Medio siglo de la proeza de 'los 27 de Añoveros': construir sus propias viviendas sin tener ni idea

Casi una treintena de familias de Puerto Real se unió en 1969 para crear una cooperativa que recibió un regalo inesperado: el obispo Antonio Añoveros les cedió un terreno para que levantaran sus casas

José Luis Rodríguez, Jesús Armario, Ana María Mariscal, Susana Pérez, Rafael García y Juan Andrade, algunos de los '27 de Añoveros'. FOTO: MANU GARCÍA
José Luis Rodríguez, Jesús Armario, Ana María Mariscal, Susana Pérez, Rafael García y Juan Andrade, algunos de los '27 de Añoveros'. FOTO: MANU GARCÍA

“El terreno os lo regalamos”. Con estas palabras, más o menos, comenzó la aventura de 27 familias de Puerto Real que empezaron a construir sus propias casas en 1969. La frase la pronunció Antonio Añoveros, obispo de Cádiz y Ceuta por aquel entonces, quien conoció las historias de estos vecinos, de entre 20 y 30 años, todos con hijos o a punto de tenerlos, con un denominador común: no tenían techo bajo el que vivir. En el mejor de los casos, estaban malviviendo en casa de algún familiar o de alquiler en cuchitriles.

Encima de un antiguo cementerio, en unas parcelas propiedad de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, las familias que se conocieron posteriormente como los 27 de Añoveros, empezaron a darle vueltas a la hormigonera y a poner un ladrillo sobre otro para dar forma a los dos bloques de viviendas donde residen desde entonces, en la calle que lleva el nombre del obispo, en Puerto Real. “No esperábamos que nos lo dieran”, recuerda Rafael García, uno de los vecinos iniciales. El obispo cedió así el terreno a estas familias humildes.

Añoveros estaba muy concienciado con la problemática de la vivienda. De hecho, se convirtió en obispo de Cádiz y Ceuta en 1963 y siete años después publicó una carta pastoral que levantó ampollas. “Nada más propio de la Iglesia que avivar y estimular la conciencia de todo el pueblo de Dios, para que sienta y anime iniciativas, colaboraciones, a fin de que nuestros hermanos, especialmente los económicamente más débiles, puedan disfrutar de una vivienda suficiente, higiénica, alegre, luminosa", escribió.

“Para todos es un deber de conciencia hacer lo posible para evitar los hacinamientos, con las lógicas consecuencias dolorosas de índole moral, física, psicológica, religiosas. Mescolanzas en un solo techo, en una sola habitación, de padres e hijos, de hermanos de distintos sexo, a veces de varios matrimonios. No es difícil que de esas condiciones broten aberraciones morales, contagios de enfermedades, tedio de la vida, agudo descontento, rebeldías sociales”, añadía Añoveros en su carta de 1967, dos años antes de ceder terrenos a estas 27 familias de Puerto Real, que se unieron en una cooperativa.

Rafael García, uno de los '27 de Añoveros', junto a un bloque de viviendas. FOTO: MANU GARCÍA

La obra la supervisó el arquitecto Antonio Escolano y la dirigió Rafael Gutiérrez, uno de los 27 de Añoveros. Había dos albañiles y “muchos peones”. La mayoría de vecinos no tenía ni idea de construcción. “Este hacía las mezclas”, dice Rafael, señalando a su vecino José Luis Rodríguez, Pepe, quien confiesa que de albañilería no sabía “nada”. “Yo trabajaba en el dique, y cuando acababa de trabajar, comía y para acá, haciendo mezcla, poniendo ladrillos… lo que saliera”, relata. En la obra pasaban “los ratos libres”. Ahora tiene 82 años, “y aquí seguimos”.

El solar donde luego se asentaron las viviendas sirvió como aval para una hipoteca con la costearon la compra de materiales. “Todos los meses poníamos 800 pesetas, más la aportación personal —la mano de obra—. Aquí estábamos por las tardes y los fines de semana”, rememora Rafael García, quien por entonces estaba soltero y vivía con sus padres. Él era montador de Astilleros y terminaba su jornada laboral sobre las seis de la tarde, pero luego continuaba en la obra de las viviendas, hasta que se iba la luz. “Estábamos las 27 familias, pero nos echaron un buen cable los chiquillos de la Escuela de Las Canteras”, quienes se encargaron de la instalación eléctrica.

Rafael, además, se llevó un buen susto durante la obra. Durante la colocación del techo de hormigón de una de las viviendas, perdió el equilibrio y cayó al vacío desde un tercer piso. “Nací de nuevo”, dice. Estuvo seis meses con la columna y una pierna escayoladas. “Mi cumpleaños es el 3 de marzo y, desde entonces, también el 2 de noviembre, que fue cuando me caí”, señala García, quien asegura que tiene unos “vecinos fabulosos”, que lo suplieron durante su baja. En la obra se trabajaba a destajo para cumplir los plazos y concluirla antes de los tres años que estipulaba la licencia. “Terminamos casi a lo justo”, recuerda.

“No nos conocíamos mucho, solo de vista”, dice Rafael sobre los que llevan sus vecinos más de medio siglo. Ahora son una gran familia que han criado a sus hijos juntos, generando un vínculo muy especial. “A mediados de los 70 había más de 100 niños aquí, un promedio de unos tres o cuatro por casa”, señala Rafael. Y eso no se olvida. Jesús Armario es uno de esos niños de Añoveros. “No cambio mi infancia por nada”, expresa. “Antes no había móvil, ni ordenador, y jugábamos todos juntos en el patio”. La hija de Francisco Bernal, uno de los pocos albañiles de la obra, agrega que se lo han pasado “muy bien” en ese patio. “Estos pisos tienen un valor muy sentimental”, agrega. “Mi madre dice que aunque esté en un tercero y le cuesta mucho bajar a la calle, no se va de ahí, porque lo hizo mi padre”.

Juan Andrade, ferrallista, es otro de los 27 de Añoveros, ya octogenario. Se mueve despacio, ayudado de un andador. Y se para para contar que fue “casi de los que más trabajó”. Es padre de siete hijos, que se han criado entre unos bloques en los que han vivido miles de historias. “Parece que está bien hecho, no se ven grietas por ningún lado”, comenta con sorna Juan, quien ayudó en la construcción del pantano de Los Hurones, aunque también trabajó fuera del país. “Hice la mili en África, en Francia estuve tres veces y en Alemania aprendí soldadura”, recuerda.

Una placa, colocada a finales de 2019 en la puerta del bloque, recuerda los nombres de los '27 de Añoveros'. FOTO: MANU GARCÍA

Su vecina Ana María Mariscal rememora que pasaron “mucha fatiga” para levantar las viviendas. “Mi marido (Diego Mejías) se iba al dique a trabajar, venía por la tarde, y después los sábados y domingos estaba aquí”, cuenta. “No teníamos ni un duro, con cuatro hijos”, agrega. Ella misma vendía papeletas para poder comer, mientras sacaban de donde podían la cuota para costear materiales y que la obra no parara. “Vivía en dos habitaciones y mis hijos dormían en camas mueble. Mis niños no podían ni salir”.

Antes de subir a su casa, situada en un tercero, Ana María disculpa la ausencia de su marido, “tiene un dolor en la pierna y no puede bajar”. “La escalera es criminal”, agrega una vecina. Ahora, 50 años después de su construcción, reclaman la concesión de una subvención que les permita instalar ascensores para que los vecinos con mayores problemas de movilidad puedan bajar a la calle. “Hay gente que se ha muerto y no salía de sus casas”. Esa es su lucha ahora, porque comentan los 27 de Añoveros, "de aquí vamos para San Roque", que es como se llama el cementerio de Puerto Real.

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