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Ryuji es un hombre de mar que posee una única certeza; algún día se encontrará con la gloria y ambos se abrazarán. Desde los veinte años ese pensamiento recurrente es su único motor. En El marino que perdió la gracia del mar, Yukio Mishima nos cuenta la singladura terrestre de este señor, desarraigado por tantos meses al año del mundo de la mayoría, sometido ahora en Yokohama a una brisa constante en lugar de a tempestades difíciles de prever y combatir en el océano. El marinero conoce a Fusako y a su hijo Noboru, quienes harán zozobrar su orden de prioridades, al creer cada vez más que las aguas no esconden esa catarsis tan ansiada.

Después de todo y como se apunta en el libro, la vida de Ryuji es experimento más que vocación; él no se hizo al agua por amarla, sino por odiar la tierra firme. Esta es una historia en la que Mishima confronta polos antitéticos, visiones muy dispares de la existencia; la necesidad de estabilidad y sencillez en gentes a quienes su particular borrasca pretérita les fulminó con rayos y aguaceros, como es el caso de Fusako, y la sed de pasión, de mensajes nobles y de hermanamiento con la pureza y desnudez del mundo real, no de la hueca arquitectura levantada por los adultos que pervierte a Noboru y sus amigos, todos sumidos en la adolescencia rebelde.

El triángulo formado por los protagonistas es equilátero, perfecto, recibiendo todos un trato cuidadoso por parte del autor. En pocas historias he contemplado una exposición tan salvaje y a la vez real de la brecha entre el mundo de un niño de trece años y el de los adultos. El lobo de mar que aún aúlla en Ryuji fascina a Noboru, no así su parte más conciliadora y mundana que poco a poco va ganando terreno conforme se desarrolla su historia con la madre, Fusako. Ninguno sabe si obra bien en su búsqueda particular; ella siente su corazón a merced de las inclemencias, ofreciéndolo a un hombre de vida insegura y en última instancia impredecible; su hijo y sus amigos con su artificiosa superioridad moral que tanto se tambalea, en el fondo, por la inmadurez y la falta de experiencias; y el marino, sin tener claro si en la tierra o en el mar se encuentra el sentido de las cosas.

El lenguaje de la obra es muy sólido. Mishima sabe describir y atinar tanto en el terreno pasional como el reflexivo. Sabe mostrarnos la delicadeza de una taza de té, impresionarnos con la visión de un barco plegando sus dimensiones conforme se aleja de la vida del común de los mortales hacia el horizonte, y estremecernos con los truculentos rituales iniciáticos del grupo adolescente, que utiliza la violencia más pura para llegar a la médula que yace bajo el mundo vacío y pacífico que les organizan otros sin su consentimiento. La sutileza y al mismo tiempo fuerza del autor alcanzan su cota máxima, tal vez, en el uso de un simple agujerito en el fondo del armario de Noboru como nexo entre los mundos enzarzados en una lucha sin piedad. El dormitorio del todavía niño y el cuarto donde se consuma la voluptuosidad de los hombres y mujeres.

Yukio Mishima fue uno de los máximos exponentes de la literatura japonesa, siempre en fuerte desacuerdo con la occidentalización del país. Tras una dura infancia marcada por la tutela de su cruel abuela y la mala salud, no vio concretadas sus más nobles aspiraciones, como ser piloto kamikaze y morir en el mayor honor posible. Estudió Derecho pero finalmente volcó su vida en las letras, convirtiéndose en una referencia en su juventud. Prolífico y versátil, dio punto y final a su obra al mismo tiempo que a su vida. Cuando acabó la tetralogía de El mar de la fertilidad se practicó el seppuku o hara-kiri, descontento a su juicio con la pérdida de moral y la decadencia en alza del mundo.

«Sospechan de todo aquello que pueda ser creador; tratan de cercenar el mundo hasta reducirlo a algo mezquino y fácil de manejar».

«Partirás por la mañana, ¿no es así?».

«Un diario que registra con precisión los caprichos del mar como compensación a la incapacidad del hombre para trazar el diagrama de sus propios estados de ánimo».

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