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'Cartelera Sur' trae esta semana la crítica de 'Truman', de Cesc Gay.

TRUMAN (España,Argentina, 2015); Director: Cesc Gay; Guión: Cesc Gay, Tomás Aragay; Reparto: Ricardo Darín, Javier Cámara, Dolores Fonzi, Nathalie Poza, Javier Gutiérrez Álvarez, Pedro Casablanc; Director Fotografía: Andreu Rebés; Música: Toti Soler, Nico Cota

En clase de latín en el Instituto, el profesor contaba cómo un discreto siervo susurraba al oído del general de las legiones, desfilando victorioso por el foro de Roma, las palabras “Memento mori”. Cesc Gay nos regala en Truman un hermoso memento mori, despojado de artificio, de mensajes trascendentes, un recuerdo susurrado a nuestro oído de lo futil de la vanidad, de nuestros roles sociales.

En las películas de Cesc Gay el hilo argumental, el armazón de la historia, es tan tenue que se desdibuja; parece no pasar nunca nada importante, nada que no pueda enviarse a la papelera de reciclaje y borrarse de la memoria. Sus historias huyen del pathos trágico, pero palpitan de vida. Los personajes se mueven en sitios normalmente familiares y por motivos tan aleatorios e inciertos como nuestra propia cotidianeidad. ¿Quién se acuerda cada día de por qué hay que afeitarse por la mañana, o sacar al perro por la tarde al jardín del barrio? No parece quedar huella. Sin embargo eso es la vida, que fluye, como en las películas de Renoir, elegante pero inexorablemente.

Truman habla de la amistad, por supuesto, de cómo las relaciones afectivas crean responsabilidades y lazos con personas, animales, incluso libros o discos, que son nuestros compañeros de viaje; pero sobre todo habla de lo difícil que es decir adios, despedirse definitivamente. Llega el momento en que abandonamos imposturas o roles, nos despojamos de nuestro yo público y nos mostramos desnudos, sin maquillaje.  

Truman no da una pauta de comportamiento para casos como el del protagonista de su película. Julián (Ricardo Darín) es un actor de teatro famoso y admirado por sus fans, pero vulnerable cuando baja el telón y se quita su disfraz del ligero y seductor Valmont de Las Amistades Peligrosas. No hay intención didáctica o moral en las palabras de Julián o su amigo de la infancia, Tomás (Javier Cámara). El espectador sale convencido de la naturaleza común que comparte con esos personajes gracias a la gran capacidad de comprensión que tiene este director.

Es verdad que Truman no tiene tensión dramática, unos acontecimientos que desencadenen otros. Si engancha al espectador no es por su progresión climática o la complejidad de su trama. Lo atractivo de su guión son los diálogos, siempre veraces, exentos de retórica y en los que uno se siente reflejado. Los textos escritos por Cesc Gay y Tomás Aragay comparten una naturaleza teatral más que propiamente cinematográfica.

La película es también, y en gran medida, una creación de sus dos actores protagonistas, Javier Càmara y, sobre todo, Ricardo Darín. La Concha de Oro del Festival de Cine de San Sebastián, concedida ex aequo a los dos, es merecidísima. Ricardo Darín, realmente soberbio, lleva siempre la iniciativa; su trabajo comunica humanidad, desengaño, rabia, miedo o soledad con impresionante naturalidad. Realmente es un actor transfigurado en su personaje. Javier Cámara le da la réplica con gesto más sobrio, como requería su rol subordinado, pero en cualquier caso convincente.

Truman es una película que ofrece lo que toda genuina invención artística debe ofrecer: conmover, enfrentarnos con nuestra propia naturaleza encarnada en unos estupendos actores. No da consejos pero muestra cómo el héroe templa su ánimo antes de decir adiós.

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