Crónica del reciente viaje de la compañía flamenca Jerez Puro a Marruecos, con motivo de una actuación en la ciudad que es motor económico y comercial del país norteafricano.

Con Tánger flotando ante nuestros ojos, pero todavía escondida en la bruma del estrecho, un algecireño me contó que la fruta de Marruecos era y es conocida por su dulzura debido a que la luna mengua antes. Así al menos (me lo comentó con la cabeza alta para no marearse en el barco) se lo dijo su padre cuando era un crío. Leyenda o no (como aquella bíblica y diluviana historia que remonta el origen de Tánger a una paloma que posó sus patas manchadas de tierra en el mismísimo Arca de Noé indicando que ya habían bajado las aguas) el fruto marroquí y el alma de su gente tiene esa pausa de saber maduro que los hace especiales en este mundo de la prisa y el vértigo.

“La prisa mata” se dice como himno en Chauen y se evita en los campos de fresas que circundan Rabat y en las playas de Asilah; urgencia y prisa que tampoco se aprecia en esa autopista que nos llevará a la cosmopolita Casablanca en cuatro horas... Muchos hombres -pocas mujeres- caminan a la sombra de las nuevas señales de tráfico buscando la piedad de los automovilistas; caminan y trabajan a destajo a decenas de kilómetros de sus pueblos de alminares coloreados en verdes omeyas u ocres terreros. Nada nos invita a pensar que no estamos en Andalucía salvo por las banderas del reino de Marruecos que se levantan cada pocos kilómetros en la ruta oceánica.

Con una hora menos llega la compañía de Jerez Puro a una Casablanca enérgica que se quita las moscas y los fantasmas de un desarrollo galopante con hoteles de cinco estrellas y anchas avenidas como las que conducen a su mezquita y al segundo minarete más alto del mundo musulmán. Coches y más coches dejan atrás a los carros de porquería que siguen tirando los desdichados del planeta. Pobres habrá siempre y en todas las esquinas del mundo aunque aquí, extrañamente y tras un rostro de cartón arrugado, todos parecen a punto de estallar en una gran sonrisa.

Y al pasar por Casablanca -parafraseando el villancico- pasé por la morería y vi ancianas tomando el agua de las fuentes, y vi mucha chavalería jugando un jueves por la mañana, y me percaté de que el tiempo no existe. Leí viejas placas -teñidas de cal viva andalusí- en un francés que todos quieren seguir hablando; esquivé barbas cuadradas cuando ridículamente yo llevaba varios días sin afeitarme; tropecé con plazas de tierra rojas y árboles que vemos en nuestra jerezana plaza del Banco; pude verme allí, pero hace dos siglos, bajando por unas escaleras de piedra bajo un arco de medio punto y una celosía de hierro.

Nada es lo que parece. El tráfico hasta el teatro fluye en un caos organizado y bajo una sinfonía de claxon y brazos al aire; las playas están atestadas de mujeres en pañuelos y de niños descalzos; los hombres no miran a las mujeres y las mujeres se saben vistas en esta ciudad que lo fue de las tres religiones y que ahora se está islamizando en un Corán tolerante pero muy exigente para nuestra civilización esclava del instante; se llama a la oración mientras sobre la escena Malena canta por Romances y María se lo baila..., en un orden ancestral donde se unen el calor de nuestro Sol y su enigmática Luna menguante..., en ese caos que sólo son felices los que atienden las leyes del Universo.

(Continuará)

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