Los "mil impedimentos" que sortea Débora Espinel tras quedarse parapléjica: "No nos dejan ser ciudadanos de pleno derecho"

La veterinaria jerezana, que ahora trabaja en una ortopedia, denuncia las trabas que se encuentra en su día a día. Ella es una de las trabajadores de una provincia con un 21% de paro y una comunidad con un 28,51% de desempleo femenino, según la última EPA

Debóra Espinel, en silla de ruedas, de camino al trabajo.
Debóra Espinel, en silla de ruedas, de camino al trabajo. MANU GARCÍA

“Algo salió mal. Entré a quirófano andando y salí sin poder mover las piernas”. Así resume Débora Espinel el cambio que dio su vida en 2012, desde cuando se desplaza en silla de ruedas. Veterinaria de profesión, estaba de guardia cuando la llamaron del Hospital Virgen del Rocío para operarla al día siguiente. Ya se había operado del tumor intramedular benigno que le detectaron unos años antes, pero el personal médico “decidió que era importante y que debía meterme en quirófano otra vez”, cuenta ella misma. 

Con 31 años, Débora perdió la movilidad de sus extremidades inferiores y empezó una nueva vida. Desde entonces, no ha vuelto a ejercer como veterinaria, pero no ha dejado de trabajar. Cuando se quedó parapléjica estuvo un año en Galicia, sometiéndose a sesiones de rehabilitación en una clínica privada que costeó gracias al festival benéfico que organizó su familia. "Cuando volví a Jerez intenté trabajar de veterinaria, pero pocas clínicas tenían espacio suficiente para que estuviera con la silla", cuenta. Aún así, a pesar de llevar nueve años sin ejercer, sigue estando colegiada. "Me ayudaron mucho y, además, es una manera de sentirme ligada a mi profesión y no perder el contacto", señala.

"Algo salió mal. Entré a quirófano andando y salí sin poder mover las piernas"

Débora estudió Veterinaria "de rebote", como confiesa ella misma. Siempre quiso ser médico, pero se quedó a las puertas de pasar la nota de corte. Hasta repitió Selectividad para intentarlo de nuevo. Finalmente, optó por su segunda opción, porque lo que le gustaba era "el diagnóstico y ver a pacientes". Le daba igual si humanos o no. "Bendito trabajo", expresa, "porque los animales son mucho más agradecidos que las personas". "Y hay veterinarios que tratan mejor a los pacientes de cuatro patas que humanos a pacientes de dos", añade.

La operación trastocó sus planes. “Yo quería sentirme útil desde el primer momento y trabajar de lo que fuera”, dice durante la entrevista con lavozdelsur.es. “No sirvo para quedarme en casa de brazos cruzados”. Además, cuenta, no tenía pensión y derecho solo a una no contributiva de poco más de 300 euros. “¿Quién vive con eso?”, se preguntó. Y empezó a echar currículum. Primero trabajó como teleoperadora. Al año, la ascendieron y ejerció de coordinadora de sala, con equipos de hasta 60 personas a su cargo, pero un tiempo después se sentía “quemada” y decidió cambiar de profesión. Estudió para las oposiciones a inspector sanitario, volviendo a sus orígenes veterinarios, pero no consiguió plaza y aceptó el puesto que le ofertaron en la Ortopedia San Dionisio de Jerez, donde trabaja ahora. 

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Débora Espinel, durante la entrevista. Autor: Manu García

Débora, que no ha dejado de trabajar durante el confinamiento porque la ortopedia estaba considerada como actividad esencial, recuerda que volvía a casa con "miedo", algo que sigue teniendo, porque vive con sus padres, que son mayores. Ella es una de las trabajadoras de la provincia de Cádiz, donde hay un 21% de paro, un total de 118.300 desempleados, 5.700 más que el trimestre anterior, según la Encuesta de Población Activa (EPA) conocida esta semana. La tasa de paro femenino es del 28,51% en la comunidad andaluza, donde ha subido 3,5 puntos. El paro masculino es del 19,97% tras subir 1,5 puntos. Andalucía tiene 143.800 parados más y asiste a la destrucción de 150.800 empleos en lo que va de año. 

"Nadie me dijo que no iba a volver a andar, pero era obvio; claro que querría estar de pie, pero entro, salgo, voy a trabajar, al cine…"

“Nadie me dijo que no iba a volver a andar, pero era obvio. En mi casa esperaban lo contrario, pero yo tenía claro que no iba a ser así”, asegura Débora Espinel, echando la vista atrás. Tras las dos operaciones a las que se sometió, padeció dos meningitis que “casi me mandan al otro barrio”. “Fui fuerte”, asegura ella. Su familia, por momentos, lo llevó peor. “Me he llegado a cabrear con mi madre porque ella sufría mucho. Si no lo estoy pasando mal, ¿por qué lo tienes que pasar peor que yo?”, le decía. “Claro que querría estar de pie, porque así estoy condicionada, pero entro, salgo, voy a trabajar, al cine…”. 

Eso sí, los obstáculos se multiplicaron. "Nunca he querido aceptar la discriminación por ir en silla de ruedas y lucho cada día por demostrar que puedo tener una vida normal, pero en estos años he podido comprobar que la sociedad y las administraciones tienen todavía mucho por hacer para aceptarnos e integrarnos como iguales", apunta Débora en una recogida de firmas iniciada en la plataforma Os oigo. "Nuestro acceso al ocio siempre es más complicado, ir al cine es difícil por no decir imposible; cosas así ocurren en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana: baños sin adaptar en los bares y restaurantes, tiendas de ropa sin espacio suficiente en los probadores… Estamos muy condicionados, con mil impedimentos que no nos dejan ser ciudadanos de pleno derecho", agrega.

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Débora Espinel, en silla de ruedas, de camino al trabajo. Autor: Manu García

"El Gobierno y todas las Administraciones no nos han tenido en cuenta", se queja Débora, quien asegura que "se ha perdido un tiempo precioso para adaptar estos espacios a nuestras necesidades mientras todo cambia y se adapta a la nueva normalidad que exigen las restricciones sanitarias. Seguimos siendo un colectivo olvidado". La jerezana pide a las Administraciones que hagan cumplir la Ley de Accesibilidad, una normativa estatal de 2014 que "defiende nuestra igualdad de oportunidades y obliga a que todos los espacios de nuestro entorno sean accesibles", algo que no se cumple.

Débora, en su nueva situación, echa de menos gestos cotidianos como "dar un abrazo a alguien a su altura, estando de pie, bailar, ir a la playa sola... cosas del día a día que no se valoran hasta que se pierden". Hace poco, estuvo en un concierto donde había que se quejaba de verlo sentados. "Bienvenidos a mi mundo", dice a quien "asegura que se le ha coartado su libertad con el confinamiento. Hay gente con movilidad reducida que lleva años saliendo muy poco de sus casas porque los edificios no están adaptados", recuerda. 

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