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#NegroSobreBlanco La poesía necesita de desertores de la realidad.

Antes del éxito internacional de Tal como éramos Sydney Pollack rodó con Robert Redford Las aventuras de Jeremiah Johnson. La noche y el día de un mismo director. Este western emocionante de 1972 me lo hizo ver en 2013 mi amigo Carlos Domínguez, gran conocedor del cine de culto (tanto o más, y ya es decir, que de la sicodelia). No es de extrañar que para Domínguez este trasunto de hombre de la montaña perdido en la nieve de Colorado sea un héroe de su infancia. Tiene un pozo esperanzador bastante redentor y una belleza paisajística innegable. La idealización del hombre que abandona la civilización y decide dedicarse al desempeño de la verdadera libertad tiene mucho de identitario para un desertor de cualquier causa o fundamentalismo.

Algo así debió experimentar el inmortal José Alfredo Jiménez cuando compuso Las ciudades. No es de sus rancheras más conocidas pero sí de las más celebradas. Notables autores de toda ralea la incluyen en cualesquiera de sus listas definitivas a las mejores canciones. Las ciudades es el daguerrotipo definitivo del tipo aquejado por la civilización (y su atentado contra los valores a la antigua usanza) que le amarga la vida y un gran amor: "Las distancias apartan las ciudades,/ las ciudades destruyen las costumbres."

Años después de mi primera vez con José Alfredo Jiménez volví a notar esa cadencia única en otro autor galáctico al que, ironías del destino, me unía el paisanaje. A raíz de Hoy estoy para seguir, Rafa Caballero ocuparía un asiento en la mesa redonda de mis autores favoritos. ¿A caso José Alfredo Jiménez no hubiera cambiado una gloriosa noche de farra por escribir en un rinconcito de Tenampa estos versos: "Entre tu casa y mi casa tiré mi corazón al suelo,/ para que lo pisaras o lo echaras de menos?"

No es de extrañar que el poeta anhele el retiro dorado. En Honestidad brutal Andrés Calamaro nos confiesa sin ambages que pasa jornadas y jornadas maratonianas sin parar de escribir canciones desde su torre de marfil en Plaza Francia. Concededle a las exs  y a las toxicidades todo el mérito del vuelo bajo de la musa es otorgarles un protagonismo desdibujado e injusto. Pero igual, el tópico es válido: cómo vas a explicar tus verdaderas motivaciones, la sed auténtica. Siempre sale más sencillo (y vende más) acusar de maldad a un paraíso artificial o a una femme fatale. Nunca nada coloca tanto, ni ninguna chica es para tanto.

Escribía José Hernández en su Martín fierro que "en su destino inconstante/ solo el gaucho vive errante/donde la suerte lo lleva".  Con esa fiebre trazó Joaquín Sabina el viaje de aquel español que por un motivo u otro huyó y recorrió ese mundo ancho y ajeno del que nos hablaba en Peces de ciudad. Con ecos armónicos de To ramona se nos relata las peripecias de un exiliado cualquiera que en su deambular particular descubre que "en desolation row/las sirenas de los petroleros/ no dejan reír ni volar."

Por falsos testimonios, Fray Luis de León dio con sus huesos a parar a la cárcel. Tras cinco años de encierro, el hombre no aspiraba a más que escapar del mundo artificios e hipócrita de la corte y el clero. De ahí la Oda a la vida retirada. Como observamos, a ningún poeta le es ajeno la retirada.

Un vaso de agua mineral no es el mar. No obstante, sabemos por Leonard Cohen que Cristo anduvo por encima de las aguas ufano de poder llegar a besar en la mejilla a Suzanne. La vida, bien lo sabe Cioran, de vez en cuando y en situaciones excepcionales como ésta, es esa combinación de química y estupor.  ¿Ven como todo concuerda en una gran ucronía?  La poesía necesita de desertores de la realidad y relatores de la retro-continuidad. Y, hombre, al bueno de Fray Luis de León no se le conoce mujer alguna pero seguro que se aventó a alguna musa que otra en el parnasillo, ¿no?

Hay musas lo suficientemente heroicas que dan para un disco de desamor al viejo estilo. Otras, casi inalcanzables, para toda una discografía. Una epifanía hecha cuerpo de mujer. Dylan diría: "Todos mis poderes de expresión/ y pensamientos más sublimes/ nunca podrían hacerte justicia ni en razonamientos ni en rimas". Son imposibles de hallar, repito. Salvo si te cruzas con alguna Sara o Alicia. Entonces, amigo, tendrás que estar dispuesto a dejarte la sangre en los senderos.

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