David Goodis.
David Goodis.

“Todo había acabado de modo confuso, en una mezcla de desesperanza, mucha soledad y mucha amargura, todo coronado por un toque de desesperación”. Arranca el papel de la aparatosa underwood. Tiene las manos ateridas de teclear para publicaciones baratas, de las que cobra por palabras, cada vez con un seudónimo distinto para no dejar rastro de su propio fracaso. Ya que no tiene calefacción va templando el cuerpo con whisky barato, a su lado un cenicero abarrotado de colillas. La ventana da a un muro, si se asoma puede ver un trozo de cielo casi blanco,  y nieve sucia, pisoteada en el callejón. Hundido en el sofá, ronca su hermano Herbert, esquizofrénico, cobijado bajo las mantas. Sin tener más escapatoria había regresado a la casa de sus padres en Filadelfia, sus sueños de escritor se habían esfumado pronto.

Tras el eco creado por una de sus publicaciones semanales, cruzó con su destartalado Chrysler de costa a costa, hasta alcanzar el espejismo de Hollywood, allí alquiló un sofá en el que dormir, se codeó con una pléyade de guionistas desesperados que buscaban  lo mismo que él. Tuvo un fugaz momento de gloria, cuando llevaron al cine Sendas Peligrosas con Bogart y Laurent Bacall. Fiestas glamurosas de las que quedaron algunas fotos con smoking, un casamiento tormentoso, y un contrato con la Warner Bross. que nunca renovaron. Recuerdos en blanco y negro en el fondo de un cajón. Nadie lo tuvo muy en cuenta, cuando sus guiones no terminaban en una papelera,  eran modificados a capricho de los productores. Acabó con su traje de tweed hecho harapos, vagando con solo monedas de cobre en sus bolsillos, usó las últimas para llamar desde una cabina a su padre. El viejo había sido la única persona que había confiado en su talento.

Regresar fue enfrentarse a un fracaso del que nunca ya saldría. El que impregnaría sus novelas, publicadas llenas de erratas, sin ningún cuidado editorial, en papel barato. En ellas su propio fantasma se le asoma al espejo. Ciudades gélidas, sin ningún horizonte, donde personajes violentos vagan perdidos dentro de sus destinos, huyendo hacia ninguna parte , sin deseos ni esperanzas.

Con la muerte de sus padres se hundió en la depresión. En la miseria y alcoholizado, el mismo optó por ingresar en un hospital psiquiátrico. Murió completamente olvidado, en su Filadelfia natal, un 7 de enero de 1967. Una mañana de frío intenso, no podía ser de otro modo, poco antes de cumplir los 50 años.

Un lustro después sus novelas serían traducidas en Francia, los argumento desgarrados de sus intrigas negras  interesarían a los  existencialistas,  captando la atención de lectores como Camus, Boris Vian o Sartre. En 1960 Francois Truffaut rodaría Disparen sobre el pianista con Charles Aznavour y en 1989 Samuel Fuller renovaría su vigencia con Calle sin retorno. Demasiado tarde. Cómo el mismo escribiera en una de sus páginas, “hay personas que estén donde estén, y hagan lo que hagan, llevan consigo la mala suerte”.

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