La Semana Santa 'del cambio': "No esperaba vivir este abismo; la ciudad está sufriendo"

Costaleros por nuestros mayores, una iniciativa solidaria que ha surgido de un grupo de cofrades de las Tres Caídas, ha aglutinado en tres semanas de estado de alarma por la pandemia a unos 160 voluntarios, entre ellos chefs con estrella Michelin, que sirven bienes de primera necesidad y comida cada día a unas 300 familias de Jerez. "La economía de guerra está dando la cara", confiesa Tomás Sampalo, capataz jerezano

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En apenas cinco minutos que atiende a este medio neutraliza tres llamadas, entre suministradores, voluntarios y nuevas demandas de ayuda. Tomás Sampalo, que hasta hace un mes trabajaba en El Corte Inglés —ahora está inmerso en el ERTE de la compañía— y preparaba un año más con su cuadrilla la salida procesional de cada Miércoles Santo —es capataz de la Virgen de los Dolores, de la hermandad de las Tres Caídas de Jerez—, ha pasado en estas tres semanas de estado de alarma a coordinar a un grupo de unos 160 voluntarios que brinda auxilio cada día a unas 300 familias de la ciudad tras la crisis social y económica desatada por la pandemia del coronavirus.

La experiencia, que han dado en llamar Costaleros por nuestros mayores, tiene su sede central en un bodegón de la plaza Silos y esto que empezó con cuatro personas vinculadas a la hermandad de San Lucas en un grupo de WhatsApp ha crecido en tres semanas hasta estructurarse en un total de 16 grupos operativos en esta red social que no paran de atender cada día diferentes frentes abiertos, desde servicios de comida canalizados por Cáritas y ONG como Siloé y Proyecto Hombre, hasta donaciones de equipos de protección a profesionales que luchan cada jornada por combatir la Covid-19.

A las puertas del bodegón del centro de Jerez toman la temperatura al acceder. Lo llaman El Álamo, como aquella fortaleza texana que resistió el asedio contra viento y marea. La higiene en su interior es máxima e incluso los voluntarios cuentan con protocolos sanitarios para protegerse en las salidas a la calle y proteger de posibles nuevos contagios en las entregas de alimentos y productos de primera necesidad que llevan a cabo cada jornada.

Actividad frenética dentro del bodegón. FOTO: MANU GARCÍA

A hombres y mujeres de la órbita cofrade de la ciudad se han sumado multitud de voluntarios anónimos —personas en paro, inmersos en ERTE o autónomos que han tenido que cesar su actividad por la cuarentena— y también más de 25 grandes cocineros de la zona, algunos incluso con estrella Michelin, como Juanlu Fernández y Ángel León, para poner en pie una iniciativa que cuenta ya hasta con un laboratorio de geles hidroalcohólicos, talleres de mascarillas e impresoras 3D produciendo sin parar pantallas de protección facial. Materiales de higiene y prevención de contagios que también reparten entre Policía, taxistas, conductores de autobuses, residencias de ancianos...

Entre todos, cuenta Sampalo, van a experimentar una Semana Santa muy diferente a la que tenían prevista. "La fe sin testimonio es un sepulcro blanqueado; esto también es una manera de hacer ver que el mundo de los cofradías no son solo bordados, plumas y sacar pasos", asevera el capataz jerezano. Este Domingo de Ramos, cuando debían haberse producido los esperados desfiles procesionales, los voluntarios han vuelto a salir a la calle a repartir alimento y productos de primera necesidad en un goteo incesante de llamadas de auxilio y nuevas demandas cada día. "Como cofrades, va a ser una Semana Santa cruel, pero el que sepa sacarle partido, esta será la Semana Santa del cambio, de verdad, de que el dolor ajeno nos conmueva y nos mueva. Si el gran problema de la sociedad moderna  es la falta de tiempo, ahora Dios nos ha dado 24 horas durante más de un mes para ayudar a los demás", reconoce.

Tomás Sampalo (i) junto a uno de los voluntarios. FOTO: MANU GARCÍA

Algunas peticiones provienen de un vecino del piso de abajo que "sabe que la abuelita que vive arriba no tiene qué comer", otras son de "personas que ni en sus peores pesadillas se esperaban estar en esta situación de precariedad". "Palabra de honor que no tenía ni idea de que esto iba a cobrar esta dimensión", confiesa Sampalo. Por la noche, Sonia, la persona que controla el almacén, contabiliza las atenciones que van a tener al día siguiente, "y si te dice que no llegamos, ya te entra el vértigo", cuenta acelerado un hombre acostumbrado al deporte de fondo, pero que en este caso "no sabemos dónde está la meta; salimos cada día a darlo todo sin saber hasta cuánto durará esta situación. Esto me ha cambiado la vida, no esperaba vivir este abismo, pero tiraremos hasta que reventemos".

Jerez, que esta semana ha contabilizado más de 32.000 personas en desempleo, arrastra un paro crónico y un volumen de familias en exclusión social solo soportable por la economía sumergida y los trabajos temporales y precarios. Con el estado de alarma, muchos que salían a la calle cada jornada para aventurarse a tratar de llevar un sustento mínimo a casa deben ahora permanecer confinados. La situación, claro, es de alarma social. "En Jerez, en el Sur, hay muchos especialistas en buscarse la vida en el día a día, gente que vive del dinero negro, del chapú, y cada día es una batalla para ganarte 40 euritos. Esa gente ahora no tiene nada. Puedes llevarles comida, pero ¿qué hacen si no pueden comprar una bombona de butano?".

"Tengo 35 años y vivo de la chatarra, y tengo dos cojones para buscarme la vida, pero no me dejan salir a la calle", decía el otro día un joven al que un voluntario llevó comida. "La economía de guerra está dando la cara, esa economía sumergida de gente que vive de las tagarninas, de vender incienso.... y que ahora no tiene nada", lamenta uno de los promotores de esta iniciativa de base cristiana, pero en la que "también hay gente que no es creyente, y oye, bienvenidos todos: lo que tú llamas solidaridad, nosotros lo llamamos caridad, pero la base y el motor es el mismo", expresa Sampalo, en medio del caos ordenado de un bodegón que se estructura en almacén de alimentos y productos de primera necesidad, cocinas y congeladores, y producción de geles hidroalcohólicos.

Fabricación de geles hidroalcohólicos. FOTO: MANU GARCÍA

El ritmo es frenético. Se suceden las llamadas, las peticiones, las entregas preparadas con nombres y apellidos en bolsas en el suelo... "¡Ya tienen las monjas 40 tortillas preparadas!", exclama uno. "Chico, mira lo que hay aquí, habla con Vadillo porque todo esto son pantallas de protección facial, y a lo mejor les interesa...", comenta Sampalo a uno de los integrantes de un equipo cada vez más numeroso y que no deja de sorprenderse día tras día de la dimensión que está cobrando su labor solidaria. Esta semana llegó la Policía Nacional a donar verduras y todos acabaron emocionados por la ovación que brindaron los agentes a los voluntarios en mitad de la plaza. Las abuelitas comen menús preparados por estrellas Michelin o por cocineras como las hermanas Naranjo, las mediáticas Gemelas de MasteChef. Hay unas cuarenta costureras fabricando mascarillas, algunas con telas de túnicas que este año no se mancharán de cera. "Son historias muy bonitas", apunta Sampalo.

La tensión y la emoción a flor de piel, y un impulso solidario que parece adictivo y cauterizante en medio de la catástrofe de más de 12.000 fallecidos en España. "Hemos llamado a puertas y ha salido una muchacha a recoger con vergüenza, pero nosotros trasladamos un mensaje de no solo llevar comida; en ese encuentro fugaz dejamos ver que no somos el Telepizza, sino que ofrecemos esperanza, compañía..., eso te cambia la vida. Pasar la ITV o la pantalla del móvil rota ya no son mi preocupación del día a día. Somos un grupo de gente que está apretando fuerte por la ciudad, y la ciudad está entregada. Este movimiento de empatía y de unidad es insólito, por desgracia, aquí; Jerez solo se ha unido en el gozo, para ir a la Feria, pero ahora está sufriendo junta y quiere salir adelante con unidad", relata, antes de una última demanda: "Necesitamos comida y bienes de primera necesidad, productos básicos, las despensas se acaban".

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