La crítica de Villamarta. La bailaora Ana Morales se confirma en 'Los pasos perdidos', un notable trabajo minimalista pero cargado de intención, sensualidad y sensibilidad.

Compañía Ana Morales. Idea original, coreografía y baile: Ana Morales. Dirección artística: David Coria y Ana Morales. Cante: Juan José Amador y Miguel Ortega. Piano: Pablo Suárez. Percusión: Daniel Suárez. Colaboración especial: Salvador Gutiérrez. Palmas: Roberto Jaén. Artista invitado: David Coria. Con la participación de la Escolanía de Los Palacios. Fecha: Domingo 21 de febrero. Lugar: Teatro Villamarta. Aforo: Lleno. (***)

Si vivir no es más que desandar lo andado, que escribiera el gran Julio Mariscal, Ana Morales vive dejando huella en el escenario. Apunten ese nombre. Recuérdenla. En unos años vamos a estar hablando de palabras mayores en la escena dancística contemporánea. Pero podemos empezar ahora mismo a ensalzar sus virtudes y ese prometedor futuro que ya es presente. Esta danzaora catalana, aunque sevillana de adopción, es acreedora de un largo bagaje pese a su juventud. Su carrera ha estado trufada de multitud de experiencias desde que estudiara Danza en el Conservatorio de Barcelona. Ya la vimos despuntar junto a Javier Barón o presentando pequeños formatos en el Festival, incluso se ha convertido en solista del Ballet Flamenco de Andalucía, pero le aguardaba el enorme reto de subirse a las tablas de Villamarta con un proyecto personal durante una muestra consagrada a los maestros pero también a los nuevos talentos. Los pasos perdidos es su tercer trabajo en solitario, presentado hace dos años en la última Bienal, y se nota desde el primer momento no solo que es una obra pensada y pulida sino que ya tiene kilómetros recorridos. Desde luego es un gran logro de los diseñadores de la programación del Festival rescatar este tipo de propuestas tan dignas y honestas, dentro de una apuesta por la juventud sin ambages y en la que se mira la calidad, no la fecha del estreno ni el renombre.

Cautivadora desde el minuto uno, Morales arranca más bailarina que bailaora. Con reminiscencias clásicas, de escuela bolera, abanico en mano y dibujando la enorme sombra de sí misma en el telón de fondo (atención a ese repiqueteo inquietante con su abanico, pues marcará el devenir del montaje). Como un reflejo del paso del tiempo, como una reflexión de lo que queda detrás y nos sobrepasa o directamente no vuelve nunca más, la salida a escena ya deja clara dos cosas: intencionalidad y personalidad. Con este sencillo juego inicial, dará pie a una estructura circular en la que oscuros pensamientos parecen rodear a un núcleo más luminoso y flamenco en forma de farruca (estilizada y enorme junto al proverbial toque de Rafael Rodríguez) y tangos (fascinante ese final en el que queda como suspendida como la Ophelia de Millais, vaporosa). Es en esta atmósfera más cálida y sensual donde la bailaora lo da todo. Primero, girando acompasada, como si su cuerpo fuera manecillas de un reloj que no se detiene. Segundo, levitando a golpe de caderas y por mor de un braceo pleno de matices y expresividad. Maneja a la perfección la baja y la alta temperatura, el equilibrio entre aceleración, técnica, espontaneidad y contención. 
Su baile es elocuente y atractivo, y este trabajo es tan minimalista como certero en su principio, nudo y desenlace. Una soberana demostración de que el talento suple la escasez de presupuesto y de que no hace falta más relato ni narrativa que el buen baile, cante y toque cuando de verdad son buenos. Aun así, Morales no regatea e introduce en la propuesta el piano de Pablo Suárez, que se convierte en exquisito hilo conductor de la misma, así como las voces de la escolanía de Los Palacios que parecen aportar un toque espectral a sus momentos en ensoñación. Estamos en un proyecto cargado de influencias, de aprendizajes y desaprendizajes. Ante un equipo artístico en el que se palpa la confianza y la buena sintonía -muchos de ellos han trabajado juntos en trabajos anteriores o, sin ir más lejos, con la compañía de Javier Barón-, por lo que todo lo que destila el escenario son agradables sensaciones fruto del trabajo de una bailaora muy madura. Capaz de permanecer inerte en el suelo mientras David Coria -fabuloso- se marca una guajira de época o de vestirse plácidamente encima del piano de Pablo Suárez justo cuando Juan José Amador, morentiano, entona la vidalita de Marchena. 

Los pasos perdidos está plagada de detalles, flashes, ideas, buenas intenciones. Un trabajo para ejercitar la memoria: la de la propia artista y la del espectador, que seguro que se ha llevado varias instantáneas que le será difícil olvidar. Sin alardes ni aspavientos, Ana Morales levanta un sutil andamiaje para una construcción a priori simple, pero que al bajar el telón te deja ese agradable regusto que provocan las cosas bien fraguadas y rematadas pese a esa aparente sencillez. Será porque en el subconsciente ha penetrado de forma indeleble esa farruca asabicada y moronera de la guitarra de Rafael Rodríguez. O porque aún resuena la malagueña de un Miguel Ortega pletórico. O porque, con su bata de cola negra, acariciada por Coria, Ana Morales parece una menuda Victoria de Samotracia tallada en mármol que merece ser recordada.

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído