquel Juanito Santa Cruz, al taxi, como quien sube, por su propio pie, a su coche fúnebre.

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