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Un dandy con pipa, monóculo y chistera, metamorfosis del escritor en uno de sus personajes de cuentos infantiles. Extravagante y excéntrico en un mundo donde la imaginación era considerada subversiva. Daniil Kharms fue un precursor de la mal etiquetada literatura del absurdo, nada menos absurdos que sus breves cuentos. En ellos se comienza a narrar la vida de un personaje pero apenas dos renglones por delante desaparece, o se cita una retahíla de nombres a los que la biografía se les va hurtando, los números son borrados de la memoria sistemáticamente, o sólo los ciegos ven hechos criminales con tanta frecuencia que dejan de ser acontecimientos. Una realidad brutal escondida entre líneas sarcásticas, disuelta si se quiere con tintes surrealistas, las de una vanguardia que era el refugio ante el azote del arte estatal, el estéril realismo soviético.

Nacido en San Petesburgo en 1905, ingresó en la Universidad de Electrotécnica  de donde fue expulsado por “actividades antisociales”, hecho que precipitó su resolución de dedicarse de lleno a la literatura. Fundó revistas, una de ellas con Mayakovski, hizo amistad con los futuristas, que era la corriente literaria más revolucionaria, y por tanto prohibida, en aquel yerto panorama comunista de la década de los veinte. Intentando burlar la feroz censura escondiendo su obra tras seudónimos que sucesivamente iba cambiando. De poco le valió.

En sus cuentos para niños la represión gubernamental encontró sátiras implícitas, por lo que ingresó en la cárcel por primera vez en 1931. Tras su estancia en prisión fue deportado a la ciudad de Kursk, bajo la increíble, y esta sí absurda, acusación de “pertenecer a un grupo de escritores antisoviéticos de literatura infantil”. Sus libros fueron confiscados y destruidos y se le prohibió editar en cualquier medio. El estalinismo intentaba así suprimirlo, borrarlo, como a uno de sus personajes. En agosto de 1941, es acusado de “oponerse a los valores soviéticos del materialismo” y condenado por traición es encarcelado nuevamente, en la prisión número 1 de la que ya se llamaba Leningrado.

Se conservan las fotos de carnet, que iba pegada en la cartulina gris de la NKVD, con datos básicos y los cargos imputados. Se realizaban con luz natural, cuyo tiempo de exposición más prolongado, propició la trágica expresión de  los millones de personas retratadas. Es una macabra ironía que la mirada letal de la policía secreta pueda haber creado retratos tan sensibles. Sosteniendo un cartelón con su número de presidiario y su verdadero nombre: Daniil Ivánovich Yuvachóv, de frente y  de perfil, aparece demacrado, con los ojos cerrados, el pelo despeinado, hacia atrás, desabotonada la camisa bajo la chaqueta, la tragedia en las facciones, retrato ya de un cadáver.

Intentando evitar ser fusilado, se cree se fingió loco, trasladado a un manicomio quedó bajo vigilancia psiquiátrica, entre sus siniestros muros se dejó que muriera de hambre. Tenía 37 años

En un cuaderno azul, apareció este cuento, que solo pudo publicarse tras el fin de la URSS:

“Había un hombre pelirrojo que no tenía ojos ni orejas. Ni siquiera tenía cabello, así es que eso de que era pelirrojo es un decir.

No podía hablar porque no tenía boca. Tampoco tenía nariz.

Ni siquiera tenía brazos ni piernas. Tampoco tenía estómago ni espalda ni espina dorsal ni intestinos de ningún tipo. De hecho, no tenía nada. De modo que es muy difícil entender de quién estamos hablando.

Tal vez sea mejor ya no hablar nada más de él”.

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