'Uve', o cómo vivir tras dos intentos de suicidio por violencia machista

La joven jerezana de 29 años ha perdido el juicio contra su agresor, absuelto por falta de pruebas: "Me pegó un puñetazo en la cara cuando fui a pedir ayuda"

'Uve' enseña las cicatrices de sus brazos. La joven intentó suicidarse en dos ocasiones.
'Uve' enseña las cicatrices de sus brazos. La joven intentó suicidarse en dos ocasiones. MANU GARCÍA

Uve viene acompañada. Ha quedado con lavozdelsur.es en una cafetería a las afueras de la ciudad. “Preferiría que no fuera en el centro, esa zona me causa cierta tensión”, avisó por teléfono. Su actual pareja se sienta a su lado. Quedamos a mediodía y llevan unas horas de carretera. Ella tuvo que irse fuera de Jerez, su ciudad natal, porque no había otra. Al temor de su agresor se le sumó la ansiedad social, el miedo de una mirada cómplice, de que alguien que ella no conoce le reconozca bajo la descripción que su agresor hizo de ella.

“Ha enseñado fotos mías a mucha gente, les decía: ten cuidado, está loca”, cuenta a lavozdelsur.es durante la entrevista. El agresor, que trabajaba en un popular bar de copas, estuvo con Uve durante más de siete años. La joven, de tan solo 29, empezó a salir con él cuando tenía 18. En este tiempo ha podido hasta contabilizar las veces que él le dejó y que luego le rogó volver: un total de trece, tres de ellas continuadas a comienzos de 2018. Fue entonces cuando Uve tuvo que decir “hasta aquí”. Pero fue también cuando empezó la peor parte de su pesadilla. “Puso a todo el mundo en mi contra”, recuerda. Sin embargo, es el momento en el que la joven empezó a tomar conciencia de lo que había vivido, una relación de maltrato psicológico y de violencia de género que ella misma ignoraba.

“Siempre me miraba el móvil, era muy controlador conmigo. Tenía que saber mis claves y el correo; lo registraba todo y no le gustaba que me juntara ni con amigos ni con amigas”, explica. Sus amistades incluso “acababan enamoradas de él”, que se mostraba a los otros muy diferente de cómo actuaba con ella. Mientras tanto, asegura, él utilizaba su posición de camarero para invitar a copas a cambio de sexo con otras chicas. “Me ha pegado candidiasis y yo no sabía que era eso; él aseguraba que eran infecciones de orina y no me dejaba ir al médico", cuenta emocionada.

“Dices que no, una, dos y tres veces; a la cuarta, por miedo al enfado, consientes, y deseas que termine cuanto antes”, dice sobre las relaciones sexuales con su ex pareja, una circunstancia que fue "recurrente" en el último juicio: "Consientes por miedo, para que no te monte el pollo". Entre agresiones y abusos, Uve pierde la cuenta. "Una vez me obligó a comprar un plug anal con cola de zorro, con el que me hizo fotos que él mismo llevó al juicio como prueba de que disfrutaba. Todos los experimentos que veía en un anime tenía que probarlos", añade. Además, a la impresión de no sentirse bien con su cuerpo, su ex pareja respondía positivamente: "Me quería con sobrepeso para solo mirarme él, he adelgazado mucho desde entonces". Su relación, asegura, quedaba condicionaba a los intereses de su ex pareja. 

Tan solo unos meses después de comenzar a salir, en 2010, él la dejó. “Al principio fueron dos o tres días, luego una semana, y una vez fue un mes y medio. Luego volvía llorando, dándose cuenta de que no era capaz de estar sin mí”, recuerda. En esos momentos Uve caía de nuevo: “Es cuando dices, joder, pues sí que me quiere… y vuelves”. Esta vez no había vuelta atrás, y fue ella quien tomó la última decisión. 

“Cuando fui a pedir ayuda, me persiguió y me pegó un puñetazo”

Aquel mes de marzo, Uve comenzó una de sus peores etapas. “Me dediqué a hacerle la vida imposible, y él hacía lo mismo conmigo”, reconoce. Ambos se echaban cosas en la cara mediante los chats de las aplicaciones de juegos que tenían instaladas y conectadas mutuamente en el móvil. “Cada vez que lo veía en línea jugando lo llamaba para molestarle, no podía comer, solo quería hacerle la vida imposible porque no era capaz de vivir”, cuenta.

Esa espiral recíproca, consecuencia de años de relación tóxica y dependiente, fue a más. En un bar de jóvenes de la ciudad, la tensión llegó al máximo. Ella acabó impidiéndole la entrada, acompañada de sus amistades. Más tarde él hizo lo priopio en el bar de copas donde trabajaba de camarero. Las llamadas, las acusaciones mutuas y el sentimiento de ser la máxima culpable, hizo que intentara suicidarse por primera vez en el mes de abril.

Uve, en un momento de la entrevista.   FOTO: MANU GARCÍA.
Uve, en un momento de la entrevista.   FOTO: MANU GARCÍA.

"Uno de esos días estuve cenando con mis amigos en un kebab. Él y su pareja, con la que había empezado poco después de dejarle, nos acosaban con llamadas por teléfono. En esa ocasión, mis amigos pusieron el móvil en el centro de la mesa y se escuchó la voz de ella, que nunca llegué a conocer ni saber quién era. Decía: estuve detrás de ti en el bar, la próxima vez te voy a pegar una puñalada que te vas a enterar”. Una de sus amigas, que había sido víctima de violencia de género, le abrió las puertas a Uve: “Yo tenía este miedo con mi ex y no lo voy a tener con el tuyo. Lo que has pasado en este tiempo no es normal, tienes que denunciar”.

La primera vez que Uve intentó pedir ayuda fue en busca de asesoramiento en uno de los centros para mujeres maltratadas. La joven fue sorprendida por su expareja. “Me pegó un puñetazo que me dejó la mandíbula morada durante una semana. Empecé a correr, a llorar y a tener un ataque de ansiedad. Cuando encontré el centro, lo conté todo, narra. Sin embargo, las esperanzas se esfumaron. “Me dijeron que no podía hacer nada, me dieron a entender que él podría alegar que se sentía acosado por los mensajes que yo también le enviaba”, cuenta. Uve no entendió nada.

Una denuncia por agresión, violencia de género y abuso continuado

Fue a raíz de eso cuando su madre la convenció para irse a otra capital andaluza, a la casa de una amiga suya. Allí estuvo durante un par de meses. Sin embargo, la tensión no cesó. Uve tuvo que denunciar a la pareja de él porque las llamadas continuaron: “Me llamaba ella, su hermana, sus amigos… no sé de donde sacaban mi número; me insultaban y me humillaban mientras cantaban y tocaban las palmas, a las 3, 4 y 5 de la madrugada”.  A partir de entonces, empezó a grabar en una app todas las llamadas que venían de números desconocidos. Sin embargo, su amiga también recibía esas llamadas en Jerez. La situación llegó a mayores y le llegaron a robar las contraseñas de su correo electrónico de Gmail, así como la de sus dispositivos. Una noche, Uve intentó cambió todas las claves y con la ansiedad, perdió el acceso a su móvil. “Se me bloqueó, y no paraba de recibir notificaciones nuevas. Yo solo hablaba con dos personas y llegué a tener 30", recuerda. Por ese motivo y por las llamadas, puso una primera denuncia doble, que no prosperó. Poco después tuvo lugar su segundo intento de suicidio, con el que pasó varios días internada en el Hospital Psiquiátrico de la localidad.

“Me dieron dos opciones: o quedarme allí y tomar alta con terapia, medicación y de que no me vuelva a suceder o irme al Psiquiátrico de Jerez”, recuerda. Uve tenía miedo de volver a la ciudad, donde sentía que su expareja controlaba casi todo. “Se jacta de tener relaciones con enfermeros, abogados, policías y jueces”, dice. No obstante, decidió volver. Poco después de hacerlo y con las heridas de los brazos “aún en costra” se encontró con su agresor en un karaoke. Tras el incómodo episodio, su amiga logró convencerla para acudir a la Comisaría de la Policía Nacional de Jerez. La joven, que fue tras meditarlo mucho y sin ninguna pretensión, pasó ocho horas aisladas en una de las dependencias del centro policial.

'Uve' durante la entrevista con lavozdelsur.es.    FOTO: MANU GARCÍA
'Uve' durante la entrevista con lavozdelsur.es.    FOTO: MANU GARCÍA 

“Ella me dijo: tú le cuentas y que el policía te diga. Le hice caso. El policía nacional me dijo que tenía que poner denuncia por agresión, violencia de género y abuso continuado. Ahí empiezas a ver un brillito, algo que no sé explicarlo, que alguien te está creyendo”, narra emocionada. Uve se dio cuenta de que había muchas cosas que no eran normales. “Yo le dije que él no me había pegado, que me había zarandeado y empujado”, recuerda. El policía le avisó: “Eso son agresiones”. Ella respondió: “No lo sabía, yo tenía la idea de que no, pensaba en que no me había pegado un guantazo, ni tirado por las escaleras”. La denuncia tuvo como consecuencia un juicio rápido y la asignación de una abogada de oficio.

Perder y volver a empezar: "Tengo miedo de que vuelvan las llamadas"

Dos días después, poco antes del juicio rápido, Uve conoce a su abogada de oficio. Acompañada de su abuelo, la joven, con 26 años en aquel momento, no sabía cómo actuar. “Me dijo que hablara y contara lo que sea, que me iban a dar una orden de alejamiento de 300 metros pero después decidieron que no”, dice. A la salida de aquel juicio rápido, toda la familia de él le bloqueó el paso en las escaleras: “Allí estaban sus hermanos, su madre, su padre, sus primos y sus abuelos. Mi abuelo tuvo miedo, yo padecí un ataque de pánico y no fui capaz de dar un paso. Cuando salí todo el mundo se giró y cerraron filas. Dije: por ahí no paso, no paso y no paso”. En ese momento supo que no podía seguir en la ciudad. “Me tenía que ir, no podía seguir en Jerez”.

En el periodo comprendido entre aquel primer juicio rápido y el último han pasado casi tres años. Entre ellos, la agonía continuada de Uve, que no consiguió comprender a la abogada de oficio que se le asignó. “Mi abogada no me creyó desde el primer momento. Todo lo que hablábamos era por e-mail, no me dio su teléfono porque no quería que tuviésemos ese trato de confianza, no me dejó tutearla y ahora me ha cerrado el paso a que yo pueda recurrir”, sostiene. La mayor de sus preocupaciones vino cuando vio que las pruebas que ella alegaba caían en saco roto.

“Le pedí hablar delante del juez todo el tiempo que fuera necesario para contar mi historia pero no me dejó. Me hizo escribir un resumen de los siete años que tardé un mes en redactar porque no tenía entrañas para hacerlo. Al final no sirvió para nada, me dijo que lo que decía no era demostrable”, explica indignada. Uve desconoce si todas las pruebas que presentó a la letrada llegaron a algún sitio. Entre ellas, tenía fotografías, un CD con un PDF de 1492 páginas sobre las conversaciones que mantuvo con él y un informe psicológico en el que se aseguraba que no padecía ningún tipo de trastorno. Esto último ni siquiera lo llegó a sacar de su carpeta.

La joven lleva varios meses sin hablar con su familia, tras conocer la sentencia.    FOTO: MANU GARCÍA
La joven lleva varios meses sin hablar con su familia, tras conocer la sentencia.    FOTO: MANU GARCÍA

El desastre concluyó hace cinco meses, cuando llegó el juicio final, elevado a la Audiencia Provincial de Cádiz. Aquel día, la joven tuvo que presenciar algunas irregularides. Si bien le aseguraron que no iba a ver al agresor, le vio a través del cristal del juez, que a causa de la covid-19 ahora también tiene mampara. "El no se paró, estuvo todo el tiempo dando paseos y yo viéndolo. Ya no estás a lo que estás, estás viendo qué cara pone", señala. 

La sentencia concluyó la “absolución por falta de pruebas” de su agresor. Uve intentó recurrir pero su abogada no quiso. “Me dijo que no veía motivos para recurrir y que se iba a retirar del caso”. Sin embargo, la letrada no se retiró y presentó “un escrito de insostenibilidad”. “Le sugirió a la comisión de justicia gratuita que no había motivos ni base legal para continuar”, añade. De esa forma, el único recurso que le quedó era ir a un letrado privado, que por las circunstancias económicas no puede permitirse.

Acoso, miedo y abandono: "Mi madre se encontró con él y le pidió disculpas"

La joven, que en un principio contó con el apoyo de sus amigos y de su familia, ahora reconoce sentirse “sola”. Su madre, que si bien no le gustaba nada la relación que tenía con él, rechazó la denuncia por violencia, ya que quería evitar el conflicto. La relación con su familia tocó fondo cuando Uve descubrió que su madre había hablado con su agresor y que incluso le llegó a decir que padecía trastorno de personalidad límite, una circuntancia falsa que el agresor alegó en el juicio. “Le tiene pavor, se lo encontró por la calle y hasta le pidió disculpas por mi comportamiento”, explica. Desde hace varios meses, la joven no tiene ninguna relación con su familia. 

Tras la sentencia de marzo, su pareja recibió una llamada de teléfono a la que nadie contestaba. Al día siguiente la receptora fue ella:  “Una voz me dijo que era mi abuelo, que vaya a limpiarle el pañal, que me echaba de menos”. Más tarde, le tocó a su amiga. Cuando todó se paro por el recurso, las llamadas cesaron. En estos días el plazo del recurso vence y Uve lo tiene claro. “Tengo miedo de que con la sentencia definitiva vuelvan las llamadas, que todo empiece de nuevo”. Mientras tanto, la joven rehace su vida lejos de su Jerez natal. Una ciudad que, asegura, le han robado para siempre.

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