Tres días dura el Carnaval de Basilea (Basler Fasnacht), a diferencia de las casi tres semanas que dura el de Cádiz (Cadi). El Carnaval de Basilea comienza el primer lunes siguiente al miércoles de ceniza, y dura tres días sin interrupción. En los dos casos, mucho más, con su tiempo de Carnaval y el posterior al Carnaval. A las dos ciudades les unen sus romanceros, con su cartelón, su tipo, sus versos y sus libretos. También la poca vergüenza y la sátira política; la local, en primer lugar, la nacional y la internacional; así como la crítica contra las costumbres puritanas o ridículas. La burla hacia la corrección política: ¿se puede ir de negros, de indios, de árabes?

¿Y el público? El público, a veces, se sacude la cabeza. El romancero, alguno, a veces, pronuncia un disculpen. Hay quien se queja de sexismo en alguna cuarteta.

Imagen de la celebración del Carnaval en Basilea. FOTO: PABLO MARTÍNEZ-CALLEJA.

Hay romanceros que lo tienen claro, como el Schnitzelbängg Gruusigi Gryysel, uno de cuyos miembros me contaba que el cura les había pedido la entrega previa de los textos. Lo meditaron largamente y decidieron que lo entregarían, pero ante la hipotética censura del texto no actuarían en la iglesia.

Sí, Carnaval en la iglesia abierta de Elisabethe. Las dos agrupaciones más antiguas del Carnaval de Basilea decidieron este año salir juntas. Unos irían de diablos de cara roja y cuernos, los Gugge 46; los otros de angelitos de alas blancas y rubios cabellos, los Jeisi-Migger.

Este es el tercer año que alquilan la iglesia para hacer Carnaval su martes de Carnaval. Este año, el lema de su Carnaval ha sido Im Himmel ist der Teufel los, que traducido viene a significar que En el cielo reina  el caos. Este lema le puso al párroco la mosca tras la oreja y pidió tener con anterioridad al Carnaval los textos que se cantarían en la iglesia. Esto fue tomado como un intento de censura previa, y sí: a un romancero le sugirió que cambiara un verso y el romancero aceptó el cambio. La idea del párroco era que en su iglesia se puede criticar a la jerarquía eclesiástica y a los poderosos, pero no ofender a las minorías o a los débiles. Para el presidente de Gugge 46 este intento de censura sobre su Carnaval en la iglesia alquilada por ellos resulta inaceptable, por cuanto la entrega previa de los textos se planteó después de firmar el contrato.

Curioso que esta iglesia de Elisabethe fue construida con la herencia de Christof Merian, construcción en la que no se debía ahorrar y sería “una advertencia contra la pérdida de los valores espirituales de aquel tiempo y contra la descristianización de la sociedad”. Fue terminada en 1865. Desde 1994 es una iglesia abierta, protestante desde su origen, y dedicada a la convivencia interreligiosa y al espíritu ecuménico de orientación judeo-cristiana, donde a nadie se le preguntaría por sus orígenes ni identidades.

Desfile del Carnaval de Basilea. FOTO: PABLO MARTÍNEZ-CALLEJA.

A medida que avanzaba por la calle y me acercaba al templo observaba un gran grupo de gente arremolinada en su portal. Al llegar vi la cabeza de un diablo, en el suelo, junto a la puerta de entrada, y una gran cantidad de carnavaleros en animada conversación. Recordé el Carnaval de Münster y cómo el Domingo de Carnaval los carnavaleros estaban también entrando en una iglesia y me fui tras ellos. En Münster, los carnavaleros ayudaban a misa, entregaban al templo sus estandartes y oraban a las órdenes del párroco. Algo me decía que en Basilea era algo muy distinto lo que iba a presenciar y entré en conversación con los diablos, que me invitaron a entrar, observar, fotografiar.

Me pareció encontrarme en La nave de los locos, del basilense Brant; en las escenas descritas sobre Fiestas de locos que se celebraban en las iglesias medievales. Pero este martes, en Basilea, no había clérigos en la iglesia. Había celebrantes de Carnaval, con sus cuernos rojos sobre su frente. Había un Benito vestido del rojo del fuego, con sus espléndidas alas negras y un diablito que cargaba en su regazo.

Entraron los estandartes de los grupos de Carnaval hasta alcanzar el altar por la nave principal, se dieron discursos canavalescos, hubo ventrílocuos, un cabaretista vienés, tamborrada, romanceros satíricos, unos con más gracia que otros, hubo concierto para piano y piccolo. Sonó el órgano de la iglesia para dar mayor prestancia en momentos destacados. Se comió, se bebió, se conversó. Al término del carnavalesco espectáculo, ángeles y diablos con sus incensarios, salieron en procesión por las calles de la vieja Basilea. Benito, el diablo padre con su diablo criatura, con su lira al cinto y su incensario en ristre. Nada me pareció que fuera anatema. Todo me pareció una grandísima burla carnavalesca. Y más.

Me pareció que, por parte de la iglesia, este aperturismo forma parte de una ofensiva recristianizadora que, de momento, no me atrevo a calificar, y a la que también este templo está dedicado desde su origen. Desde hace varios años las iglesias protestantes alemanas, y no pocos de sus teólogos, han salido a los periódicos a reivindicar las charlas de taberna de Martín Lutero en defensa del humor y la risa, y sin ningún tipo de arredro, esos teólogos han vuelto con la afirmación de que el Carnaval es cristiano y cristianismo. Cuando lo que parecía claro es que el Carnaval es la prueba fehaciente de que la cristianización de Europa nunca terminó de completarse, a pesar de la asimilación parcial o casi total.

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