25 años sin Lola Flores: ser inmortal era esto...

"Fue un genio como Picasso y La Pasionaria", escribió Paco Rabal el 17 de mayo de 1995. Un día antes había muerto una parte de España

25 años sin Lola Flores: ser inmortal era esto...

2020-05-15 19.37.06
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La Faraona, La Niña de Fuego, La zarzamora, Morena Clara, Lola de España, La bomba gitana, Torbellino de colores… El cineasta Jaime de Armiñán cuenta en la página 2 del ABC de un 17 de mayo de hace un cuarto de siglo que en pleno rodaje Lola le espetó: “Tienes que hacer una película para mí, porque yo soy la Anna Magnani de España”. De Armiñán, que se fio ciegamente de la recomendación de Paco Rabal, “que sí sabía quién era Lola Flores”, “buscaba el término de comparación y lo buscaba en el manto de una gran trágica. Lo mismo hubiera dicho soy la Sarah Bernhardt española, que la Betty David española. No conocía el miedo y era orgullosa”. Hasta la propia Lola buscaba comparativas, etiquetas, apoyos, para tratar de clasificar su propio arte. 

Sobrenombres y apodos, muchos alusivos a sus grandes hits, que trataban de averiguar qué era aquello que hacía cuando alzaba un brazo o esbozaba una sonrisa con su cara negra. El mismo 17 de mayo que De Armiñán escribía en el ABC, Paco Rabal firmaba un pequeño obituario en El País: “Cuando murió Picasso sentí como si se fuera algo que nos pertenecía a todos. Eso mismo me ha pasado hoy, igual que el día de la muerte de Pasionaria. Son símbolos, mitos de esta España que es tan individual, de la que de vez en cuando nacen genios”. El actor, que había llorado y reído con ella en la más confortable intimidad, describe en pocas palabras lo que las más de 300 páginas de Lola Flores. Cultura popular. Memoria sentimental e historia del espectáculo (Fundación José Manuel Lara) desgajan sobre la inmortal artista como fenómeno sociológico. 

lola_flores.jpg Lola Flores firma en una bota.

 

Alberto Romero Ferrer, profesor de la UCA y autor de este ensayo que es como una tesis doctoral sobre Lola, describe cómo a años luz de esa imagen superficial o fruto las perlas que han trascendido en el imaginario colectivo —si me queréis, irse; una peseta…; cómo me las maravillaría yo…—, la jerezana era una artista “profunda, en mayúsculas”. Llena de ingenio y carisma, cosas que generalmente solo se obtienen con muchas dosis de generosidad. Repleta de reflexiones únicas que también han excedido su tiempo y son leyenda: “Todas dicen que soy mayor que ninguna y luego todas parecen mis tías; ¿Ves esto? Es el brillo de los ojos y no se opera; A lo mejor pido que en la caja me la metan… ¡la bata de cola!; No soy mujer de ir a misa ni nada porque el Evangelio me lo sé…”.

“Y es que además era mujer, artista en los años 40, y que reivindicaba lo gitano —sin serlo— y lo flamenco en unos años en los que todo eso se veía muy mal”. “Ha sido, creo, de las figuras más importantes de la España del siglo XX. Primero, por el calado de su arte; y segundo, por su alcance popular. Lo que ella hacía llegaba a todo el mundo, no era algo que se movía solo en la elite cultural o en los sectores más bajos, sino que su público conformaba un espectro social que era prácticamente el 100% de los españoles y españolas de los años 40, 50, 60… 80 y 90”, cuenta el profesor de Literatura a lavozdelsur.es. Cuando se repasan las páginas de los periódicos de la época se comprueba que, en efecto, Lola era el pueblo. Lola era el sustrato de las clases populares y la explosiva liberación de lo que muchos y muchas querían ser. Natural, auténtica, inimitable.

Desde el Centro Cultural de la Villa, donde Madrid instaló su capilla ardiente y por la que desfilaron unas 50 personas por minuto, hasta La Almudena, doce furgonetas llevaban coronas y ramos de flores, muchos cantaban La Zarzamora en plena plaza de Oriente, y otros lloraban desconsoladamente como si una parte suya hubiera muerto. Y es que era verdad, era justo lo que había ocurrido. Una parte de España se marchaba a la gloria. En el funeral no faltaban políticos de todo signo, artistas, intelectuales, empresarios, pero también amas de casa, jubilados, barrenderos… 

Cuenta el alcalde de Jerez en aquella época (y en otras muchas), Pedro Pacheco, que aquel día por las calles de la ciudad natal de Lola, en el barrio de San Miguel, los vecinos, aún sin redes sociales ni grandes medios masivos, no daban crédito a la noticia. Había sucedido a las cinco menos cuarto de la madrugada del 15 al 16 de mayo. A la mañana siguiente, habría amanecido como amanece mayo, a veces con calor y otras con mal tiempo, pero en Jerez hacía frío ese día. “¿Es verdad, don Pedro, es verdad?, me preguntaba la gente por la calle, negándose a la evidencia. Lola no era exclusiva de Jerez, su patrimonio es de España entera”. En El Lerele, la finca de la familia en La Moraleja de Madrid, Lolita cuenta que su madre, que había batallado crudamente contra un cáncer, dijo adiós a su manera: “¡No te queda nada…”. Eso dice que le oyó antes de su expiración, como presagio de lo que se le venía encima a una familia que, como es el caso del menor de los hijos de Lola, Antonio Flores, no pudo soportar tanto dolor, quitándose la vida apenas 15 días después de aquel 16 de mayo de hace 25 años en el que Lola se convirtió en inmortal. 

Como una superheroína con bata de cola que vino a salvarnos de la España negra del franquismo, que tiró de la copla —que surgió en los años 20—, y que hizo a España extasiarse con su arte y con su gracia. No sabe bailar, ni sabe cantar, pero no se la pierdan, dijo de ella la crítica de Broadway ante la imposibilidad de etiquetar eso que fuera lo que hiciese La Faraona. “Creo que como reclamo publicitario está muy bien pero tampoco es cierta la frase porque como bailaora flamenca fue extraordinaria: el movimiento de sus brazos, de la bata de cola… Es excepcional. Y cantando también lo es”, puntualiza Romero Ferrer, que habla de la genial artista en presente. Y abunda, como si no se hubiese ido: “Lo que sí es cierto es que ni cantando ni bailando pertenece a ninguna escuela, ni se puede identificar con determinados palos flamencos, sino que es una interpretación de la estética flamenca llevada a una expresión extremadamente libre, muy difícil de encasillar Lo que yo creo que caracteriza todo su arte, más que el cante, el baile…, es la extraordinaria expresividad que ponía en todo ello”. 

La niña Lola con su madre. FOTO: CADF

El día de su entierro, en una entrevista en la SER, Felipe González, el presidente del Gobierno en ese momento de la España post 92, aseguraba sobre Lola: “Tiene un toque de genialidad que la salva de la España de la charanga y la pandereta. Sin duda, era una mujer excepcional. Era una mujer con un carácter y un temperamento que la han convertido en figura absolutamente excepcional y creo que eso, desde cualquier óptica que se vea, es una verdad incontestable. Puede que haya gente que no le guste, pero la genialidad tiene algo de eso”. Sobre sus vínculos familiares, sobre su relación en definitiva con las raíces, González expresó: “El sentido de la familia de esa mujer era muy profundo. Una relación telúrica, casi tribal, que es tan propio además de mi tierra y que me llama la atención”. 

María Dolores Flores Ruiz no quiso ser una más y acabó siendo un icono de la España del siglo XX. Desde que debutó a los 16 años en el Teatro Villamarta de su tierra natal, de la que nunca renegó pese a las malas lenguas, hasta que murió a los 72 años, hace ahora 25 años, esta mujer arrolladora, esta artista poliédrica e inclasificable, no paró hasta dejar una enorme huella en muchos rincones del universo. De las raíces de Lola en la calle Sol del barrio de San Miguel entre 1923 y 1938, criada humildemente por una madre costurera y un padre tasquero, a su salto a los escenarios en la posguerra (1939-1949). De los locos años 50 de viajes a América y las películas en color (1950-1974), hasta la transición y la democracia.

Sus problemas con Hacienda, la boda de su hija, su relación con Antonio González el Pescaílla, sus shows televisivos, la batalla contra la enfermedad. Su inolvidable homenaje en Antena 3 haciendo duetos imposibles con Rocío Jurado o Celia Cruz. La primera plana grabada a fuego en el periódico del pueblo, con el rostro moreno de Virgen de La Merced y mantilla blanca dentro del féretro. Un periódico que las abuelas conservan en el cajón del mueble bar como si fuera la esquela de un familiar.

Cupletera y cantante, bailaora y rumbera, showman y actriz, mediático personaje en sí mismo. Influencer visionaria. Feminista a tiempo completo y por encima de todas las ideologías. Tenía pellizco. ¿Sabes lo qué es? No lo tienes. Arrebatada personalidad. “No quiero flores, dinero, ni palmas, quiero que me dejen llorar tus pesares, y estar a tu vera, cariño de alma, bebiéndome el llanto de tus soleares”. “Desde la fuentecilla del avellano…”, canta sensual Lola en glorioso blanco y negro. Con su tez de zíngara, con su bella tizne de bronce. Todo de color castaño oscuro casi negro. Embrujo y hechizo en el ambiente con esa Zarzamora de pena traidora que siempre reía y presumía sin saber muy por qué; si ella no sabía bailar, ni cantar. Quizás fuese porque al ser fuego era imposible resistirse a dejar de mirarla. El 17 de mayo de 1995, Paco Rabal acababa el tributo póstumo a su amiga Lola de forma rotunda: “Ella es algo tan grande que hará historia no solamente en su vida, sino también en el día de su muerte”. Ser inmortal debe ser algo parecido a eso.

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