Doménico Zipoli.
Doménico Zipoli.

A Joan Cabó Organista de la Basílica de Santa María del Pí en Barcelona

Comienzo esta carta que no llegará nunca y que quizás ni esté escribiendo, o la esté escribiendo sin pluma ni papel, preso de las fiebres en este paraje remoto. La campana toca tercias, por un momento acallan las cotorras, un rayo de sol escudriña desde el amanecer la celda, se posa en el crucifijo y baja a la mesita junto al jergón, iluminando el breviario, el jarabe de quinina, un vaso de agua intacto, y algunas partituras que ya no terminaré. Acaba la luz posándose donde late tu recuerdo, apareces con los dorados paisajes toscanos de fondo, paseando con aquel traje de brocados suaves como una brisa… Con frecuencia he intentado retener ese tiempo entre notas, a veces furiosas, sobre el modesto órgano de la misión. Qué pensaría mi maestro, aquel galante Pasquini al escucharme tan desnudo de trinos y mordentes… La tos estalla con esquirlas de sangre.

Desbarata todo lo escrito, o recordado, derramando la tinta o las lágrimas… Cierto o soñado, la música hace cierto lo soñado, hace que diga el silencio, y ese decir es el alma que vuela, vuela hacia la luz, como en aquel milagroso fresco de la bóveda de la Chiesa dil Giesú en Roma, hasta allí subían mis ofertorios , mis toccatas, la elevazioni… un atrio que se cruzaba hacia la eternidad… un pórtico de oro que se abría… la elevazioni… Busqué, dediqué mi vida a buscar la eternidad de ese instante… Entré en La Compañía en Sevilla, donde me ofrecieron la plaza de maestro de capilla en su catedral, yo no ansiaba glorias terrenas, solo quería trasmitir lo que iluminaba mi espíritu a regiones ignotas. Salimos desde el puerto de Cádiz pocos meses después, un 5 de abril de 1717 con destino al Nuevo Mundo. Tuvimos bonanza hasta llegar a la boca del Río de la Plata, donde la tempestad nos desarboló y sólo la providencia nos salvó del seguro naufragio. En esta tierra recóndita compuse lo mejor de mi obra. ¡Cuánto hubiese dado por que la oyeras! Acabé las teologías pero aún no me ordenaron sacerdote por no encontrase aquí obispo que lo pueda hacer.

Llevo casi diez años de mis treinta y siete, y Dios sabe que más no cumpliré, tocando la elevazioni en esta parte del mundo. El alma dispuesta en los indios y mestizos la escucha con un fervor que nunca sentí en Europa, se diría que la Fe puede verse en sus ojos cuando la música les sobrevuela por la blanca nave de la iglesia entre el humo del palosanto… Humo… las palabras son humo…te he dicho tantas cosas callado, dejé que la música dijera lo esencial, que toda vida es humo que asciende hacia el cielo. Tocan oficio de sexta…

El rayo de sol se apagó tras las nubes. Ensarté en estos renglones no pocas nostalgias, las que han ido enquistando esta pena vieja, estos harapos de sueño, un sueño que me asoma ya a la muerte, donde tu nombre quedará sepultado entre mis labios. Rubrico esta carta como si pusiera los santos óleos sobre mi frente. Hermano Doménico Zipoli, en la Reducción Jesuítica de Santa Catalina ,Virreinato del Perú, un 2 de enero de 1726. Tras la expulsión de los Jesuitas, unos cincuenta años después, y vendida la finca a un terrateniente, los mucamos arrojaron al fuego un fajo de legajos, libros apolillados y partituras, quizás también entre ellas alguna epístola.

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