Las peripecias de Rafael Cobano, el hostelero sevillano que presenció el glamur de la Barcelona de los 60

Rafael Cobano en el interior del Restaurante Bahía en Valdelagrana. FOTO: MANU GARCÍA
Rafael Cobano en el interior del Restaurante Bahía en Valdelagrana. FOTO: MANU GARCÍA

Las vivencias de Rafael Cobano hipnotizan a cualquiera que se siente con él en una mesa a charlar. A sus 72 años, es dueño del restaurante Bahía situado al final, o al principio (según se entre), del paseo marítimo de Valdelagrana, un lugar tradicional de esta zona de veraneo de El Puerto. Nacido en Paradas, un pueblo de Sevilla “famoso por sus crímenes y asesinatos (se refiere a Los Galindos) de hace unos 40 años”, Rafael lleva prácticamente toda la vida en el mundo de la hostelería. Más de 60 años sirviendo y regentando establecimientos en Barcelona, Sevilla y ahora, El Puerto, dan para mucho.

“Empecé en la peña sevillista con 10 años, lo que pasa que a esa edad no podían asegurarme”, dice el cuarto de seis hermanos, de padre panadero, que una vez que terminó la enseñanza general básica “si quería seguir estudiando tenía que irme a Osuna o Sevilla porque en mi pueblo no había instituto en aquella época”.

Desde que asomó la cabeza por aquella peña, Rafael no se ha despegado de las barras. Con 15 años decidió irse con su hermano mayor a Barcelona y empezó a trabajar en el mítico bar Anahuac de la calle Tuset, “que estaba de moda en aquel momento, era muy pequeña pero era comparable a la Via Veneto de Roma”, explica el hostelero que recuerda como “todos los días había pases de modelo en plena calle”.

En este rincón coqueto Rafael, estuvo durante cinco años sirviendo más de 50 marcas de tequila, “mi jefe iba hasta la feria de muestras de París para conseguirlas”, más de 100 de whiskys escoceses o americanos, cócteles, Fino quinta, Tío Pepe y “mucho Martini, pero el que tomaba James Bond en las películas”. En la Barcelona de los años 60, por este bar con tres plantas pasaron muchas personalidades y rostros famosos que hoy protagonizan un sinfín de anécdotas grabadas en la mente de aquel joven sevillano. “Yo cuando voy me enamoro todavía más de él”, dice echando la vista atrás.

Rafael Cobano durante el encuentro. FOTO: MANU GARCÍA

“Es verdad que en el bar con estos clientes podíamos hablar pero lo menos posible, solo si nos preguntaban, pero fuera, te los encontrabas y te invitaban a su casa a tomar una copa”, expresa Rafael, que sin ir más lejos, una noche acabó en el chalet de Juan Antonio Samaranch, el que era presidente del Comité Olímpico Internacional, “tenía una pista de coches de karts pero no me atreví a coger ninguno”, relata el hostelero al que su jefe le daba cerillas de madera para que “las tres filas que se ponían pidiendo copas no dejaran olor en pleno verano”.

Entre las paredes de aquel establecimiento, que “era de los caros”, los ojos de Rafael se deleitaron con la presencia de artistas como Sara Montiel, que llegó a rodar una película titulada Tuset Street por aquella emblemática calle. La actriz frecuentaba el Anahuac porque “había un camarero gay que era muy amigo de ella, la gente le decía que sólo la había visto en películas, pero un día que fue a rodar allí, le pegó dos besos y todo el mundo se quedó asombrado”.

El hostelero también conoció a la actriz Gracita Morales, “con un abrigo de visón y no hablaba como en las películas en las que siempre hacía de sirvienta”, y “al tío más elegante que he visto en mi vida”, Arturo Fernández, que iba todas las noches al bar “con una camisa y corbata distintas, impecable”.

En el Anahuac, Rafael llegó a servirle un té al actor británico Roger Moore, que estaba grabando un anuncio para una bodega de Jerez, “me impresionó, medía casi dos metros y tenía una espalda ancha y no había forma de llegar a la mesa, hasta que se dio cuenta y me dijo excuse me”. Y también despachó tres veces al rey emérito “porque antes iba mucho al restaurante Reno, que estaba en frente y era uno de los mejores de España con diferencia, eso decía la prensa”.

Rafael contando sus vivencias. FOTO: MANU GARCÍA

Asimismo, cotilleó los encuentros de Pablo Porta, entonces presidente de la Federación Española de Fútbol, y las reuniones de periodistas de La Vanguardia, y hasta se topó con el mismísimo Salvador Dalí en la puerta del bar montado “en una tortuga gigante con una pipa así de larga, lo que pasa que entonces ni había móviles para tirar fotos, pero iba con una montura y todo y cuarenta fotógrafos haciéndole fotos”.

A la que llaman la Faraona, la jerezana Lola Flores, se sentaba en las mesas de este local moderno que entre mediados de los 60 y los 70 se convirtió en escenario de anuncios y sesiones fotográficas, todo un boom para las agencias publicitarias de la época. Allí, una noche, el joven Rafael la vio.

“Había conmigo un camarero que me dijo: -¿qué te apuestas, me pagas una copa luego si le tiro el champán por encima?, le dije que no era capaz y cuando fue a servírselo le manchó toda la falda que llevaba, yo con 18 años que tenía me quedé sorprendido, le pidió disculpas y ella le dijo: -no, déjate de disculpas, coge un paño y me secas las piernas, y así hizo”, cuenta risueño.

Los años en el bar barcelonés le brindaron la oportunidad de coincidir con los ídolos de muchos como el piloto de fórmula uno Jim Clarck al que vio cuando Alberto Domper, “periodista, pero estaba exiliado en España por problemas en Argentina con el régimen, y cliente del bar, me invitó a ver una carrera a Montjuic cuando fue a entrevistar a Enri Pescarolo”.

Después de esa etapa entre famosos, Rafael marchó a la mili y a su vuelta abrió un local en Santa Coloma de Gramanet, y después, el Híspalis, en honor a su provincia natal, donde además de servir salchichas Frankfurt y sándwiches de jamón y queso “que al ser dos piezas les llamaban bikinis”, también “poníamos música de los Rolling y películas de El gordo y el flaco en una cámara super 8”.

De la mano de su mujer, Rafael continuó en la hostelería y abrió su primer restaurante propio en uno de sus viajes de vacaciones a su pueblo. Híspalis, así bautizó a la venta que en el 78 construyó desde cero “en la A-92, entonces era una carretera nacional que no tenía ni arcenes”. Rafael recuerda como para conseguir este terreno llegó a hacerse “suscriptor del ABC porque en aquellas fechas traía varias páginas de tierras y negocios que se vendían”.

La venta que empezó con “300 metros terminó con casi 3.000 construidos e hicimos 35 habitaciones para la Expo 92”, una etapa dorada para el negocio de este sevillano que ya hace 25 años que dejó este lugar por el que merodeaban “muchos camioneros sobre todo”.

Los vaivenes de la vida destinaron a Rafael a Valdelagrana, donde lleva asentado desde 1995. El hostelero ha superado la crisis económica del 2008, “y ahora cuando parece que se ha estabilizado la cosa llega esta, y digo me cachis en la mar, aquí siempre estamos igual”. Sin embargo, a Rafael se le acumulan las anécdotas ya que por el restaurante Bahía, con aires marineros y cocina tradicional, también han pasado rostros conocidos como el guitarrista Paco Cepero, Chiquetete, y Rancapino “que me contaba historias de Camarón”. Sentado en una silla del local, el dueño sigue relatando con entusiasmo sus experiencias y asegura que “de esas te puedo contar diez mil más”.

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