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Tres y media de la tarde de un viernes de noviembre. Aula de doctorado de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Málaga. Se ha quedado sin comer porque entre ir y venir se le iba a echar el tiempo y no quería faltar a la exposición de su Abstract —resumen del trabajo de investigación que tiene entre manos—. En la puerta y con media hora de antelación, Pablo aguarda para entrar. Le acompaña su inseparable silla de ruedas y una sonrisa muy contagiosa para todo el que sepa valorar la bondad en las personas. El joven parece resolverse mejor con la mochila de su enfermedad —parálisis cerebral— que con la que lleva colgada al cuello de color azul.

En el fondo lleva dispersos los folios con los que quiere explicar a Málaga —es humilde y realista— lo inexplicable: que haya personas con discapacidad que se descarten ellas mismas para convertirse en profesionales de la Comunicación y empresarios dispuestos a contratarlas pero que no pueden hacerlo por falta de candidatos... Todo un galimatías más propio del paradigma nacional que de una tesis doctoral bien fundamentada como es la que tiene este licenciado en Periodismo nacido en Málaga.

De pequeño era insistente: de mayor quería ser… Matías Prats

A Pablo le gusta la radio. No tiene que esforzarse ante la persona que tenga enfrente. Su capacidad de oratoria así lo demuestra. “Desde pequeñito —dice— quería ser periodista (se ríe). Estaba en mi cuarto y me gustaba coger unos papeles, periódicos, lo que fuera. Me ponía delante de la pared y comenzaba a hacer un noticiero. ¡Yo me creía que era Matías Prats!”

"Desde pequeñito quería ser periodista. Estaba en mi cuarto y hacía un noticiero"

Su pasión por la radio iba creciendo y buena “culpa” de ello la tuvo su madre. “Cogió un tenedor de plástico, le puso una esponja recortada y me hizo un micrófono” Ahora sí que no se librarían de él. Cargado con la autoridad y el respeto que da un micrófono, Pablo iba radiándolo todo por cada rincón de su casa. Sin él saberlo, había perdido el miedo a hablar por un artilugio tan “poderoso”.

La letra, con suspensos entra…

Siempre hay quién le da más poder a la escritura que a la palabra, olvidando que la primera nació de la segunda desde tiempos tan remotos que hasta ciertos profesores lo olvidan, tal vez por estar sumergidos en un modelo educativo donde la Oratoria debería tener tanto valor como el de hacer lo posible por cambiar las cosas que no funcionan.

“Yo tengo dificultades con mi letra y he tenido profesores que me han hecho repetir cursos porque así ellos entendían que podría mejorar la letra. Pero claro, mi cabeza gracias a Dios funciona. En realidad —asegura Pablo— yo era buen estudiante. El problema es que los profesores no querían esforzarse en entender mi letra”. Pablo se ríe sin el menor atisbo de resentimiento.

La fábrica de periodistas

Pablo vuelve a sonreir cuando le hablan de periodistas ejerciendo la profesión sin haber para ello terminado el antiguo BUP, el COU o haber pasado por una universidad. “Yo me he sacado la carrera pero no seré periodista hasta que pueda ejercer (se ríe)". “Yo soy un alumno de la vida. En el camino hay compañeros que me han ayudado, otros comentarios —más hirientes— siempre han estado ahí”. Recuerda que en la universidad había asignaturas más complicadas como, por ejemplo, Fotografía.

Pero supo salir adelante. Porque sabe de barreras, pero sobre todo, de construir rampas para superarlas. Para él ser periodista no significa poder hacerlo todo. No vive —asegura— en los mundos de Yupi. “Tengo muy claro lo que puedo y no puedo hacer. Lo que a mí me fastidia es que ni siquiera me den la oportunidad de probarme y decir: “¡Bueno, Pablo, tú no puedes ir detrás de un tío con una alcachofa pero puedes hacer otras cosas!”

Y lleva razón. El campo del periodismo es más amplio que los prejuicios gracias a las nuevas tecnologías que no entienden ni de eso ni de mejores sentimientos. Pero como él asegura, protestando también se llega. “Cuando empecé no había mesas para sentarme en la facultad. Yo me tenía que poner en una esquinita doblado y los profesores venían y me preguntaban si estaba bien. Al segundo año me cabreé y protesté con mi padre. Me pusieron dos o tres mesas. Ya están puestas para los que vengan detrás”.

Pablo se sacó la carrera en cinco años. Las optativas las dejó para el último año. Necesitaba organizarse en los desplazamientos, ya que depende de un taxi, de su padre. Sin embargo, ha ido al día y hoy es licenciado en Periodismo. Lo que se pregunta es si la universidad es una forma de “sacar pasta” y si todo vale. Recuerda que en la facultad conoció a una compañera, también con discapacidad, a la que año tras año iban suspendiendo con el único fin de que siguiera estirando al máximo su vida universitaria.

“He tenido suerte y he podido hacer Periodismo. ¿Por qué voy a acabar vendiendo cupones? Yo pienso que la persona que pueda hacer otra cosa ha de hacerlo. Yo puedo hablar bien y me veo en un medio como la radio. Este no me pone las dificultades delante como puede suceder en otro tipo de periodismo”. Pablo no se cuestiona sus capacidades cuando su madre le anima a estudiar unas oposiciones. “Me dice: ponte a estudiar oposiciones; y yo digo: y entonces…, ¿para qué he estudiado la carrera? ¡Si a mí me gusta el periodismo! —nos reímos a carcajadas—. No me veo detrás de un escritorio atendiendo a las personas; no, yo me veo haciendo labores periodísticas, pero…

Los “peros” de una verdad próxima al periodismo

Pablo terminará su máster y el trabajo final aunque es consciente de que el futuro es incierto porque se ve situado en “tierra de nadie”: controla las piernas, sus funciones fisiológicas, su cabeza funciona bien. “No creo en una visión rosa del periodismo —asegura—. Tal como tiene que estar pensado, es simplemente para que la gente no pueda ser engañada. Si te dice Rajoy: miren ustedes, nosotros no vendemos armas a Venezuela porque es una pedazo de dictadura comunista y tal…, y luego te das cuenta de que sí las venden…, pues el periodista —enfatiza Pablo con toda solemnidad— tiene que estar ahí y decir: ¡Perdoooooona! estos son los datos y tú estás mintiendo. Y quien dice Rajoy, dice Pedro Sánchez o Pablo Iglesias…"

"No creo en una visión rosa del periodismo. Tal como tiene que estar pensado, es simplemente para que la gente no pueda ser engañada"

Pablo está convencido de que las nuevas tecnologías permiten a las personas con discapacidad, especialmente, dedicarse a muchas labores relacionadas con el periodismo. “No podemos pedirle a una persona ciega que se ponga a editar fotografías con el Photoshop (se ríe) pero tampoco nos volvamos locos diciendo: “Venga eres un discapacitado, te metemos en la redacción... no, no…, tranquilo. Mételo en la redacción pero teniendo muy claro lo que puede y lo que no puede hacer”. Y añade además... ¡Y no lo metas por pena! (se ríe), porque luego está la redacción con los compañeros. Si luego ven que no hace nada… mal asunto. Dirán, claro este está metido aquí de cascarilla, de pena… así desgrava la empresa, claro, así desgrava… Eso tampoco porque frustra a la persona con discapacidad”.

¿Quién tiene ganas de ayudarme con los datos?

Pablo ha realizado un cuestionario para difundirlo entre los medios de comunicación de Málaga. Dice que ha empezado en “pequeñito” y sonríe cuando le digo que su proyecto es gigante, que bien podría ser asumido por entidades que le prestasen ayuda. Sólo pide información. Insiste en que los jefes de medios con los que ha hablado aseguran estar dispuestos a contratar periodistas con discapacidad pero…, no los encuentran. Por otro lado, Pablo se da cuenta de que muchos chicos y chicas se descartan ellos mismos y no estudian Periodismo porque —dicen— jamás serán contratados.

Por eso, su trabajo de investigación requiere el apoyo de las instituciones, de los medios, de los colegios profesionales de periodistas que le pongan en contacto con todas aquellas personas discapacitadas que estén trabajando en radios, televisiones, gabinetes... “¿Por qué no pueden? ¿Por qué ni se lo plantean? ¿Por qué se quedan encerrados y no lo intentan? ¿Por qué estudian otra cosa?…” Cinco uves dobles y alguna letra muda es lo primero que te enseñan en la facultad de Periodismo como si de tocar una guitarra eléctrica se tratara. ¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo…? Preguntas para las que Pablo necesita respuestas y no las encuentra en Málaga a pesar de sus méritos, su olvido de que lo primero es comer y luego estudiar.

Tal vez intuyéndolo, desde su honestidad está labrando una tierra que muchos se encargan de secar por falta de atención a una simple llamada de teléfono. Él necesita datos para esa siembra y pide a quienes tengan discapacidad que le llamen, aunque sean de cualquier punto de España, pues es consciente de que está abriendo camino aunque como buen periodista también tiene sus dudas. “No sé hasta qué punto este es un camino. ¡Dios dirá, como quien dice!”

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