El largo invierno de Costa Ballena: sin turismo pero con un 'boom' en su censo

La urbanización roteña, que fue noticia al empezar el confinamiento por el aluvión de ciudadanos que acudieron a sus segundas residencias, ha aumentado su población, pero la tranquilidad aquí es total

Borja y Estela, paseando a su perro por Costa Ballena, donde residen desde hace menos de un año.
Borja y Estela, paseando a su perro por Costa Ballena, donde residen desde hace menos de un año. JUAN CARLOS TORO

La estampa no difiere mucho de la que se puede ver otros inviernos anteriores. Pocos vehículos circulando, algún vecino paseando al perro, el canto de un búho a lo lejos... La diferencia es que, esta vez, la urbanización roteña de Costa Ballena está viviendo el invierno más largo de su historia. El último censo contabiliza a poco más de 430 vecinos, aunque desde el confinamiento esa cifra ha aumentado considerablemente. Eso sí, de momento, no se conoce el dato exacto, aunque los habituales confirman que ahora hay más residentes. 

En los primeros días de confinamiento del pasado mes de marzo de 2020 —aún no hace ni un año, quién lo diría—, Costa Ballena copó titulares de prensa por la llegada de residentes de múltiples puntos del país —no diré madrileños para que no me acusen de madrileñofobia— que, en vista de que el encierro iba para largo, prefirieron pasarlo junto a la costa gaditana antes que entre cuatro paredes de un bloque de pisos con vistas a... otro bloque. 

Este invierno, Costa Ballena es otra. Al menos, ha refrescado el censo y las caras habituales que se veían en estas épocas del año. La farmacia, el supermercado y pocos más negocios hay abiertos cuando lavozdelsur.es visita la urbanización, donde el silencio es casi total. La tranquilidad solo se ve alterada por los trabajos de unos obreros que arreglan unos bordillos, por el canto de los pájaros o por los trabajos que se están desarrollando en el hotel recién comprado por Amancio Ortega. O por el ladrido de algún perro y el bote de una pelota que patea un pequeño, todo lo más. 

Costa Ballena Covid 11
Un vecino de Costa Ballena, paseando por la urbanización. Autor: Juan Carlos Toro

El niño se llama Iván. Sus padres, Borja y Estela. "Nos vinimos en febrero, poco antes del confinamiento", cuenta él. Ya tenían decidido que querían trasladarse a Costa Ballena, y la llegada del virus a España aceleró sus planes. Por eso dejaron la vivienda en la que residían en la urbanización de Vistahermosa, en El Puerto, para hacer las maletas e instalarse en la de Rota. "Cuando vimos cómo iba a cambiar el mundo, vendimos y nos compramos la casa aquí", dice Borja, que valora la calma que se respira en Costa Ballena. "He estado 25 años llevando las mejores discotecas de Madrid... Estaba harto de todo", confiesa.

Estela dice que están "muy a gusto" en la urbanización roteña, donde notan que la población ha aumentado considerablemente en el último año. "Hay gente del interior que se ha venido, o que tenía segunda residencia y se ha empadronado", señala. Borja añade: "Somos tan pocos todo el año que nos conocemos y vemos que hay muchos más". En Costa Ballena, agrega, hay "calidad de vida". "Como no sea en el supermercado o la farmacia, no ves a gente". Eso reduce las posibilidades de contagiarse, claro.

Mientras sus padres hablan, el pequeño Iván no para de darle patadas a la pelota que lleva consigo. "A ver si sale futbolista y nos saca de pobres", dice Borja, riéndose. Desde que vive aquí, espacio tiene para dar rienda suelta a sus habilidades con el balón. En casa, estudia —o teleestudia, como dice su madre—, ya que sus padres prefieren evitar el riesgo que le supone acudir al colegio, en el seno de una familia que no cambia Costa Ballena por nada. "Yo tengo negocios en Madrid y desde febrero —de 2020— no lo piso", dice Borja. Las únicas pegas que le ponen a su vida aquí: la conexión a internet es mala y falta un centro de salud. 

Costa Ballena Covid 15
Varios obreros trabajan en el hotel Senator Playaballena, recién comprado por Amancio Ortega. Autor: Juan Carlos Toro

A unos metros de la familia, que continúa con su paseo, está la única farmacia que tiene la urbanización. En ella, una empleada, que prefiere no salir en las fotos, dice que "la cosa está muy tranquila. El invierno suele serlo, pero ahora más". La farmacéutica señala que en Costa Ballena ahora "vive más gente", pero "se ven menos", por motivos obvios. Sólo acuden al establecimiento para "cosas básicas". Le consta que ha habido contagios entre los vecinos —"hay quien cuenta que lo ha pasado"—, pero pocos. 

Fuera, la quietud es casi total. Los bares están cerrados. El resto de negocios, también. Rota, cuando se escriben estas líneas, tiene una tasa de incendencia que roza los 800 contagios por cada 100.000 habitantes, por debajo del límite que establece la Junta de Andalucía para cerrar la actividad no esencial, que ahora está chapada. Si se mantiene así, podrá abrir negocios en unos días. En esta zona, tampoco serán muchos, si acaso el estanco o alguna inmobiliaria que tiene las persianas bajadas, aunque está aprovechando para hacer reformas. 

Costa Ballena Covid 7
Domingo, empleado del Plan Profea, cargando con acerado. Autor: Juan Carlos Toro

Los hoteles no abren desde verano. En el que ha comprado Amancio Ortega, el Senator Playaballena, de cuatro estrellas, se ve a obreros trabajando. Más de 25 millones de euros se ha gastado el dueño de Inditex en el establecimiento, de 324 habitaciones, y quiere empezar a amortizarlos en cuanto pueda abrir. Es el único ruido que se escucha, el de los taladros y herramientas de los trabajadores que están remozando el hotel. Habrá que esperar unos meses para conocer el resultado... quién pueda pagarlo, claro.

Domingo, con su chaleco reflectante amarillo, es el encargado de los trabajos que se están llevando a cabo en Costa Ballena con cargo al Plan Profea de la Diputación de Cádiz. Él organiza a la cuadrilla que, básicamente, se afana en rebajar los bordillos para que sean accesibles para personas con movilidad reducida. "El que hizo los ceda el paso los puso muy altos", expresa. Cuando lo llamaron de este plan de empleo, que le durará unos meses, llevaba un año en paro. "He tenido suerte", confiesa, porque no esperaba trabajar en estos tiempos. Después, irá al campo de fútbol de Rota. Y a dónde lo manden. De no ser por el ir y venir de Domingo y de sus compañeros, apenas se notaría movimiento en Costa Ballena, donde el invierno ya dura demasiado. 

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