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La Fundación Lara, dentro de la colección Vandalia, anuncia 'Historias', nuevo poemario con inéditos de Juan Ramón Jiménez.

La Fundación Lara, dentro de la colección Vandalia, anuncia Historias, un nuevo poemario de Juan Ramón Jiménez que incluye 27 textos inéditos, entre los que les recomiendo los poemas ¡Oh tarde clara, pura…! (página 127) o Apeadero (página 193). Es la primera vez que este volumen, que edita e introduce Rocío Fernández Berrocal, hartamente pensado y preparado por el poeta que lo tuvo en puertas en dos ocasiones, la última en 1921, ve la luz al completo en esta edición que atiende minuciosamente a sus indicaciones.

Historias se sitúa seguramente en la etapa más creativa del Nobel, cuando decepcionado vuelve desde Madrid a Moguer, un tanto hastiado de sus amigos modernistas pero con el corazón y la cabeza llena de ideas, y se encuentra de frente con la crisis económica de su familia al mismo tiempo que con la inmensidad humana y natural de su tierra natal. Por todo esto, el poemario, que inicialmente incluyó también algunas prosas eliminadas en la última propuesta del poeta, tiene el interés de revelarnos al creador en tránsito hacia el escritor definitivo de Diario de un poeta reciencasado y al hombre capaz de entender la realidad circundante mucho más allá de los que eran los parámetros habituales de la época en la que se escribe: 1909-1912.

Su lectura también ayuda a comprender que el excepcional libro que fuera Platero y yo, no fue una obra aislada, sino que —como han anunciado también otros textos contemporáneos— fue una pieza más en un engranaje de relojería poética, del que va a emerger sin duda el Juan Ramón más comprometido con los desfavorecidos y los diferentes, niños desvalidos casi todos, acaso porque él en esos días no necesariamente alegres en su pueblo, se sentía uno de ellos cuando se convertía en objetivo de las burlas de quienes lo tenían por un loco despreocupado y ajeno a todo lo que no fuera escribir y leer. Y en el centro de todas esas preocupaciones, los desfavorecidos, los distintos, los niños, como alfa y omega de esta obra sin duda representativa de su visión del mundo.

Hay en Historias poemas de una intensidad lírica tal que por sí solos merecen un hueco en las páginas de la literatura. La capacidad narrativa, la fuerza lírica de La carbonerilla quemada es indiscutible, aunque le pese a Luis Cernuda esta contraposición que le costó durante un tiempo entender. El desgarro, la dulzura y el ponerse en lugar de, o la impronta del andaluz en el grito desesperado de la niña dotan a los versos de una fuerza que pocas veces se verá en la poesía moderna: “Mare, me jeché arena sobre la quemaúra./ Te yamé, te yamé dejde er camino… ¡Nunca/ ejtubo ejto tan zolo! Laj yama me comían,/ mare, y yo te yamaba, y tú nunca venía!”. Pero la niña es una más entre otros niños que están cojos, o son pobres, o están ciegos, o… Y con ellos, de su parte, nos aparece el Juan Ramón que no comprende, que no comparte tanta injusticia, y que ya asume que “los niños no esperan” a los diferentes, o que el mismo Dios que todo esto permite solo puede estar “bañándose en su azul de luceros” en una noche “sin ánjeles”.

La parte central del poemario lo ocupan las que llama Otras marinas de ensueño, que responden mayormente al espíritu contemplativo del poeta, a su ensimismamiento ante los cielos y los mares que lo rodeaban, o a un proceso de introspección y de hacer suyos los elementos del paisaje hasta captarlos en la musicalidad de sus versos.  

La última parte es seguramente una de las elegías más hermosas y sentidas que se hayan escrito en el siglo XX: La niña muerta, que debe tener para la familia del poeta un valor especial pues es una esquela apasionada marcada por la incomprensión de la muerte de su sobrina Mari Pepa. Una colección de poemas en los que juegan a partes iguales la dulzura, la incomprensión y la rabia ante la muerte de la niña que solo contaba 26 meses. La muerte, que había perseguido al poeta desde que le impresionara la de su padre, se hace contundente en estos versos, que sin embargo convocan al Juan Ramón que más directa y fijamente mira a Dios, o a sus dioses, para seguir sin entenderla: “Yo la tuve cogida por la mano,/ mucho tiempo después de haberse muerto,/ por si podía (yo)/ ayudarla a pasar por el misterio”.  

El compendio fotográfico que acompaña a la edición ayuda a entender algo que no es nuevo, pero que en alguna ocasión pudo parecer lo contrario: La cercanía del texto poético juanramoniano con la realidad, su transfiguración a partir de hechos verdaderos. A veces, leyendo al poeta entre gasas y efluvios rítmicos, igual pudimos pensar que su obra era más un resultado de los sueños que de la realidad. Este libro, igual que Platero, o Laberinto, o Diario, e incluso el hombre que se aferra a sí mismo en Espacio, tienen sus raíces hundidas en la realidad, en sus sentipensamientos, en su compromiso vital, en la solidaridad y la comprensión de los distintos. Todo eso quizá pueda resumirse con las palabras de Fernández Berrocal, su editora: “Como la vida el verso respiraba con existencia propia…”. 

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